Battery
Mi
escuela era sencilla, adoraba el kiosko, tenía plantas por todas partes y habia
una tortuga de tierra que se escondía por temporadas y cuando hacía su
aparición todas salíamos corriendo porque realmente era monstruosa, una vez la
toqué, resultó ser muy mantecosa. La Señora América (dueña del Kiosko) decía
que le gustaba comer choclos y a eso se debía su caparazón tan brilloso.
Los pasillos alrededor del patio eran de color rojo y blanco, las paredes
también, la dirección estaba hacia el lado derecho de la entrada, era
espectacular, debías sentirte dichoso si lograbas entrar allí, una vez me
llamaron para decirme que apague la luz del corredor. Nada extraoirdinario,
pero si te lo pedía la Directora Gerarda entonces sí que lo era …Tanto había
sido la espera que me detuve a ver pacientemente la escuela (espacio de
aprehensiones nouménicas) apenas terminé volteé para ver si había llegado mi
madre, y ahí estaba. Me sentí salvada, un montón de cosas se te cruzan por la
cabeza cuando esperas demasiado y yo terminé pensando que había decidido
abandonarme. Hace quince años atrás mi madre lucia menos
anciana y tenía el cabello negro y largo hasta los hombros, usaba diademas y le
sudaba la frente cuando estaba preocupada. Así que llegó y recuerdo perfectamente
su rostro preocupado, tomó mi mochila y la colgó en su hombro, me saludó un
poco culpable, cogió mi mano y caminamos ¿Hacía dónde? no lo sabía, ella era
una mujer muy ocupada y siempre el destino luego de la escuela era
impredescible. Caminamos unas calles y esperamos el bus. El paradero era un
buen lugar, siempre tenía sombra y había una despensa dónde vendían
helados, ella solía comprar helados para ambas, o en ocasiones sólo para
mí, a veces no compraba porque simplemente no, y no es no.
Son
las 06:04 AM. Está amaneciendo, el cielo pinta color violeta, el gallito
del vecino canta. Debería sentir el amanecer más seguido…ya no llueve, es
una pena. Deseaba que tornara en un estruendoso aguacero.
Desde
que recuerdo, me ha gustado ver por la ventana mientras viajaba en bus, veía
cada casa, cada edificio, todo el cielo, contemplaba el escenario completo como
si fuese la primera vez. Ese es el secreto para jamás desestimar la rutina. Así
que miré complacida la ciudad, junto a ella; mientras el aire que entraba por
la ventana refrescaba su frente. El viaje fue corto, bajamos en unas calles de
las que olvidé el nombre pero si recuerdo que a partir de allí caminamos
algunas avenidas más hasta llegar a unos locales de mercería, fuimos a varios,
hasta que nos plantamos en uno pequeño durante un buen rato. Me quedé detrás de
ella guardando un poco de distancia, observé todos los diferentes encajes que
serpenteaban desde el cielo raso y luego me detuve en mi mochila; era
color amarillo, me la había regalado el gobierno. Me gustaba esa mochila, la
contemplé por largo rato y me fijé en que el tomatodo se asomaba
del bolsillo; me hice de puntitas para cerrarlo y, junto a mi mano
apareció otra, de la nada. Una mano grande y sucia, con vellos y las uñas
mugrosas. Guardé la calma para ver de donde provenía esa mano intrusa. Era de
un señor poco agradable, sentí una impresión amarga. Pensé que era el monstruo
de los Andes. En la TV presentaban incontables historias de un hombre similar a
el intruso que hacía daño a niñas de todas las edades y del cual no se sabía su
paradero. Sin embargo, me quedé quieta y en la espera de algún movimiento, el
tiempo a mi alrededor se congeló para dejarnos al intruso y a mí en una
incertidumbre interminable; mientras, él llevó su mano hacia su boca y
con ella me dijo enmudecido que guardara silencio y aguardé quieta, inmóvil,
helada. Todas las historias del monstruo de los Andes caían sobre mi como
una abalancha que me dejaba sin fuerzas y atrapada. Seguí callada, y realmente
algo inexplicable me habia quitado la voz. El intruso siguió su acto mientras
el tiempo permanecía congelado, vi cada detalle de aquel hombre, de un lado le
guindaba un saco roído y empachado del cual sacó una caja de hisopos, me
la ofreció, pero al notar mi tremenda quietud tomó mi mano y colocó la caja en
ella con mucha delicadeza. Luego sacó otra e intentó guardarla en el bolsillo
de la mochila amarilla, mi brazo desmayó y al mismo tiempo dejó caer la
primera caja puesta en mi mano. El súbito sonido de la cajita cayendo sobre el
suelo retumbó de tal forma que logró despertarme. Tiré de la mochila amarilla
con tanta fuerza como pude. Mi madre no lo comprendía, estaba sumergida en su
posible compra de encajes y me dijo con voz severa que esperara, entonces el
intruso me tomó del brazo y me llevó dos pasos hacia él, cuando estuve a punto
de dar el tercero, ella volteó hacia mi, aturdida. Había despertado, también.
