miércoles, 24 de noviembre de 2021

Consideraciones sobre la finitud.

 La duna de basura. 

La sala era enorme, a lado había un taller de cerrajería o de soldaduría (no recuerdo cómo se les llama), alrededor de las 4 o quizás antes salían los chicos (la mayoría niños) a jugar con una pelota haciéndose los tontos, o andar en bici ida y vuelta porque sino les partían su madre.  

En la esquina había una tienda a la que nunca fui a comprar, pero si mirabas hacia la otra esquina veías una montaña enorme y un pedacito del estadio monumental, el templo de mi hermano, hincha hasta las pelotas del BSC. 

Ayer murió mi tío, un negro de dos metros, Colón Navarro, entrenador de arqueros del CSE desde 1984. Ex Jugador de Futbol. Murió en casa, tenía cáncer de estómago. Aún no he llamado a mi tía para expresarle mis condolencias, no soy buena para eso. Se llama Flor. Es bella, si, como una flor (prescisamente), aunque tiene unas espinas muy hijueputas.

Rafa va a cumplir trece años, tengo miedo, tantísimo. la voz le cambió hace unos meses. Ayer nomás lo llevé a la escuela,  y a sus vacacionales. Le serví la comida. Lo apapuché cuando lloraba, lo cuidé, le cambié los pañales y lo hice dormir. Lo cuidé mientras veíamos desde la ventana, cuidando de que sus piernitas no se salieran mucho (luego mi madre colocó una tabla para mayor seguridad y el niño se volvió florero)Los ojitos siempre cafés, el cabello siempre castaño, frentón desde nacimiento. 

Mi padre está viejo, lo extraño siempre pero no le escribo. Ni un mensajito. Prefiero caerle una tarde, con solazo hijo de puta, gritarle PAAApi desde la entrada, abrazarlo, resistir su esquivo (porque no me quiere ensuciar de su sudor de hombre trabajador) y mantenerme firme en el amor que reside en un abrazo breve, brevísimo y fuerte.

En unos meses cumpliré veintisiete años, chuchadetumadre.

Mi tía Lucy murió en febrero, mes de mis aniversarios en la tierra. Habíamos planeado (mi vieja y yo) ir a visitarla y luego nos enteramos en la madrugada que había muerto, no sin antes dejar repartidos sus bienes. A mi no me tocó nada, pero tengo una foto de ella en un departamento en la ciudad de Mexico en los ochentas. Bien guapa, cuerpazo, melena corta y teñida de castaño oscuro, uñas divinas, hombros descubiertos, vestido largo no tan ceñido y no tan suelto. Morena plenísima. La echo de menos. 

Las vacaciones en su casa eran realmente (no sé como explicar el hecho de que no se prendía la televisión hasta las 7 pm, no había internet ni computadora, ni libros, ni amigos) largas. Por la mañana a las 6h45 me despertaba voluntariamente. Era mi decisión, estaba entre el límite de levantarse al amanecer y antes de la hora en que todo comienza, el movimiento. Me lavaba la cara con una ducha portatil que había en el piso de arriba, luego bajaba y la saludaba con un buenos días. Extrañamente siempre tenía una voz chillona pero pasible, agradable, como si nada pudiese ir mal. Me decía que allí estaban los panes (cerca del congelador en una caja enorme), cogía dos pansotes mixtos, sacaba el queso jugoso y salado del refri, cortada unos 25ctvs de mortadela, me hacía café y la escuchaba hablar de las horas a las que posiblemente pasarían los proveedores: Ya mismo viene el de la leche -  ya no tengo cola - mañana ha de venir el del suavitel -  ya voy a lavar las gavetas para el quesero. En la tarde prendía la TV por un momento, para ver las noticias, pero se cabreaba "vaya a la mierda" y lo apagaba, realmente prefería leer el periódico (el extra), lo leía, había una sección de novela sensual y otra de novela policiaca, novedades, horóscopo y las noticias amarillistas que comenzaban con una mujer bien sepsy y luego las noticias de asaltos y muertes. Para la tarde, me mandaba donde la negra a comprar dos almuerzos, siempre renegando de que yo no sabía comprar almuerzos. Realmente no sé si había una ciencia sobre cómo comprar almuerzos, pero siempre me salía mal. Por las tardes también solía pedirle permiso para robarle alguna golosina. Olvidaba que por las mañanas y hasta la tarde a eso de las cuatro mantenía prendida la radio, la radio Sucre. La oía casi todo el día mientras leía el periódico y renegaba porque alguien llamaba a la tienda. Y cerraba temprano para acostarse.  Cuando se dormía, yo aprovechaba para ir a la terraza y hacer nada; a veces lavaba mi ropa con ciclón porque te la dejaba limpia y con aroma a nuevo. Nos hacíamos una compañía insolente, a veces me pilló haciendo travesuras, hurgando en las cosas de su hija, quien tenía un ropero enorme, como una Carry Bradshaw del suburbio.  

