sábado, 23 de octubre de 2021

Humareda temprana.

 

Mi abuela y mi madre salieron alrededor de las 4pm, me encomendaron cuidar la casa. Dije que sí a todo para que se fueran confiando en que todo estaría bien cuando regresen. Esperé unos treinta minutos, lo suficiente para que se alejaran y con suerte hayan tomado el bus en la avenida principal. Esperé unos cinco minutos más, sólo por si acaso.

Me puse los zapatos de educación física- porque son fuertes mas que nada, resisten caminatas rocosas- cogí mi tarro lleno de monedas, lo abrí y conté tan rápido como pude, no soy bueno en matemáticas, pero en ese momento sentí que podía con cualquier ejercicio algebraico. Veintidós monedas de cincuenta mas cuarenta y cinco monedas de veinticinco me daba un total de veintidós dólares con veinticinco centavos.

Antes de salir me detuve a revisar si mis zapatos estaban bien atados. Dejé levantada la manija de la chapa con una cinta gris que mi mamá suele usar para sellar cartones y coloqué la roca para aplastar ajos detrás de la puerta para que pareciera estar cerrada. Me aseguré de que nadie me haya visto haciendo la maniobra y corrí sosteniendo mis bolsillos para que no sonaran las monedas, tanto. Seguramente la ferretería estaba por cerrar, debía llegar antes de las cinco.

En el camino un perro del demonio me persiguió, pero no paré, mi abuela dice que si te detienes el perro podría oler tu miedo, así que seguí y creo que logré acelerar mis pasos. No sabía la hora exacta, pero podía calcular que faltaban unos diez minutos para las cinco. Me detuve un segundo para inhalar aire, continué, aún faltaban unas 5 cuadras más. Más allá había otro perro, confiando en que dormía profundamente no bajé la velocidad, pero resultó ser otro perro del demonio, al menos este no me persiguió dos calles. Me dolía el vaso (según mi abuela, es lo que está debajo de las costillas), hice presión con la mano en aquella zona mientras corría ¡pero ahora sonaban las monedas!

Me faltaba muy poco para llegar a la ferretería, un señor mucho más alto que yo me interceptó, se sacó una gorra roja desteñida y me preguntó hacia dónde iba tan rápido, le contesté que, hacia la ferretería, para entonces uno de sus brazos me bordeaba la espalda.

-          ¿Qué va a comprar un niño a la ferretería?  La boca le olía como a tierra mojada. El tiempo corría y con esa idea en mente no dejé de caminar, pero mi velocidad había bajado mucho. – Una volqueta- le respondí – ya mismo cierran ¡tengo que ir rápido- volví a responder para que entendiera que no podía quedarme conversando con él.

-          Te la puedo comprar yo, debes ser mayor para comprar en una ferretería.

Tal vez comprar una volqueta no era lo mismo que comprar unas galletas en la despensa. Claro, incluso cuestan más, veinte dólares no es cualquier cosa. Acepté.  Me preguntó cuanto dinero tenía, le hice las cuentas: Veintidós monedas de cincuenta más cuarenta y cinco monedas de veinticinco me daba un total de veintidós dólares con veinticinco centavos. Le di los veintidós dólares en monedas y me quedé con veinticinco centavos. Me dijo que lo esperara, después de todo, la ferretería estaba a cosa de nada. Así que esperé en el portal de una casa con escaleras y unas plantas feas alrededor. Esperé ansioso, tenía que volver antes que mi madre y mi abuela.

El señor no volvía rápido, corrí hacia la ferretería y nada, estaba cerrada. De pronto, al encontrarla cerrada decidió ir hacia otra ferretería. Pregunté a una señora que estaba en la esquina vendiendo choclos asados si acaso había una ferretería cerca.

-          No papito, la única ferretería del barrio es esa, la ferretería Don Lucho ¿que no sabrá?

Me quedé pensando un rato, y le conté todo a la Señora mientras el humo me arropaba.

-          Uy papito, si ya le robaron ¿y cómo era el señor?

Volví a casa, con una velocidad muy baja y un choclo enfriándose. Esperando encontrar de regreso al señor. ¡nada! No sé cuánto habré tardado, cuando llegué a casa mi madre estaba esperándome con el látigo en la entrada y lo único que se me salió decirle es que había ido a comprarle un choclo.

miércoles, 20 de octubre de 2021

La duna de basura [esquema común]

 El efecto placebo de viajar en bus consiste en creer que con los años uno se cura del mal llamado "coge culo". Llega un punto en el que te das cuenta que eres todo un pro que reconoce si te han cogido el culo o te han mochileado, poder reconocerlo se basa en detectar la fuerza con la que te rozaron. 

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Tenía doce años cuando a mi mejor amiga (por aquellos años) Jhoselyn (13 años) le cogieron las tetas en el  metro. Un codazo  al maleante y listo. Pero el momento de mierda queda, luego, también se queda como secreto porque, las mamás del año 2007 eran otro tiro, ya sabes "eso te pasa por andar de buscona" "ya te he dicho mil veces _____ "  y las respuestas culposas continuaban.  Alguna vez mi vieja me dijo "puta", pero, uno crece, y lima asperezas (o al menos intenta).

Después, teníamos (ambas) trece años. A veces, en lugar de quedarnos viendo los dvd's de conciertos de Michael Jackson (ahora lo detesto), Rakim y Ken guai, Panda, caramelos de cianuro, verde 70 y (no voy a mentir) los conciertos de Sharon, decidíamos que era mejor salir a caminar al barrio de en frente. Y bueno, las hormonas cómplices. Llegando a la última calle que daba justo a la orilla del río Daule, un tipo en moto se bajó para mostrarnos el gran y viril pene que poseía. Una calle larga (como su verga) casi una alameda (como su vello púbico), estando a una cuadra del parque. Tocamos el timbre de una casa que sorteamos, nadie salió. Finalmente el tipo, luego de ventearnos su posesión por un rato, se fue, de nuevo en su motito y a seguir chambeando porque, lógicamente era un hombre trabajador (que enseñaba la verga), pero trabajador por sobre todas las cosas. 

