Le dije a mi Viejo
“voy a colocar un letrero que diga: No se reciben chamberos”. Mi viejo es
acumulador, alrededor de él hay una colección de llaves, candados, cargadores,
celulares, cuchillos, cadenas, imanes (sobre todo esos) alfileres, cables y
aparatos que (según él) arreglará mas adelante porque todavía sirven o tienen
alguna parte que podría servir, sólo hay que desarmarlo. Hoy me regaló un foco,
porque podría servirme, me regaló además una barra de chocolate.
A eso de la Golden
hour un haz de luz entraba quemando por las rendijas. Mi viejo no luce viejo
pero tiene canas, no es achacoso pero tiene sus males, sus dolamas. El haz de luz iluminaba un tercio de su
rostro, le brillaba la piel mientras ponía al revés un pantalón (de un ex gordo
que bajó diez kilos porque se hizo la manga gástrica). En eso llegó un negro,
flaco y jorobado, no sé si sucio (por su tono de piel) pero si tenía un hedor
particular. Arrastraba un saco y del saco sacó una funda medio mugrosa con unos
vasos, un calendario y una billetera, cogí la billetera porque estaba en buen
estado, mi viejo rebuscó mas en la funda como si se tratara de un tesoro y
encontró unas boquillas de foco, luego revisó el calendario y fue directamente
hacia el mes de agosto, su cumpleaños cae martes. Una hora atrás le había
recordado que en Mayo sería el cumple de mi Tío Ufredo.
Mi tío Ufredo
murió hace poco, en diciembre exactamente. Luego de su entierro no he ido a
casa de mi abuela (dónde él vivía), me preocupa un poco la ausencia. Solía
llegar y en minutos él bajaba de su cuchitril recién levantado con los pelos
parados y la pantaloneta a medio talle, me miraba rascándose la cabeza terca
que tenía. Me llamaba por mi segundo nombre “La Ninoska”, me preguntaba por mi viejo
y luego lo llamaba para avisarle que yo estaba ahí. Mi viejo tardaba unos
cuarenta minutos en llegar, a veces menos. Nos sentábamos alrededor de la sala
de muebles naranjas, nadie se sentaba en los muebles naranjas. No usábamos los
muebles de la sala. Me sentaba a lado de mi viejo.
La retahíla de
recuerdos no demoraba en llegar. Reíamos. Mi viejo calentaba agua (sabíamos que
ya era hora de hacer café), mi tío sacaba la mantequilla (si teníamos suerte,
habría queso, pero muchas veces no había), sacábamos unos panes de sal. Mi tío
le servía siempre siempre primero a mi abuela. Luego yo le servía a mi viejo,
luego mi tío y yo nos servíamos, todos endulzábamos con azúcar y él con Stevia,
dos micro cucharaditas. Y la retahíla de recuerdos volvían. Pasaban las cuatro
de la tarde, las cinco, cuando ya iban a ser las seis, me preparaba para
despedirme y mi viejo decía su refrán de siempre “indio comido, indio ido” yo
continuaba con un “…como dijo Don Viruta”
Perdón, su cumpleaños
cae miércoles. Revisamos nuevamente el calendario. Mi viejo le preguntó al
negro ¿cuándo es tu cumpleaños? Y su rostro cambió, fue el rostro de un niño al
que le preguntas su día de cumpleaños y responde con el anhelo de recibir un
regalo. Tres de agosto, respondió. Cae miércoles también, dijo mi viejo.
Me fui, porque
ya eran las seis y algo, suelo irme temprano, la noche ya no es mía. Me despido
de él y lo abrazo por un costado, me sonríe con la mitad de la cara. Pero algo
nos falta, no se levanta ni me abre la puerta, sé que no quiere que me vaya, no
quiere estar solo justo en ese momento en que nos hemos puesto a recordar inútilmente
las tardes pasadas. Sé que algo le falta y algo me dice que puedo remediarlo,
pero esa misma corazonada me dice que no quiero hacerlo en el fondo. No sé, es
tan confusa la ausencia. Me voy y no quiere que lo deje, estoy, pero él no está
más. Mi viejo cambió cuando perdió a su hermano. Fue como perder a un amigo, el
amigo más fraterno, leal, confidente, un pana de esos que te quieren, aunque
estes caído, lázaro, lambuzo. El tiempo cambió las tardes. No he visto a mi
abuela desde diciembre, no sé si el frasquito de estevia aún esté allí en el
aparador que mi propio tío construyó agregándole un rótulo que dice “cooffe”.