Lo tonto es que, a veces en los desvelos me pongo a pensar que quizá un día sea esa tía para Rafael. La tía a la que aprecia pero le pospone las visitas, la tía de la que tiene buenos recuerdos pero le costaba pasar tiempo con ella, la tía que nunca faltó pero ya no le interesaba saber tanto, de pronto sólo unas cuantas veces al año. Está en esa edad crucial, dónde la vida social con los amigos y la familia intima toma lugar protagónico.

El día que murió la tía Lucy, me dolió un montón. Mi madre había perdido una madre y fue esa pérdida la que me fatigaba.

La pérdida, justo después toda una vida, una trayectoria de recuerdos te abruman repetidamente. Mi viejo dice que hay que aceptarlo y cuando toca, toca, pero se que no piensa lo mismo cuando hablamos de su padre. O cuando miro a mi abuela y la siento con menos fuerzas que la última vez. Mi abuela se ríe, oye bien, me cuenta siempre historias que me hacen reír y pienso en que si uno de estos días me faltara eso, una anciana haciéndome reír y diciéndome que soy algo bueno, mi preocupación por el peligro del mundo dejaría de atormentarme y en su lugar el dolor me carcomería día a día hasta poder dejarlo atrás, lamentándome por el tiempo perdido. La muerte si, en efecto, me aterra de manera egoísta, porque pienso en el desastre que me hará posteriomente. Pero cómo hacer para aceptarlo sin reniegos, sin dolor. Es decir, un día despiertas y alguien que quieres ya no está, te vuelves a recostar esta vez deseando no sentir ese calor terrible y la angustia de tener que ver inerte a quien hace unos días hacía bromas sobre morirse sin reparo. 

Hay una historia sobre mi Papá recogiéndome en la escuela. Me compró un helado, me guardó una moneda en el bolsillo, cogió mi mochila y la puso en el volante, me senté en la parrilla que había colocado especialmente para mí en la parte de atrás, me dijo: agárrate de mi, fuerte. Y yo me agarré, puse mi cara contra su espalda, y la bicicleta empezó a andar, despacio pero veloz, yo sé. El tiempo transcurría en una medida considerable como para poder disfrutar la infancia junto a mi padre, mi viejo que me enseñó a coser. Ibamos por la calle los ríos, le abrazaba la espalda a veces levantando la camisa para encontrar el lunar gordo en su espalda. Todavía lo tiene. Le preguntaba si le daban miedo los carros  y me respondía (siempre): sólo debes tener cuidado, algunos creen que vas compitiendo pero tú sólo debes ir por tu camino. Aunque a veces, si hago carreritas. Y manejaba y manejaba a veces preguntándo si me había dormido. Luego llegábamos al taller, allí me esperaba una sopísima caliente, un repertorio de salsa brava para la tarde, el ruido de las máquinas, y unos deberes hijueputas que no quería hacer.

Así conocí a mi viejo.

Sin embargo, ni siquiera eso evita la indiferencia, el coraje, el resentimiento, reservarse malos ratos para continuar una disputa, vivir en un estado de intolerancia. Quisiera decirle a Rafa que no sea todo eso cuando crezca. Que ruegue para que el tiempo pase lo mas lento posibe, que el tiempo le de todos los minutos para equivocarse y no sentirse mal por ello, que el tiempo le de un millón de oportunidades con sus viejos, con la nubes. Incluso las nubes vuelan mas rápido que antes, es imposible mirarlas con detenimiento como cuando lo hacía yo a la edad que él cumplirá hoy.  

