martes, 26 de abril de 2022

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Si oyes por ahí decir a un escritor que escribir es un acto político, o en su defecto es un acto poético. 

Aléjate, es un pendejo. Estas frente a un balbuceador. Los balbuceadores jamás dicen la verdad mas que una superficial descripción y una peinada idea de lo que es el naufragio-estar perdidos.

Escribir no requiere estructuras, escribir es un acto fallido, es peligroso.

Desmesurable, incontrolable, un castigo. 

UN CASTIGO

Ya lo habrá advertido algún otro escritor que perdió los estribos. Muerto de miedo. Cagado en su lunática pesadumbre. 

JJ (es mi viejo)

 

Le dije a mi Viejo “voy a colocar un letrero que diga: No se reciben chamberos”. Mi viejo es acumulador, alrededor de él hay una colección de llaves, candados, cargadores, celulares, cuchillos, cadenas, imanes (sobre todo esos) alfileres, cables y aparatos que (según él) arreglará mas adelante porque todavía sirven o tienen alguna parte que podría servir, sólo hay que desarmarlo. Hoy me regaló un foco, porque podría servirme, me regaló además una barra de chocolate.

A eso de la Golden hour un haz de luz entraba quemando por las rendijas. Mi viejo no luce viejo pero tiene canas, no es achacoso pero tiene sus males, sus dolamas.  El haz de luz iluminaba un tercio de su rostro, le brillaba la piel mientras ponía al revés un pantalón (de un ex gordo que bajó diez kilos porque se hizo la manga gástrica). En eso llegó un negro, flaco y jorobado, no sé si sucio (por su tono de piel) pero si tenía un hedor particular. Arrastraba un saco y del saco sacó una funda medio mugrosa con unos vasos, un calendario y una billetera, cogí la billetera porque estaba en buen estado, mi viejo rebuscó mas en la funda como si se tratara de un tesoro y encontró unas boquillas de foco, luego revisó el calendario y fue directamente hacia el mes de agosto, su cumpleaños cae martes. Una hora atrás le había recordado que en Mayo sería el cumple de mi Tío Ufredo.

Mi tío Ufredo murió hace poco, en diciembre exactamente. Luego de su entierro no he ido a casa de mi abuela (dónde él vivía), me preocupa un poco la ausencia. Solía llegar y en minutos él bajaba de su cuchitril recién levantado con los pelos parados y la pantaloneta a medio talle, me miraba rascándose la cabeza terca que tenía. Me llamaba por mi segundo nombre “La Ninoska”, me preguntaba por mi viejo y luego lo llamaba para avisarle que yo estaba ahí. Mi viejo tardaba unos cuarenta minutos en llegar, a veces menos. Nos sentábamos alrededor de la sala de muebles naranjas, nadie se sentaba en los muebles naranjas. No usábamos los muebles de la sala. Me sentaba a lado de mi viejo.

La retahíla de recuerdos no demoraba en llegar. Reíamos. Mi viejo calentaba agua (sabíamos que ya era hora de hacer café), mi tío sacaba la mantequilla (si teníamos suerte, habría queso, pero muchas veces no había), sacábamos unos panes de sal. Mi tío le servía siempre siempre primero a mi abuela. Luego yo le servía a mi viejo, luego mi tío y yo nos servíamos, todos endulzábamos con azúcar y él con Stevia, dos micro cucharaditas. Y la retahíla de recuerdos volvían. Pasaban las cuatro de la tarde, las cinco, cuando ya iban a ser las seis, me preparaba para despedirme y mi viejo decía su refrán de siempre “indio comido, indio ido” yo continuaba con un “…como dijo Don Viruta”

Perdón, su cumpleaños cae miércoles. Revisamos nuevamente el calendario. Mi viejo le preguntó al negro ¿cuándo es tu cumpleaños? Y su rostro cambió, fue el rostro de un niño al que le preguntas su día de cumpleaños y responde con el anhelo de recibir un regalo. Tres de agosto, respondió. Cae miércoles también, dijo mi viejo.

