jueves, 23 de febrero de 2023

Tropos del desarraigo.

 No hay motivos para seguir en esta militancia, me dije cientos de veces. Me digo, cientos de veces.

Es lo que llamo locuciones propias. Tú también has de tener unas cuantas voces que te dan patadas y te atestan de imágenes que nada tienen que ver con lo que encierra el corazón, un prisionero. 

S.ueños, un peligro es que existan en este sitio. Una militancia es soñar con surgir de este río necroso que algún cerebro desarraigado del pensamiento le poetizó como manso. Mucho direte, te diré. 

A mi madre. Señora que me inscribió en un concurso de pintura hace veintitantos. Quedé en octavo lugar. Pinté mi cuarto (una versión imaginada y lejos de sonrojados ladrillos), quisiera encontrar ese dibujo, quisiera saber dónde buscarlo. 

Me gané un discman COBY. No tenía discos para oír. Alguna vez reproduje el CD de Alberto Plaza (de mi hermana). No sé que hice ese discman, pero intuyo que sigo en octavo lugar, oyendo música prestada sin saber qué pasa con mis dibujos cuando se van quedando atrás, en el tiempo. 

Mi madre me inscribe en un concurso cada día, el premio es oír lo que ella me dice. Y oigo pasar la vida como quien prende la radio.

Arrancada, pensando mmm  en las posibilidades.  

Un punto, para frenarle a raya. Detengo el pensamiento m. y las posibilidades  muestran sólo un indicio P. que es apenas deducible de una pista. 

Desarraigada, lazara, lambucia, caída. Una más en la marejada de necias. 

Si no logras salir del barrio, toca sacar el barrio adelante en un paisaje de frases. El final es que no hay final, sólo reptar sobre el papel. 

Ayer cumplí 28 años, y cuando desperté fui al patio para ver a mis tres gatos y al árbol anciano de carambolas que hace una militancia cojuda en el diminuto espacio de tierra que dejó la urbanización de mi casa. Le vi con pena, recordando quizá noblemente que ese es el único cimiento estable que me queda de la infancia, y luego un colibrí con cresta de tono gris se posó unos segundos en las ramas más altas y flácidas, buscó en las flores. Se fue. 

Y yo ví (y quizá el colibrí con cresta también) que sólo habían frutos podridos, necrosos, pero aún así, con toda la podedumbre que lleva consigo, florece en cada invierno el hijueputa árbol. 


Barrancos

quisiera despedirme pero no como quien se va y ya no vuelve, o no desea volver y entonces se despide en un adiós premonitorio. quisiera desp...