Y de pensar en lo finito, me desvío un montón.  

A veces, leía esas novelas policiacas. 

sábado, 23 de octubre de 2021

Humareda temprana.

 

Mi abuela y mi madre salieron alrededor de las 4pm, me encomendaron cuidar la casa. Dije que sí a todo para que se fueran confiando en que todo estaría bien cuando regresen. Esperé unos treinta minutos, lo suficiente para que se alejaran y con suerte hayan tomado el bus en la avenida principal. Esperé unos cinco minutos más, sólo por si acaso.

Me puse los zapatos de educación física- porque son fuertes mas que nada, resisten caminatas rocosas- cogí mi tarro lleno de monedas, lo abrí y conté tan rápido como pude, no soy bueno en matemáticas, pero en ese momento sentí que podía con cualquier ejercicio algebraico. Veintidós monedas de cincuenta mas cuarenta y cinco monedas de veinticinco me daba un total de veintidós dólares con veinticinco centavos.

Antes de salir me detuve a revisar si mis zapatos estaban bien atados. Dejé levantada la manija de la chapa con una cinta gris que mi mamá suele usar para sellar cartones y coloqué la roca para aplastar ajos detrás de la puerta para que pareciera estar cerrada. Me aseguré de que nadie me haya visto haciendo la maniobra y corrí sosteniendo mis bolsillos para que no sonaran las monedas, tanto. Seguramente la ferretería estaba por cerrar, debía llegar antes de las cinco.

En el camino un perro del demonio me persiguió, pero no paré, mi abuela dice que si te detienes el perro podría oler tu miedo, así que seguí y creo que logré acelerar mis pasos. No sabía la hora exacta, pero podía calcular que faltaban unos diez minutos para las cinco. Me detuve un segundo para inhalar aire, continué, aún faltaban unas 5 cuadras más. Más allá había otro perro, confiando en que dormía profundamente no bajé la velocidad, pero resultó ser otro perro del demonio, al menos este no me persiguió dos calles. Me dolía el vaso (según mi abuela, es lo que está debajo de las costillas), hice presión con la mano en aquella zona mientras corría ¡pero ahora sonaban las monedas!

Me faltaba muy poco para llegar a la ferretería, un señor mucho más alto que yo me interceptó, se sacó una gorra roja desteñida y me preguntó hacia dónde iba tan rápido, le contesté que, hacia la ferretería, para entonces uno de sus brazos me bordeaba la espalda.

-          ¿Qué va a comprar un niño a la ferretería?  La boca le olía como a tierra mojada. El tiempo corría y con esa idea en mente no dejé de caminar, pero mi velocidad había bajado mucho. – Una volqueta- le respondí – ya mismo cierran ¡tengo que ir rápido- volví a responder para que entendiera que no podía quedarme conversando con él.

-          Te la puedo comprar yo, debes ser mayor para comprar en una ferretería.

Tal vez comprar una volqueta no era lo mismo que comprar unas galletas en la despensa. Claro, incluso cuestan más, veinte dólares no es cualquier cosa. Acepté.  Me preguntó cuanto dinero tenía, le hice las cuentas: Veintidós monedas de cincuenta más cuarenta y cinco monedas de veinticinco me daba un total de veintidós dólares con veinticinco centavos. Le di los veintidós dólares en monedas y me quedé con veinticinco centavos. Me dijo que lo esperara, después de todo, la ferretería estaba a cosa de nada. Así que esperé en el portal de una casa con escaleras y unas plantas feas alrededor. Esperé ansioso, tenía que volver antes que mi madre y mi abuela.

El señor no volvía rápido, corrí hacia la ferretería y nada, estaba cerrada. De pronto, al encontrarla cerrada decidió ir hacia otra ferretería. Pregunté a una señora que estaba en la esquina vendiendo choclos asados si acaso había una ferretería cerca.

-          No papito, la única ferretería del barrio es esa, la ferretería Don Lucho ¿que no sabrá?

Me quedé pensando un rato, y le conté todo a la Señora mientras el humo me arropaba.

-          Uy papito, si ya le robaron ¿y cómo era el señor?