Esa
mochila que tanto me gustaba fue el arma que derrotó al hombre intruso. Mi
madre lo golpeó con tanta fuerza que logró tirarlo al suelo, lo golpeó hasta
hacerlo llorar. Yo pensé... en que era afortunada por tener una mamá tan ruda.
Esa ha sido una de las pocas veces que sentí que ella era para mí. Sobretodo
porque luego de la paliza que le propinó al hombre, no hubo ninguna gota de
sudor en su frente.
Después
de eso, no supe si realmente había sido el monstruo de los andes. Se lo sugerí
a mi madre pero ella tampoco conocía del todo la historia, sabiamos
aquello que la tele nos decía, finalmente la sugestión ante la idea del peligro
había sido sembrada. Resultaba dificil apagar el tv, no teníamos internet, el
silencio a veces nos devoraba, y ese pequeño aparato suponía siempre una
conversación de fondo. Una de esas conversaciones dónde te conmueves con ver,
oír y saber, pero cuando las palabras salen, el volumen de fondo es demasiado
fuerte y resulta imposible ser escuchado.
Te
heredo el mito, el miedo. La huella tránsfuga.
Master
Of Puppets
Es
cuando menos y a todas luces, un detalle en el que acabo de reparar. Recaer en
aquella verdad ontológica del mito de la historia, la historia fingida donde
los acontecimientos, las ideas, y los [grandes] hombres encajan en su lugar
como piezas de rompecabezas ¿por qué? Fue preciso que preguntara//que se
preguntara y asumiera que no hubo nada en contraparte a esa cuestión previa,
una cuestión violenta que pasa por encima, un poco alto, un poco lejana. Nos
vemos entonces… pido disculpas, me veo, entonces, debajo de la gran pregunta
que invade el cielo rocoso, nuboso; me veo, además, aplacada por una gran
sombra. Sombra que no le basta con fundir la luminosidad de la pregunta;
instiga en revelar que detrás esconde una respuesta detonante, inmanente,
inalcanzable. Yo no se lo decía, yo no me lo decía; dicen que un
diplomático es aquel que, ante una encrucijada, toma ambos caminos. Pero
finalmente termino por encontarme inmóvil, diluida, desecha. «Ambos» es
ahora una amalgama de pasillos estrechos.
Va
de nuevo.
¿Desde
dónde habría que partir? ¿cuál tiempo es el correcto, el adecuado? Si es que
fuese posible retroceder. Me he oído repitiendo unas palabras que se
comen entre ellas «siempre volvemos» ¿hacía donde habría que fijar la mirada?
¿qué sería lo diplomático ahora?. Alguna vez gritó L. M. Panero. «papá
dame la mano, que tengo miedo» al hallarse ahogado en su profuso sentimiento
oceánico.
Veamos,
pues, lo poco que de ella (la pregunta) logré entrever.
Recuerdo
número uno. Jean, viaja
por la carretera siguiendo el tour de ciclistas en francia. Hace paradas en
distintos lugares de los que no recuerdo el nombre, consigue trabajo de titiritero.
Al parecer es un hombre que no conoce a nadie, en el sentido ulterior de
hallarse solo en el mundo, su vida transcurre con cierta ligereza que logra
abrumar y alimentar la primera pregunta que se supone, adecuada, pertinente
¿quién es? Aquel sujeto fumando en la oscuridad. Oscuridad que consume su
figura tornando en una presencia fantasmal. Quién es Jean… no se ve insufrible,
pero tampoco sé si sufre, no lo hallo feliz, pero tampoco sé si quiere estarlo.
La soledad supone un malestar, pero no sé si haya un malestar que resolver.