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Mucho tiempo  preferímos quedarnos en la terraza, cuando hacía un sol que no mataba. Las nubes volaban mas lento en el año 2008, y los ventarrones trastocaban para esos días, los perros ladraban con mas furia que ahora, hay algunos que todavía viven, como Toby. Recuerdo la juventud de Toby, un perro hijo de puta que siempre me perseguía, hasta que un día aprendí a guardarme el miedo. Ahora Toby anda chiriposo por la calle, desnutrido y viejo, no me recuerda, eso es seguro. Pero yo lo recuerdo y eso basta mi querido perro. 

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En esa terraza diseñamos lo magnífico de la adolescencia. La revelación de los sueños ¿Qué tan noble es una amistad que se pregunta por el futuro?

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Elaboramos  perfectos días en un escenario árido. Tan ocupadas hablando demasiado, ignorando el maltrato, la separación de los viejos, los perros que se morían, la plata que faltaba,  la dieta con zanahoria para reconquistar al viejo que se queria ir, la abuelita de Vinces amargada que nos rezongaba a cada rato, el olor a lavaza alrededor de las 5, las puteadas alrededor de las 8, las lloradas alrededor de las 9 por un adolescente que no estaba conforme con la oportunidad que le daban sus tíos adoptivos. Las madrugadas a las 6am, las cartas rellenas de marcadores de colores. Finalmente, uno se pregunta internamente, con un lenguaje que no entiende. Tan pútridos resultan los recuerdos, tan desagradable puede ser el pasado, los cimientos, y no hay mas que ello. No hay nada mas que las primeras botitas de cuero que le compraron a tu mejor amiga, luego, un día eres digna de usarlas, te las presta y jodidamente se despegan en tus patas.Pies asesinos.

Un problema se sale de las manos, y toda la magnificencia de la amistad adolescente  trata de volcarse hacia un destino sólido como el olvido e intentar recordar a detalle las mejores escenas se vuelve una tarea díficil, pero, hay unas imágenes que aparecen pocamente, a breves ratos, tratando de darte una pista o quizá una ayuda, porque en el fondo no quieres olvidar del todo el eterno tiempo invertido en elaborar esquemas. La vida, por esos años, consistía en mirar el cielo porque no había otra obligación mas que memorizar el eterno encierro donde estarás en compañía de personas que amaste tanto y luego (propiamente por nuestra incoherente existencia) tratarás de hacer como si nunca hubiese sucedido lo que una mañana a las 5.45 significó un gran encuentro, el nacimiento del amor o de la amistad. En todo caso, el olvido es un malestar que se presenta sospechosamente en la infancia, y en los años venideros te sortearás en la decisión de tomarlo como efecto placebo.

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Entonces, un tipo hoy me mochileó. Porque, de haberme agarrado el culo, le partia la cara. 

Llega un momento, en que podrás haber olvidado sentir amor y empatía, pero la violencia, es innata, y jamás te olvidarás del animal inservible que te consume por dentro. Y en un escenario árido, dónde los perros ya no ladran tan fuerte por temor a despertar ese animal inservible, desistirán a los pocos segundos. El animal inservible habrá, para entonces, mostrado su cara a través de las carnes asquerosas que llevamos como cuerpo. El perro, dará tres pasos atrás y volverá a su hueco en la tierra  que tiene por cama. Unos años mas, el hueco tornará una estadía mas profunda.

Caminarás, hasta llegar a casa, dónde alguien te espera desgraciadamente, y ese alguien desgraciado, casualmente también tiene otro animal inservible, mas inservible que aquel que tú encierras. Una noche, una noche donde las mas tristes pulsiones decidirán salir junto con el frío y las primeras lluvias de invierno, uno de los animales inservibles dejará sus carnes, cansado el encierro, deseoso de conocer el mundo real, de tocar con sus pies la baldosa fría. El otro animal, de tu desgraciado acompañante se fijará en tal osadía e intentará hacer lo mismo, pero éste, teme un poco más la nitidez de la realidad y decide permanecer en su encierro sin prever que, quien ahora ha salido de sus carnes, se ha pervertido de la realidad difusa y estéril. Ahora tiene ambiciones el maldito animal inservible. 

Va por el animal inservible del desgraciado que te acompaña, y lo saca con sus manos en un movimiento díficil y doloroso, el desgraciado no sabe qué pasa. sospecha que se le ha ido el aire pero se repone en un segundo. 

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Caminaba con mi vieja hacia la casa de la señora Margarita. Entramos. Unos golpes secos se oían de fondo, perfectos para una salsa del gran combo.  La impaciente idea sobre unos animales inservibles luchando entre sí, me envolvía. 

Salimos, una tipa de pelo espantoso y esponjado se daba en la cabeza, contra la pared, repetidamente. Una y otra vez, si le oías con atención, le adivinabas el ritmo. Buen oído le dicen.Y por un momento, se quedó sin aire. 

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De tanto pensarse hacia adentro, terminas por dar vida al animal inservible y de convercerlo que, fuera de ti las posibilidades son como las nubes lentas, lentísimas.

Eternas.

 

Barrancos

quisiera despedirme pero no como quien se va y ya no vuelve, o no desea volver y entonces se despide en un adiós premonitorio. quisiera desp...