Volví a casa, con una velocidad muy baja y un choclo enfriándose. Esperando encontrar de regreso al señor. ¡nada! No sé cuánto habré tardado, cuando llegué a casa mi madre estaba esperándome con el látigo en la entrada y lo único que se me salió decirle es que había ido a comprarle un choclo.

miércoles, 20 de octubre de 2021

La duna de basura [esquema común]

 El efecto placebo de viajar en bus consiste en creer que con los años uno se cura del mal llamado "coge culo". Llega un punto en el que te das cuenta que eres todo un pro que reconoce si te han cogido el culo o te han mochileado, poder reconocerlo se basa en detectar la fuerza con la que te rozaron. 

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Tenía doce años cuando a mi mejor amiga (por aquellos años) Jhoselyn (13 años) le cogieron las tetas en el  metro. Un codazo  al maleante y listo. Pero el momento de mierda queda, luego, también se queda como secreto porque, las mamás del año 2007 eran otro tiro, ya sabes "eso te pasa por andar de buscona" "ya te he dicho mil veces _____ "  y las respuestas culposas continuaban.  Alguna vez mi vieja me dijo "puta", pero, uno crece, y lima asperezas (o al menos intenta).

Después, teníamos (ambas) trece años. A veces, en lugar de quedarnos viendo los dvd's de conciertos de Michael Jackson (ahora lo detesto), Rakim y Ken guai, Panda, caramelos de cianuro, verde 70 y (no voy a mentir) los conciertos de Sharon, decidíamos que era mejor salir a caminar al barrio de en frente. Y bueno, las hormonas cómplices. Llegando a la última calle que daba justo a la orilla del río Daule, un tipo en moto se bajó para mostrarnos el gran y viril pene que poseía. Una calle larga (como su verga) casi una alameda (como su vello púbico), estando a una cuadra del parque. Tocamos el timbre de una casa que sorteamos, nadie salió. Finalmente el tipo, luego de ventearnos su posesión por un rato, se fue, de nuevo en su motito y a seguir chambeando porque, lógicamente era un hombre trabajador (que enseñaba la verga), pero trabajador por sobre todas las cosas. 

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Mucho tiempo  preferímos quedarnos en la terraza, cuando hacía un sol que no mataba. Las nubes volaban mas lento en el año 2008, y los ventarrones trastocaban para esos días, los perros ladraban con mas furia que ahora, hay algunos que todavía viven, como Toby. Recuerdo la juventud de Toby, un perro hijo de puta que siempre me perseguía, hasta que un día aprendí a guardarme el miedo. Ahora Toby anda chiriposo por la calle, desnutrido y viejo, no me recuerda, eso es seguro. Pero yo lo recuerdo y eso basta mi querido perro. 

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En esa terraza diseñamos lo magnífico de la adolescencia. La revelación de los sueños ¿Qué tan noble es una amistad que se pregunta por el futuro?

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Elaboramos  perfectos días en un escenario árido. Tan ocupadas hablando demasiado, ignorando el maltrato, la separación de los viejos, los perros que se morían, la plata que faltaba,  la dieta con zanahoria para reconquistar al viejo que se queria ir, la abuelita de Vinces amargada que nos rezongaba a cada rato, el olor a lavaza alrededor de las 5, las puteadas alrededor de las 8, las lloradas alrededor de las 9 por un adolescente que no estaba conforme con la oportunidad que le daban sus tíos adoptivos. Las madrugadas a las 6am, las cartas rellenas de marcadores de colores. Finalmente, uno se pregunta internamente, con un lenguaje que no entiende. Tan pútridos resultan los recuerdos, tan desagradable puede ser el pasado, los cimientos, y no hay mas que ello. No hay nada mas que las primeras botitas de cuero que le compraron a tu mejor amiga, luego, un día eres digna de usarlas, te las presta y jodidamente se despegan en tus patas.Pies asesinos.