Jean, va a su trabajo, es titiritero, sus manos reproducen los diálogos
en conversación con un mundo exterior que él habita. Del que no escapa, pero
logra verse desde afuera. Jean regresa en su auto de noche, una mujer lo
acompaña, es una mujer bella, de ojos rasgados, grandes, pestañas abundantes,
labial corrido, dientes manchados, piernas carnosas vestidas de nylon. Aquella
mujer lo seduce, lo incita a cumplir el deseo vehemente de tranquilizar un
supuesto impulso angustioso, producto de la hierática estadía de
encontrarse solo. De percibirlo, solo. La mujer no logra persuadir
en él. No lo conoce, no sabe lo que quiere. No habla, ella habla. No hay
palabras. Él la mira. Ha pensado para ella, la muerte. Irremediable hándicap.
Habitar poéticamente es inevitable en demérito de nuestras propias pulsiones.
Recuerdo
número dos. La toma en
sus brazos, muerta. El hecho es que ha muerto, el hecho es que la ha
matado con sus manos. Manos que, esa misma noche habían dialogado con un
público pueril. He aquí la personalidad extrínseca, maniatadas por su propia
naturaleza. Innata. La lleva lejos, la desaparece. Una imagen vibrátil,
espeluznante, real, palpable, cercana. Se ha revelado así, la interioridad de
dos cuerpos. Uno, conducido por el voráz instinto animal, propio de la
naturaleza, potencia intensiva reprimida por la cosa sistemática, de
orden, que nos rodea, encierra. Y otro, incapaz de intuir que llegaba su
muerte expresada en la mirada, expresada en el devenir animal. Devenir
imperceptible. Un escenario borroso que detona en la bifurcación de un
espacio de preguntas maltrechas en un campo de inmanencia del deseo. ¿La vida
transcurre en línea recta? Una linea recta que se resquebraja. Que no se puede
preveer, ni escuchar, ni ver. Ni evitar.
La
índole de la muerte como índice de nuestras conexiones arcaícas. Comprendí a
breves rasgos, la violencia original, la naturaleza sensible, la intensidad del
deseo, la pulsión, de un asesino en serie. No solo lo comprendí. Había sentido
compasión de la crueldad natural.
¿Sería
este acaso un claro ejemplo de manipulación convexa, del cine? No es, una regla
ortodoxa. Pero si lo es decidirse si quedar dentro, o avistar lo que
fuere la posible iniciación hacia una patología colectiva. Compadecer la
crueldad no está mal, tampoco es admisible.
Welcome
Home (Sanitarium)
Dicen
que la historia de nuestra especie siempre ha estado marcada por el odio, por
las guerras, por las matanzas, que por los actos de amor. ¿amor? ahora, resulta
un término, un concepto acuoso, que se aplica. Que se coloca como las
baterías en una digital camera para que encienda, capture los buenos
momentos, hasta que se apaga, pero (pero) afortunadamente puedes volver a
cargar las baterías para que todo funcione, nuevamente. Más o menos bien. Y
revisar aquellos buenos momentos una y otra vez, porque han quedado grabados
para la historia. A menos que presiones delete.
Oí
a Stiegler, en una conferencia o encuentro dado en la Sala Jean Dame, Paris,
2012. En la que habla sobre su libro Estados de choque, tontería y saber
en el siglo XXI. Retuve una formulación interesante pero nada nueva: dependememos
de la técnica, que es a la vez, veneno y remedio. Los griegos lo
vaticinaron, o al menos hicieron luces, señales de humo. Intuyo
que connota una importante sugestión ante el problema del pensamiento aplicado
paradigmático y repetitivo. Imposible de desarmarse. Ha sido, tantas veces dado
vuelta, que una más, una menos, no altera el producto. Decía algo más, sobre la
tontería sistémica y esto me pareció elocuente, pues, es, una verdad
completa: producir saberes que pueden retransformarse en tontería, es el
problema contemporáneo; es una verdad compleja además. La tontería nos
llega a todos y permanentemente. Cualquier libro vuelve tonto, dice y
me habría gustado oírlo antes de calarme un fragmento pesado extraído de su
libro La técnica y el tiempo en el que al parecer cuestiona muy
conciente la tontería de Adorno y Horkheimer, culpables de haber repetido
cuarenta años después una revelación que ya habría expuesto Husserl. No los
acusa solamente de repetirlo, además, de haber cometido el mismo error. El ¿por
qué? Y su respuesta es algo que no asimilo. Pienso que podrían haber sido
un dúo de fanáticos ansiosos por estudiar a Husserl desde sus propias palabras.
