EL CONCIERTO YA TERMINÓ.
Interior- bus – día / 9:17 AM.
Marina se había comprado un paraguas en oferta: $3 dólares americanos. No era temporada de lluvias, pero el sol era veneno. No le iban los sombreros, ni mantas hippies, ni gafas de sol, ni bloqueador solar. Así que se compró una sombrilla, perdón, un paraguas que haría el papel de sombrilla. Era de color azul y tenía el logotipo impreso de Nestlé, pero era lo de menos, lo importante es que le proporcionaría sombra cuando el sol saliera insolente, sobretodo los días lunes y jueves. Antes de subir al bus, guardó su sombrilla nueva y se metió en el depósito de personas a toda prisa. Solía sentarse siempre en la última hilera de asientos, pero esta vez estaba toda ocupada, así que hubo de sentarse en uno de los puestos de enmedio. Marina solía llevar algun libro en su bolso para matar el tiempo mientras viajaba en la ruta 51, pero esta vez había dejado el ejemplar de Truman Capote en casa. Estaba leyendo A sangre fría, iba por la tercera parte RESPUESTAS. El libro lo había tomado de los estantes de su hermana, sin decírselo, por supuesto. Había escuchado que era uno de los libros más aclamados por la crítica, que relataba una historia real sobre un múltiple asesinato que tuvo lugar en Kansas city. No tenía pensado comprarse ese ejemplar, pero, la idea la había animado y justo antes de hacerlo encontró la obra en casa ajena. No era una ladrona de libros como Roberto Bolaño, pero si había oportunidad de tomar alguno sin líos, lo hacía.
Sin nada para leer, se recostó en el espaldar del asiento e hizo un recuento rápido de los hechos. No era una historia que la pasmara, pues los tiempos siempre han sido violentos, muchos dicen: antes, antes no sucedían estas cosas, pero resulta que Agamenón era peor que Bush ¿verdad?, así tituló Umberto Eco uno de sus tantos ensayos. Y si, es cierto, la historia no era una cosa de la que sorprenderse por estos días, pero… Marina pensaba que no era el hecho del asesinato sino la forma de contar una histora que, hace varias páginas atrás le hizo brotar algunas lágrimas, y no de cocodrilo. Capote lleva muerto más de treinta años, pero, aún muerto y enterrado, anda haciendo llorar a las jovencitas. Marina se habia enamorado de uno de los asesinos descritos en la historia, de Perry Smith. Si, le había conmovido su curriculum de fracasos, de su vida interrumpida por cuantiosos hechos amargos. La vida se constituye muchas veces amargamente, de ahí su táctica de poner a prueba nuestra vitalidad, la rresistencia, con doble r.
La vida es como ese Señor que salía todos los días a las 5 am a entregar pan en su canasto puesto sobre la bicicleta, recorría cada mañana las calles polvorientas de Pasaje 79 N-O, gritaba Paaaaaaannn y los vecinos salían aún con lagañas en los ojos a comprar paaaaan calientito. Pan de sal, pan de canela, pan de dulce, pan de chocolate, pan mixto, pan briollo, pan cacho, pan rosca, pan cara sucia… a las 7 am habría de terminar de vender toda la familia de panes, regresaba a su casa más ligero y contento porque lo había vendido todo. Una vez en casa, vacíaba el canguro lleno de monedas sobre la mesa y a su mujer le brillaban los ojos. $25 dólares de felicidad mi amor. Al siguiente día, salía como de costumbre a las 5 am para recorrer nuevamente las calles polvorientas, pasaba junto a la aplanadora y la excavadora que aún descansaban, les vendía pan a ambos hombres hospedados dentro de las máquinas y continuaba su camino no sin antes persignarse con su primera moneda del día. Pero ese día, parte de los vecinos decidieron que mejor desayunarían fruta, otros mejor desayunaron torrejas de choclo, y unos cuantos aún optaban por el pan. Para las 7 am el canasto aún tenía la mitad de la familia en el, entonces había que apresurarse y alargar el recorrido hasta que se vacíe el canasto antes de que se pasara la hora habitual de desayunar como Dios manda. Temprano, para que nos ayude ¿no?. Vació el canguro medio lleno de monedas sobre la mesa. $10 dólares mi amor, $10 dólares de felicidad.