Un problema se sale de las manos, y toda la magnificencia de la amistad adolescente  trata de volcarse hacia un destino sólido como el olvido e intentar recordar a detalle las mejores escenas se vuelve una tarea díficil, pero, hay unas imágenes que aparecen pocamente, a breves ratos, tratando de darte una pista o quizá una ayuda, porque en el fondo no quieres olvidar del todo el eterno tiempo invertido en elaborar esquemas. La vida, por esos años, consistía en mirar el cielo porque no había otra obligación mas que memorizar el eterno encierro donde estarás en compañía de personas que amaste tanto y luego (propiamente por nuestra incoherente existencia) tratarás de hacer como si nunca hubiese sucedido lo que una mañana a las 5.45 significó un gran encuentro, el nacimiento del amor o de la amistad. En todo caso, el olvido es un malestar que se presenta sospechosamente en la infancia, y en los años venideros te sortearás en la decisión de tomarlo como efecto placebo.

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Entonces, un tipo hoy me mochileó. Porque, de haberme agarrado el culo, le partia la cara. 

Llega un momento, en que podrás haber olvidado sentir amor y empatía, pero la violencia, es innata, y jamás te olvidarás del animal inservible que te consume por dentro. Y en un escenario árido, dónde los perros ya no ladran tan fuerte por temor a despertar ese animal inservible, desistirán a los pocos segundos. El animal inservible habrá, para entonces, mostrado su cara a través de las carnes asquerosas que llevamos como cuerpo. El perro, dará tres pasos atrás y volverá a su hueco en la tierra  que tiene por cama. Unos años mas, el hueco tornará una estadía mas profunda.

Caminarás, hasta llegar a casa, dónde alguien te espera desgraciadamente, y ese alguien desgraciado, casualmente también tiene otro animal inservible, mas inservible que aquel que tú encierras. Una noche, una noche donde las mas tristes pulsiones decidirán salir junto con el frío y las primeras lluvias de invierno, uno de los animales inservibles dejará sus carnes, cansado el encierro, deseoso de conocer el mundo real, de tocar con sus pies la baldosa fría. El otro animal, de tu desgraciado acompañante se fijará en tal osadía e intentará hacer lo mismo, pero éste, teme un poco más la nitidez de la realidad y decide permanecer en su encierro sin prever que, quien ahora ha salido de sus carnes, se ha pervertido de la realidad difusa y estéril. Ahora tiene ambiciones el maldito animal inservible. 

Va por el animal inservible del desgraciado que te acompaña, y lo saca con sus manos en un movimiento díficil y doloroso, el desgraciado no sabe qué pasa. sospecha que se le ha ido el aire pero se repone en un segundo. 

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Caminaba con mi vieja hacia la casa de la señora Margarita. Entramos. Unos golpes secos se oían de fondo, perfectos para una salsa del gran combo.  La impaciente idea sobre unos animales inservibles luchando entre sí, me envolvía. 

Salimos, una tipa de pelo espantoso y esponjado se daba en la cabeza, contra la pared, repetidamente. Una y otra vez, si le oías con atención, le adivinabas el ritmo. Buen oído le dicen.Y por un momento, se quedó sin aire. 

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De tanto pensarse hacia adentro, terminas por dar vida al animal inservible y de convercerlo que, fuera de ti las posibilidades son como las nubes lentas, lentísimas.

Eternas.

 

martes, 28 de septiembre de 2021

días varios.

 

Mi viejo se había cortado el pelo por completo. Durante toda mi vida hasta ahora jamás sucedió, es decir si, pero el corte había sido el mismo. Corto por arriba, largo en la parte de la nuca. Hasta unos días llevaba un moño. Nada, se enteró que tiene diabetes y cerró ciclos #britneystyle

Este es un escrito denso, vomitado. Hace daño tenerlo dentro y elegí la exposición como acto dramático.

Tengo memorables días merodeando insistentemente- conmigo, algunos pertenecen a la infancia. Mis pies polvosos regresando a pie a casa cuando tenía 5 maybe 6, mi madre se estaba tardando y no me va bien esperando, me preocupo y decido mal, entonces cogí mis carpetas y me fui a casa caminando tranquila, a unas pocas cuadras estaría mi madre, a quien temía y amaba en esos días nítidos. Hay otro, que me hace sentir ñáñaras, en ese recuerdo está Jean C., crecimos juntos. Cuando lo recuerdo a él, es inevitable recordar además a Niko y los grandes muebles color beige de cuero que habían en la sala, tenían unos almohadones enormes y rectangulares con los que hacíamos barricadas para jugar a <<dividir nuestros espacios de juego>>  y posteriormente, las escenas lúdicas se desarrollaban independientemente juntas dirigidas bajo la autoría de cada uno de nosotros. Quien escribe, está sintiendo un calor enorme en el corazón, quizá el último sincero. Quizá no un calor, sino la agonía de un recuerdo que exprimes y exprimes, al punto de ya no poder sacarle mas nostalgia.

