Mi abuela y mi madre salieron alrededor de las 4pm, me encomendaron cuidar la casa. Dije que sí a todo para que se fueran confiando en que todo estaría bien cuando regresen. Esperé unos treinta minutos, lo suficiente para que se alejaran y con suerte hayan tomado el bus en la avenida principal. Esperé unos cinco minutos más, sólo por si acaso.
Me puse los zapatos de educación física- porque son fuertes mas que nada, resisten caminatas rocosas- cogí mi tarro lleno de monedas, lo abrí y conté tan rápido como pude, no soy bueno en matemáticas, pero en ese momento sentí que podía con cualquier ejercicio algebraico. Veintidós monedas de cincuenta mas cuarenta y cinco monedas de veinticinco me daba un total de veintidós dólares con veinticinco centavos.
Antes de salir me detuve a revisar si mis zapatos estaban bien atados. Dejé levantada la manija de la chapa con una cinta gris que mi mamá suele usar para sellar cartones y coloqué la roca para aplastar ajos detrás de la puerta para que pareciera estar cerrada. Me aseguré de que nadie me haya visto haciendo la maniobra y corrí sosteniendo mis bolsillos para que no sonaran las monedas, tanto. Seguramente la ferretería estaba por cerrar, debía llegar antes de las cinco.
En el camino un perro del demonio me persiguió, pero no paré, mi abuela dice que si te detienes el perro podría oler tu miedo, así que seguí y creo que logré acelerar mis pasos. No sabía la hora exacta, pero podía calcular que faltaban unos diez minutos para las cinco. Me detuve un segundo para inhalar aire, continué, aún faltaban unas 5 cuadras más. Más allá había otro perro, confiando en que dormía profundamente no bajé la velocidad, pero resultó ser otro perro del demonio, al menos este no me persiguió dos calles. Me dolía el vaso (según mi abuela, es lo que está debajo de las costillas), hice presión con la mano en aquella zona mientras corría ¡pero ahora sonaban las monedas!
Me faltaba muy poco para llegar a la ferretería, un señor mucho más alto que yo me interceptó, se sacó una gorra roja desteñida y me preguntó hacia dónde iba tan rápido, le contesté que, hacia la ferretería, para entonces uno de sus brazos me bordeaba la espalda.
- ¿Qué va a comprar un niño a la ferretería? La boca le olía como a tierra mojada. El tiempo corría y con esa idea en mente no dejé de caminar, pero mi velocidad había bajado mucho. – Una volqueta- le respondí – ya mismo cierran ¡tengo que ir rápido- volví a responder para que entendiera que no podía quedarme conversando con él.
- Te la puedo comprar yo, debes ser mayor para comprar en una ferretería.
Tal vez comprar una volqueta no era lo mismo que comprar unas galletas en la despensa. Claro, incluso cuestan más, veinte dólares no es cualquier cosa. Acepté. Me preguntó cuanto dinero tenía, le hice las cuentas: Veintidós monedas de cincuenta más cuarenta y cinco monedas de veinticinco me daba un total de veintidós dólares con veinticinco centavos. Le di los veintidós dólares en monedas y me quedé con veinticinco centavos. Me dijo que lo esperara, después de todo, la ferretería estaba a cosa de nada. Así que esperé en el portal de una casa con escaleras y unas plantas feas alrededor. Esperé ansioso, tenía que volver antes que mi madre y mi abuela.
El señor no volvía rápido, corrí hacia la ferretería y nada, estaba cerrada. De pronto, al encontrarla cerrada decidió ir hacia otra ferretería. Pregunté a una señora que estaba en la esquina vendiendo choclos asados si acaso había una ferretería cerca.
- No papito, la única ferretería del barrio es esa, la ferretería Don Lucho ¿que no sabrá?
Me quedé pensando un rato, y le conté todo a la Señora mientras el humo me arropaba.
- Uy papito, si ya le robaron ¿y cómo era el señor?
Volví a casa, con una velocidad muy baja y un choclo enfriándose. Esperando encontrar de regreso al señor. ¡nada! No sé cuánto habré tardado, cuando llegué a casa mi madre estaba esperándome con el látigo en la entrada y lo único que se me salió decirle es que había ido a comprarle un choclo.
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