Al día siguiende, salió a las 5am, hora habitual, recorrió las calles polvorientas, le vendió pan a los hombres de los ojos cansados, se persignó como de costumbre y siguió la ruta. Para las 7 am había vendido la mayoría de pan, pero aún le faltaba un tercio para vaciar el canasto. Oye, eso fue mejor que ayer. $17 dólares de felicidad mi amor. Al cuarto día, volvió a salir, como de costumbre, le vendió pan a sus primeros clientes, como de costumbre, se persignó sin perder las esperanzas, como de costumbre, e hizo la ruta por la calle polvorienta. Si, como de costumbre. Para las 7am había vendido aproximadamente $19 dólares de felicidad mi amor. De regreso, un pedazo de mierda le quita el canasto, el canguro, la bicicleta. No tenemos nada mi amor. Al quinto día, el panadero salió a pie con un canasto más pequeño a eso de las 4:30 am, a las 5 am estaría a la altura de la excavadora y la aplanadora, se persigna sus primeras monedas y continúa su ruta, como de costumbre. Espera, ésta vez caminando y con la odiosa duda de saber si se encontrará hoy también, a otro pedazo de mierda que le quite su andar. Eso es la vida.
Una jodida incertidumbre.
Marina ha pensado en lo imponderable mientras el bus sigue su ruta. Allí, recostada, recordando las palabras de Truman Capote que se confunden con las suyas, entre panes y Perry Smith, sin una hoja donde escribir el relato sobre el panadero (basado en hechos reales), sin nada más que una retahíla de pensamientos escabrosos, cabrones. Se pregunta si más tarde su memoria le dejaría recordar esas palabras sueltas escritas en el blanco de sus delirios.
Marina estudia filosofía y letras, pero lo que realmente quisiera hacer Marina es no estudiar nada, sólo leer sus libros prestados sin avisar o comprados con su dinero. Marina cose todos los días ropa de todo tipo para personas que no tienen idea de cómo enhebrar una aguja o cómo planchar la raya de un pantalón, a Marina no le importa nada de eso, no le gusta coser pero al menos tiene un oficio con el que puede ganarse unos $50 dólares de felicidad para matar el tiempo mientras viaja en la ruta 51 de ida y en la ruta 78 de regreso. Marina piensa siempre en todos los libros que ha leído, en si será cierto o si podría echar a andar los ideales allí descritos a la perfección. Marina no tiene ni puta idea del pasado, más de lo que ha leído en libros de historia y lo que ha visto en las películas. Leer es mas productivo,dice; porque tienes que usar tu coquito para recrear escenas de batalla en el campo de exterminio, tienes que suponer un gesto abyecto en la cara de Dick Hickock asesinando a una familia entera, debes confabular tus sentidos y el producto de esa amistad resultará en una imagen vivaz que la hará vibrar en una experiencia visual y sensorial que la ubicará en el mejor de los asientos de las proyecciones de su mente, de su memoria contaminada de años que no ha vivido pero ha palpado entre sus manos y ha pronunciado incontables ocasiones mientras el bus sigue su ruta.
Marina no cree que preguntarse sea filosofía, o que respondan una de sus preguntas suponga ser una conversación, Marina se aconseja sola como una vez le recomendó su padre. Marina sabe que la velocidad con la que se aprecia el paisaje estando dentro del bus, eso es la vida. Esa es la paradoja, esos son los tiempos duros, los torbellinos de polvo, el amor despresado en un caldo. Marina no sabe hacer mejor cosa que preguntarse imparablemente, preguntarse “¿por qué?” es algo sobredeterminado, como escribir, como hablar, como brotar gotas de verdad por los ojos. Marina entiende que no existe más lenguaje que el de la duda. Marina se autoflagela por estar siempre recordando el pasado que si vivió, Marina se ahoga en posibles verdades aunque su nombre indique que es experta en sentimientos oceánicos.
Marina lee a Deleuze y no entiende, pero lo lee a través de otros libros que lo citan y lo examinan en palabras menos aparatosas que no implican oraciones escriptadas o reflexiones en clave, para Marina lo mejor es ir directo al grano sin muchos rodeos y divulgar las iluminaciones que maquína la mente cuando no se puede dormir y hay un perro solitario acechando la cuadra. Marina no tiene idea de cuantos libros ha leído durante su vida hasta ese momento mientras viaja en bus, pero sabe que cada autor debería enterrarse con su obra completa el día que muere, y no estar dejando libros para la posteridad porque ya bastante la hicieron en su tiempo, si es que la hicieron, y sino. Hasta pronto.
Porque el tiempo pasa despavorido. "Porque en esta vida todo es pasajero, menos el chofer"