(2015)
Creo
fielmente en que la esposa del Señor Wood está volviéndose loca, la rutina le
ha clavado entre ceja y ceja un dialogo
repetitivo ‘ya solo me falta preparar la ensalada’, todos los días a las 12:59 y
yo lo repito con ella. Desde aquel lunes en que pude notar su maldición verbal,
me he preocupado un poco y la espío cada vez cuando sale a tender la ropa,
habla consigo mismo, la he estudiado. Su alter ego ha adquirido una fuerza
superior indómita y, sinceramente, temo por su locura habitual porque le ha
personificado, hasta llegar a tal punto de mirarle a la cara (abstracta). No es
un genio, pero ella, no es de acá. Algo similar pasa con Pertur, pero ella a diferencia de la esposa del Señor Wood, llora
cuando todo se sale de control, así, solo así logra cercenar la locura (quién
no demora ni un segundo al ver surgir una nueva oportunidad, para poseer).
El
poder que nos otorgamos propiamente no esta exento de ser arrebatado, y con
robado no me refiero a una persona diferente de nosotros, quien logra privarnos
de él, son nuestros monstruos dentro de la matriz. Como vidas llegaran a
invadirlo todo entre los parietales, como muerte terminarán acabando con lo
construido por ellos. Qué importancia tiene el rascacielos entre las cejas, al
derribarlo, todo será polvo y con ellos nuestras fuerzas, nuestro poder.
Asquerosa manía de destruirnos sin saber destruir, siempre experimentamos con
el menos tentado y más aterrador. El sujeto entre el abismo de las manos al
cerrarse frente a una oportunidad.
No
conozco las manos de la esposa del Señor Wood, pero de lejos parece irreal,
armada de alucinaciones, perpleja ante la lluvia con la lengua palpitante en su
labio superior, cayendo cada vez un poco pero jamás tocando el piso. Pertur, al contrario hace rabietas
dentro del baño, dentro de la habitación, lejos de casa, viajando en el bus,
caminando por las pistas más largas, sintiendo la lluvia despeinándole las
canas. Para Pertur ya nada resulta
impresionante, porque ahora vive junto con el hoyo que origina los trastornos.
La esposa del Señor Wood ya pasó por aquello, y sabrá algún vidente loco si ya
superó ese recuerdo atroz. Es tiempo de lluvia, pero ellas se han adelantado,
son un chubasco a tiempo completo, sin paga, reciben miserias y no
precisamente descritas en un cheque, las
palabras suelen ser parcas cuando quien las pronuncia es un desdichado, y
siendo desdichado actúa como un tal omnipresente dentro del cerebro de todos.
¡Qué
habrá del otro lado de las paredes?, El Señor Wood espera paciente, leyendo en
la sala, agobiando la espalda, revisándolo todo a su alrededor, también temo
por el, puesto que ha pasado algún tiempo y no he escuchado su voz convertida
en susurro, ni sus quejas tergiversadas como ira, ni su paz transformada en
fenómeno. Llegué a la conclusión de que su alter ego falleció hace tantos años,
justo cuando vivió el accidente que lo condenó a usar silla de ruedas, sólo el
sobrevivió, ¡ah!, y su recuerdo (el antagonista de esta historia).
No
cierren las manos, les pido. Así es, 13:00, hemos recitado el dialogo.
‘falta
solamente ir a limpiar el baño’.
**
Una tarde el Sr. Wood (quién siempre estaba en la ventana, por si pasaba alguien u ocurría algo) me llamó cuando apenas llegaba, me hizo un psss psss y lo miré, allí estaba casí flotando en la ventana agarrándose con los antebrazos (son antebrazos la parte que le sigue a las manos?), fuí hacia él y me dice: Oí que su abuela se quiere morir.Me reí, él continuó: Yo me quise suicidar cuando me pasó el accidente. Era un hombre muy viejo y blanco, blanquísimo, los ojos azules como cualquier gringo pero, de hecho él era alemán con padres de origen gringo. Quería hablar con mi abuela para convencerla de vivir.
Inútil idea. Mi abuela murió el viernes de esa semana. Una mañana, cuando desperté, la encontramos muerta.
Yo la quiero todavía, a veces la extraño. Que nos parecemos, dicen.
Yo digo que la quiero y si pudiese volver en el tiempo no cambiaría nada, ni su muerte.