Una tarde Jean C. corrió hacia mi, yo me encontraba en el cuarto de mi abuela que, preciosamente siempre estaba oscuro y claro, fúnebre y a la vez pacífico, y ahora que lo pienso, era ella invadiendo su cuarto con sus deseos profundos de estar para irse pronto; Jean C. se acercó emocionado y me dice casi gritando "Te voy a enseñar algo que Niko y yo hicimos", acto seguido aparece Niko y se besan, bueno, Jean C. lo besa a Niko y lo lanza a la cama. Me pongo la mano en la boca sorprendida y pensando seriamente en que está mal que los primos se besen, además de lo que significaba que dos niños se besen, cosa que en realidad para mi no significó un problema. Llevé ese secreto guardado hasta los 17 años mas o menos, se lo conté a mi madre o a mi hermana como algo anecdótico, es muy probable que ambas ni lo recuerden, pero yo si. Lo recuerdo siempre, a veces con agrado, otras veces con preocupación, y en ocasiones accidentales se remueve ese recuerdo insistiendo en que mejore la precisión de detalles. Si recuerdo - para buena suerte mía - las caras infantiles y limpias de cada uno, menos la mía, pero recuerdo mi ubicación en la escena y el espacio preciso, recuerdo la casa a la perfección, a mi abuela, su closet improvisado y los reniegos constantes porque su monedero se perdía. Se perdía, se extraviaba; el monedero era un objeto que le forzaba continuamente a recordar, ella se preguntaba dónde carajos había dejado el maldito monedero y cuánto dinero habia dejado. Y le dolía el corazón recordar dónde lo había dejado la última vez. Pero (según palabras de ella), le dolía más tener que pegarle a Jean C. él, si sabía perfectamente cuanto había en el monedero y dónde estaba, él, el autor de los extravíos constantes. 

No puedo guardar esto en mi cabeza.

El extravío en los recuerdos, abuela. Te estoy recordando en este momento pidiéndome un masaje en la espalda. Me agrada la idea de retroceder este tiempo inútil, lo haría, creame que lo haría.  Jean C. con mucha maña, está en la cárcel ahora, por segunda vez. Le dieron 8 años por microtráfico de droga, lo sacaron de su casa esposado. La primera vez, fue por estar en el lugar equivocado. Le dieron 1 año. Estoy ahora, justamente pensando en los sueños del pasado. Me decía que quería ser profesor de matemáticas, luego, soñaba con ser comentarista deportivo, de hecho lo hacía bien. Antes de alistarnos para ir a la escuela (el estudió en la escuela Pedro Carbo) a las 5 am, jugaba con los dedos y una bolicha que hacía de pelota de futbol. Luego de la escuela, luego de hacer los deberes a eso de las 4pm, volvía a jugar. Yo me preguntaba de dónde sacaba tanta saliba para hablar demasiado y lo mandaba a callar. Luego prendíamos el TV para ver algo de tele pagada auspiciada por mi hermana mayor, pero terminábamos peleando por quien elegía el programa. Finalmente terminábamos viendo los Simpsons o futurama. Un día, dijo que quería ser futbolista, pero allí si se comía la camiseta. Era bueno en matemáticas, aunque ahora los cálculos le salieron re mal. 