Me fui, porque ya eran las seis y algo, suelo irme temprano, la noche ya no es mía. Me despido de él y lo abrazo por un costado, me sonríe con la mitad de la cara. Pero algo nos falta, no se levanta ni me abre la puerta, sé que no quiere que me vaya, no quiere estar solo justo en ese momento en que nos hemos puesto a recordar inútilmente las tardes pasadas. Sé que algo le falta y algo me dice que puedo remediarlo, pero esa misma corazonada me dice que no quiero hacerlo en el fondo. No sé, es tan confusa la ausencia. Me voy y no quiere que lo deje, estoy, pero él no está más. Mi viejo cambió cuando perdió a su hermano. Fue como perder a un amigo, el amigo más fraterno, leal, confidente, un pana de esos que te quieren, aunque estes caído, lázaro, lambuzo. El tiempo cambió las tardes. No he visto a mi abuela desde diciembre, no sé si el frasquito de estevia aún esté allí en el aparador que mi propio tío construyó agregándole un rótulo que dice “cooffe”.

viernes, 8 de abril de 2022

escribo

 escribo

<<escribo para recorrerme>>

escribo mirando hacia atrás, recordar es mirar hacia atrás, los huesos se mueven. Recordar es cansado.

El cuerpo se mueve cuando recuerdas. Es cuerpo gestícula. 

De fondo suena <<verano traidor>> de Vilma palma e vampiros. 

totalmente de acuerdo. 

Mi viejo me dice algo y  no lo puedo recordar, lo veo señalándose sus ojos y enarcando las cejas. Estoy quieta, quizá es por eso.

Para recordar, debes moverte. El cuerpo te mueve y entre los parietales se remueven los cimientos. 

 

Te quiero viejo, quiero verte mañana.  

Lo que el amor es.

 Fue un sueño, era yo y una gemela, una gemela mía por supuesto.

Y mi madre. 

Tres, sobre el colchón. Teniamos 6 años y 45 años mi madre.

Ella que también era yo, me miraba. Yo me miraba.

Miramos a mi madre, miré a mi madre. Y ella eligió abrazar a una de las dos primero.

No sé si era yo,  era mi gemela. 

Si, era mi gemela.

Mis ojos estaban viendo cómo abrazaba a mi otra yo. Mi otra yo me miraba confusa, no sabía que existía hasta que sintió los brazos de mi madre.

Yo la inventé, me inventé.

Sufrí por la elección de mi madre.

Ahora lo comprendo, era el amor. Ese sueño me reveló lo que el amor es. 

Finalmente, no sentí el abrazo. 

Lo ví, lo soñé. Lo recuerdo perfectamente.

Ahí, el ardid. 

Quiero entender, tengo una sospecha y no puedo descifrarla. 


Lejana, de lejanía.

No sé cuando lo haga. Espero que sea algo tranquilo, una siesta larga.

Ya mismo será la hora en la que pasan por mi calle los chicos con sinusitis. Usan un polvo especial para apaciguar el dolor nasal y la amargura de no poder salir del encierro propio. De estar atrapado en los deseos y los sueños de la infancia, de la lejanía. Están encerrados en la lejanía. Estan encerrados en el desacierto y en la verdad de haberse descubierto animales, sus mas naturales pulsiones los domina. Hay que hacerlo todo, aquí y ahora, mientras miro la peatonal vacía y todas estas familias duermen tranquilas en sus camas frescas, en sus cuartos con ventilador, en sus salas con televisor. Nada de lo que tienen se lo merecen, la injusticia que me ha tocado se las haré pagar por darme la espalda, por ignorar que estoy aquí fuera, frente a sus puertas planeando cómo introducirme en su interior y hacerles pagar su privilegio. Con odio. Me pareció oir, creí poder escucharle los pensamientos. Me hallo paranoíca de mis miedos. Quisiera quitarmelos de encima, dormir y que al siguiente día nada me conmueva, ni el miedo ni el desacierto de los que estan allí afuera, durante la madrugada.

Quiero dormir tranquila, tener un sueño placentero y largo. Necesito a mi vieja.

Somos dos mujeres que se acompañan, casi no hablamos pero cuando lo hacemos, es grato revivir el pasado evitando los golpes. Me hace reír, le veo su rostro viejo y su cabello canoso y la extraño. Debo esperar a que se vaya primero. Luego dormiré. 

Y la abrazo en la lejanía, en la hipótesis del descanso.

Barrancos

quisiera despedirme pero no como quien se va y ya no vuelve, o no desea volver y entonces se despide en un adiós premonitorio. quisiera desp...