No lo sé, no lo sabemos con certeza, pero esto otro si, esas aclaraciones, esas
verdades que podrían pecar de ontológicas, fueron y ahora son el constructo de
un imaginario, vivo en su contexto de origen y presente en el contexto que lo
reinventa, en todo caso, son historia, un pasado. Y un relato. Un relato es lo
que decides contar de la historía. El relato es el tópico para nuevas
composiciones teóricas para el presente. Un tótem que transfigura en diálogos,
de pronto menos pretensiosos o menos claros. O más formulados, en demasía
artificiosos, que de fondo guardan celosamente una revelación que no
caduca ni claudica en el tiempo. Y, recia a morir… se reviste de esos
tejidos jamás rematados en las costuras de las orillas.
Como lo avisa este track : welcome home, sanitarium!!! - Un
espacio de locos, que se atacan con violencia teórica. Lo vi frente a una
pantalla. Nadie me oía, pero yo, asimilé todo.
Veamos, entonces: la puesta en
escena.
The Thing That Should Not Be
(Otra
anécdota en forma de paréntesis) rondaba en mi un vago conocimiento
acerca del estadio del espejo, una tarde cuando vi a Gabriell (diminuto y con
pañal) señalarse frente a él (y a él), clavó el dedo índice tan
fuerte sobre el vidrio haciéndolo chirriar. Lo tomé en mis brazos y lo
alejé, con temor que al haberse hallado se rompa en montones de
pedacitos. Gabriell no se hacía ninguna idea, bueno, fue lo que
pensé. Busqué luego, y encontré algo relativo a hallarse frente al
espejo; avisté un par de párrafos y sin más lo dejé, tenía 13; cualquier
cosa era más importante que ahondar en Lacan. Ahora me resulta un recuerdo
extranjero, lo había dejado tan lejos, imposible de recordar el camino. Pero
acá está de nuevo, quizá y aunque no parezca, es una respuesta. Las respuestas
difieren de cada uno, incluso en forma de obstáculo. Está lo que sigue, en un
sentido ulterior. Me pregunté también si él habría de hacerse alguna pregunta,
o qué cosas se cruzarían por su blanda cabeza. Luego de aquel encuentro, se produjeron
más y más, y en todos se señaló tantas veces y se reía tanto como podía.
Tengamos ese paréntesis flotando, como los números imaginarios en una suma.
Esos números que luego transfiguran en dedos porque difícilmente los dejas en
el aire.
Esto,
en contraste a lo que retomaría Stiegler sobre la finitud retencional, en tres
puntos importantes y austeros (no en el sentido de cosa sino más
formal, personal). He tomado el concepto (sé que es algo más extenso que
eso) de estadio del espejo como un primer encuentro de sí
mismo. Como una primera sospecha del yo y el mundo exterior, que aún
resulta desconocido. Como una impresión del niño antes de entender que hay
otras personas exteriores a él en el mundo. Dónde aún no hay huellas técnicas o
un pasado fáctico que tiene que hacer suyo. Más atrás: yo, y mi constante y
cambiante noción de persona, un yo más episódico, que emana otra figura
desde, incluso, al cabo de un film que data la vida de un asesino
en serie del que aprehendí su oscura naturaleza salvaje, secreta. Un film
que recuerdo y transcribo prescisamente porque ilustra elementos de la
conciencia materializados, retenidos, amoldados, ordenados y proyectados; que
de buena o mala fé estrujaron los huesos de mi intuición. ¿Cómo esto que
ahora es parte de mi- imagen repertorio/ memoria- se exterioriza? Cómo se
traduce al mundo exterior, si cada sociedad posee unas costumbres propias.
Repito: habitar poéticamente es inevitable. El hermoso delirio de
hallarnos vivos, de abstraer la realidad. De reinventarla, y también tratar de
alejarse precipitadamente al vernos inmersos en lo que hemos construido.
Me
escondo, dentro de mí con todo lo que conlleva ese movimiento «retraer».
Internamente, oblicua, frente a todos estos fenómenos que son ajenos al mundo
exterior pero que de alguna forma es su producto mimético. Internamente, dónde
si puedo operar la realidad, dónde la representación mental es un escenario
lúdico que manejo sin restricciones. De esta manera, logro satisfacer lo que
difícilmente podría alcanzar en la realidad. En dicha representación mental, no
hay asesinos seriales. Pero, huir de ese hecho, solo confiesa ese apocamiento,
a veces miedo, a veces real, difuso, borroso. Una dualidad impenetrable.