Estoy preguntándome ahora mismo de quién es la culpa de todo. Regresando al pasado, pienso, una sola decisión pudo haber cambiado el curso de unos años de encierro, una hija que crecerá sin padre y una esposa que no tiene medios. De pronto si mi madre lo hubiese observado, habría podido imaginar que lo que él necesitaba era amor, comprensión y si, no me jodan, también necesitaba ternura. Vivimos una infancia a palos, nuestra familia creció a palos y nosotros a expensas de su consideración por no darnos palo como lo habían hecho con ellos. Debíamos ser agradecidos por lo que teníamos, porque, en otras circunstancias no tendríamos ni qué comer. Pensar en las emociones y los conflictos sentimentales del corazón de los recuerdos y la ausencia, eran chiquilladas y caprichos de los que uno no podía quedarse prendido, es más, ni siquiera debías hacer caso a esas dolencias que marcaban nuestro ritmo, pensamientos, decisiones. Jean C. tuvo siempre una vida perturbada, no puedo negar aquí en estos párrafos que vivimos una infancia un poco de mierda. Si te equivocabas aunque no sepas que ta habías equivocado, te tocaba una putiza que no te salvaba nadie, ni diosito, ni tus antepasados, ni chimamanda por último. A mi madre le dolía más perpetrar la violencia que a nosotros recibirla. Pero, en medio de todo, yo lograba entender los traumas de mi vieja y su evidente conducta reprimida, sus odios reprimidos, sus corajes, el amor no recibido. 

Una  mañana de mierda, se le arrancó la sandalia a mi vieja, regresé corriendo a la casa (a pedido de ella) para pedirle otros zapatos a mi hermana, en medio del lío me olvidé lo que debía decir y mi hermana sin entender qué mismo se quedó en pausa, para mala racha llegó mi vieja. Le hundió una olla en la cabeza que le descompuso la máquina. Todavía resuena ese golpe en mi memoria. Te digo, olvidarse de la violencia  y simplemente abrazar a tu madre a edad madura, cuesta, sin exagerar, cuesta autoflagelarse lo que podría ser el alma. El alma recuerda todo, el dolor, el castigo, la piel abierta y el llanto que suplicaba. Uno piensa en medio de toda esa masacre, que en efecto, si, otros la pasan peor, y esa es la única forma de aguantar un castigo que no mereces. Y esa es la razón por la que se entra en rebeldía. Llega un momento en que importa un carajo si te van a matar a golpes cuando llegues a casa, porque finalmente ya te han dado demasiado que la piel se hace dura y el dolor es resistible. Estoy odiando a mi vieja en este momento, es de noche. Si salgo a verla, no sé qué haría. Lo he pensado demasiadas veces y temo que suceda. Aquí está escribiendo alguien que no ha sanado sus recuerdos más nítidos, y el problema de la memoria son las apariciones involuntarias en el momento menos indicado. 

El sábado, mataron de 20 tiros al hijo del pescador, Luchito. Lo conocí desde que eramos chiquitos, jamás cruzamos palabras mas que esos días cuando trabajó en la tienda del barrio y yo le pedía que porfa me cobre un polito. Cuando me enteré de su muerte, extrañamente tuve esa imagen de él, de sus días dónde era más niño. De 21 años murió, en una esquina, dos sicarios se bajaron de una moto y le dispararon, pudo correr un poco, no lo suficiente para escapar de un destino que ya estaba escrito. La droga lleva reinando en este barrio hace mas de 20 años.  Hasta gracia me da recordar a los latin kings que recorrían todo el día esta puta calle. 

Yo jamás había sentido impotencia, sin duda es esta que puedo experimentar ahora. Cualquier decisión que se tome, no tendría mas que un valor inutil. 
Dicen que quizá no aprovechó la oportunidad que la familia pudo ofrecerle en unos días donde se comía tortilla casi toda la semana. Y que ahora le tocará aprender en el encierro, en ese lugar dónde categorizan a unanimidad a todo quien entre, una escoria que no debería estar en la calle por el peligro que representa. Lo mas tonto, es que uno no decide venir a este mundo vacío y superficial. Y uno se cala todo el tufo, y uno mismo se escupe los pies. Porque resulta que no aprovechamos las oportunidades. Que no ha todos les dieron un ollazo en la cabeza para que recapacite. 
En este momento quiero abrazar a mi  viejo y verlo rejuvenecer, encontrarlo de 45 años y escucharle decir que me va a proteger toda la puta vida, que morirá después de mi, porque sinceramente tengo pavor y lo único que quiero es la valentía de mi padre acompañandome cuando pasen 8 años. 





Barrancos

quisiera despedirme pero no como quien se va y ya no vuelve, o no desea volver y entonces se despide en un adiós premonitorio. quisiera desp...