Aquella
pantalla, como un «otro espejo» imposible de atravesar, dónde mi reflejo
y yo discrepan sobre la pregunta de una posible unicidad, que
difiere en todo caso, con el primer reflejo de la infancia. Me queda la
duda por saber cuál de «ambos» sería el menos infructuoso.
Es,
finalmente la cosa que no debería ser.
Me
reincorporo.
Disposable
Heroes
Antes del yo, antes del cuerpo, habían partes, partes
sueltas, recortes parciales. Nacemos partidos en pedazos, nos conocemos por
partes, y del mismo modo, conocemos el mundo. Es desconsolador hallarte dentro
de un inextricable globo. Y más aún, encontrarse dentro y alejada de la
materia. En un acto de la vida, en un acto psíquico reconocemos nuestra propia
imagen. Nuestra imagen está en todas partes. De pronto, somos absolutismos,
incoloros, inodoros, incluso estériles. Una sensación real - puesto que nacemos
como carne - experimentada bajo tela de duda. Y ¿en esa circunstancia de no
poder revertir lo que me es dado? Me espera una imagen de lo que soy, de lo que
es el mundo, de ahí, la imposibilidad de satisfacer una cuestión precedente
¿sería este el punto ciego? producto de aquella imagen amenazante en la que lo
único posible es la certeza de que hay un fin. Si la vida es eso sólido en lo
que nos basamos, plagada de conceptos; si el lenguaje no sirve para nada, sólo
para decirnos cosas que ya sabemos, cosas que nos hacen saber, justamente; a
través de el, ¿no sería entonces la imagen de la muerte una totalidad
temblorosa y vacilante? Angustiosa ¿sería angustiosa aún? Vemos muerte en todas
partes, una amalgama de muertes. “101 formas de morir”. Y de pronto, carecemos
de sensibilidad, de empatía. Es esto lo que resulta amenazante, aquello que no
puede verse de frente. Pero proyectamos un montón de imágenes (que no reparan
de ninguna manera. Son demasiadas.) que relatan como ¿cómo?, y en la espera,
nos encontramos rodeados de moscas. De la certeza del fin, inevitable; segregan
(como si fuese posible separarse de un todo) ineludibles formas de
reinventarse.
-¿Qué debo hacer? es mi pregunta infinita
frente al mundo. (Cuando transfigura reflejado en la causal de mis reflexiones)
- ¿reinventarse en medio de la podredumbre? «Reinventarse en
medio de la podredumbre».
- ¿lo hago yo, o lo hacen por mí?.
Leper Messiah
Al
percibirme ahondando/ reflexionando, lejos (espero que no se lea como un a
través) del texto – porque a los textos también hay que pelearles, decirles
“mira ¡ esto se terminó!”, o bueno, si, comparto aquello. La asimilación
de este fragmento, dió como resultado connotaciones pensadas como una lectura,
traducción y adaptación de una sugestión a raíz de un primer malestar como lo
fue un planteamiento atípico o atemporal de Adorno, Horkheimer. Heidegger y
Kant tampoco se salvaron. Pero va de eso mismo la producción de un criterio,
observación crítica; de cuestionar en contraste de un contenido evidencial
en que el hay que focalizar la atención, y al ser este un track que denota la
figura de un mesías, un mesías leproso, un tanto Benjaminiano (considerado así
por unos, no por tantos- prescisamente por su carácter mesiánico, sin duda,
original-), además citado brevemente en el apartado sobre cine de la
conciencia; para sumarle a este fundamento objetivo en la instustria
cultural, u objeto temporal: cine. Decía en su capítulo sobre El intérprete
cinematográfico (Cap. XI - la obra de arte en la época de su reproductibilidad
técnica) : … al cine le importa poco que el intérprete represente a otro
ante el público; lo que importa es que se represente a sí mismo ante el sistema
de aparatos///y (Benjamín citando a Pirandello)…Es este pequeño sistema
de aparatos el que usará su sombra para actuar ante el público; él, por su
parte, deberá contentarse con actuar para ese sistema.
Y,
retomando la noción de mito de Benjamín, como aquello condensado y
escondido detrás de la historia, del mítico progreso, la ruina, el desastre, el
caos aparente y visiblemente ordenado, estético, incapaz de ser descubierto.
Es dificil culpar al hombre por querer sobrevivir en una constante y
engañosa retroalimentación entre terror y dominación, revestida de un
«tejido» que, finalmente termina por deshilarse en esos vuelcos rápidos que
cambian la historia o la naturaleza. Como aquella teoría matemática de las
«catástrofes» resuelta por René Thom: una catástrofe, en ese sentido, es como
un brusco «pliegue» antes del cual no había nada y después lo hay todo, o
viceversa.
ORION
«instrumental»
Mientras me descubro atontada dentro
de una imagen repertorio de la que soy una mínima parte, pero no un todo.
Mientras me descubro como una pieza de rompecabezas logro ubicarme, pero, aún,
sintiéndome dispersa por estos bordes que me separan del resto. Una apariencia
en extremo, incapaz.
Y me construyo en una analogía hecha
de palabras que inventaron por mí.
Damage,
Inc.
Un
escenario en que el concepto de belleza desinteresada es un objeto
que se me va a resistir (libre juego), que se escapa de mis manos, sin talento
para distinguirla. Un escenario dónde los personajes confabulan en una suerte
de comportamiento mimético; recuerdo oír lejanamente a mi madre pelear con la
televisión, o prevenir al protagonista que está en peligro: ¡cooorre
pendejo! ¡nooo no entres ahí! ¡salta! Salltaaa. Comiquísimo, de alguna
manera ella se sentía parte de la historia. Omnipotente pero al mismo tiempo,
imposible ayudarlo. Omnipresente, pero a su vez, lejos de ser vista, percibida.
Polisémica y coloquial. Una relación amorosa entre sujeto y objeto, en la que
el objeto es ese lado B de la historia que se aisla, que ya no quiere seguir
narrando contigo, sino, solo. Pero, gusta de ser leído, de atraparte en su maraña
mientras el tiempo transcurre inconsecuente. También recuerdo la primera vez
que sentí la magia del cine que predice (porque el cine predice, produce. «Nos»)
habría sido el año 2009, finales, las carteleras anunciaban la buena nueva
2012. La portada era tremenda: CAOS. Había caos. Llegó el momento esperado y
nos juntamos con las chicas para verla en DVD pirateado con subtítulos de
español de españa.
- SyFy!!!
Una
vez digerida la buena nueva, nos quedaron millones de preguntas. La posible
catástrofe nos había consternado lo suficiente como para suponer que,
estadísticamente había un 80% de probabilidades que sucediera, de que la tierra
se abra, nos coma y nos parta un rayo. Nos cagaron el canguil. La
pregunta quedó flotando en el aire hasta que llegó el predecido año de la
tragedía mundial, y aunque los gringos (falsedad colectiva) siempre tienen el
antídoto, la sospecha estaba presente. No pasó nada, pero fue una buena jugada
a lo H. G. Wells.
De
fondo suena un clásico de 1986, lo han dado todo en el escenario, mientras, yo
me veo recordando otros posibles clásicos, otras causalidades atemporales,
predecidas y producidas; me veo recordando historias de las que nunca fui
parte, más que en un plano subjetivo, pero que podrían servirme el día cuando
verdaderamente me ataque un alienígena. Un conjunto de suposiciones
apabullantes, de diálogos que resultan en derrames verbales que huelen a
histeria, una sofocación permisible de encuentros recobrados antes de morir
asfixiado por completo. Este presente no tiene ni idea, este presente soy yo en
la espera de posibilidades viajadas en el tiempo, revestidas de nuevas
palabras, pero finalmente guardando lo concebido desde la matriz, compuestas de
lo sustancioso, lo sustancioso de la eternidad. Esa es la constitutiva del
objeto temporal y que pertenece al presente de la percepción (la idea de
la tragedia se dispara, se avecina con fecha y detalle de los sucesos
eventualmente próximos).
Imagino
una vida como alguna vez lo imaginó Gabriell frente al espejo. Una vida en la
que te ves reflejado, pero no queda más que morirse de risa.
- oh, ¿qué será? ¿qué? será.
-
Termino ahogándome, continuamente,
en aquel profuso sentimiento oceánico.
Creditos:
BANDA SONORA : Master of Puppets
– Metallica.
Estaba ahí. No había más vueltas que
darle, debían ser estos tracks la música de fondo para este clásico: soy la suma (contada
con los dedos de mis manos) de todos mis pensamientos (hechos mercancía).
EDICIÓN Y REALIZACIÓN: mami
FRACASOS PRODUCTIONS CÍA LTDA en
colaboración con DAMAGE Inc.