La duna de basura.
La sala era enorme, a lado había un taller de cerrajería o de soldaduría (no recuerdo cómo se les llama), alrededor de las 4 o quizás antes salían los chicos (la mayoría niños) a jugar con una pelota haciéndose los tontos, o andar en bici ida y vuelta porque sino les partían su madre.
En la esquina había una tienda a la que nunca fui a comprar, pero si mirabas hacia la otra esquina veías una montaña enorme y un pedacito del estadio monumental, el templo de mi hermano, hincha hasta las pelotas del BSC.
Ayer murió mi tío, un negro de dos metros, Colón Navarro, entrenador de arqueros del CSE desde 1984. Ex Jugador de Futbol. Murió en casa, tenía cáncer de estómago. Aún no he llamado a mi tía para expresarle mis condolencias, no soy buena para eso. Se llama Flor. Es bella, si, como una flor (prescisamente), aunque tiene unas espinas muy hijueputas.
Rafa va a cumplir trece años, tengo miedo, tantísimo. la voz le cambió hace unos meses. Ayer nomás lo llevé a la escuela, y a sus vacacionales. Le serví la comida. Lo apapuché cuando lloraba, lo cuidé, le cambié los pañales y lo hice dormir. Lo cuidé mientras veíamos desde la ventana, cuidando de que sus piernitas no se salieran mucho (luego mi madre colocó una tabla para mayor seguridad y el niño se volvió florero)Los ojitos siempre cafés, el cabello siempre castaño, frentón desde nacimiento.
Mi padre está viejo, lo extraño siempre pero no le escribo. Ni un mensajito. Prefiero caerle una tarde, con solazo hijo de puta, gritarle PAAApi desde la entrada, abrazarlo, resistir su esquivo (porque no me quiere ensuciar de su sudor de hombre trabajador) y mantenerme firme en el amor que reside en un abrazo breve, brevísimo y fuerte.
En unos meses cumpliré veintisiete años, chuchadetumadre.
Mi tía Lucy murió en febrero, mes de mis aniversarios en la tierra. Habíamos planeado (mi vieja y yo) ir a visitarla y luego nos enteramos en la madrugada que había muerto, no sin antes dejar repartidos sus bienes. A mi no me tocó nada, pero tengo una foto de ella en un departamento en la ciudad de Mexico en los ochentas. Bien guapa, cuerpazo, melena corta y teñida de castaño oscuro, uñas divinas, hombros descubiertos, vestido largo no tan ceñido y no tan suelto. Morena plenísima. La echo de menos.
Las vacaciones en su casa eran realmente (no sé como explicar el hecho de que no se prendía la televisión hasta las 7 pm, no había internet ni computadora, ni libros, ni amigos) largas. Por la mañana a las 6h45 me despertaba voluntariamente. Era mi decisión, estaba entre el límite de levantarse al amanecer y antes de la hora en que todo comienza, el movimiento. Me lavaba la cara con una ducha portatil que había en el piso de arriba, luego bajaba y la saludaba con un buenos días. Extrañamente siempre tenía una voz chillona pero pasible, agradable, como si nada pudiese ir mal. Me decía que allí estaban los panes (cerca del congelador en una caja enorme), cogía dos pansotes mixtos, sacaba el queso jugoso y salado del refri, cortada unos 25ctvs de mortadela, me hacía café y la escuchaba hablar de las horas a las que posiblemente pasarían los proveedores: Ya mismo viene el de la leche - ya no tengo cola - mañana ha de venir el del suavitel - ya voy a lavar las gavetas para el quesero. En la tarde prendía la TV por un momento, para ver las noticias, pero se cabreaba "vaya a la mierda" y lo apagaba, realmente prefería leer el periódico (el extra), lo leía, había una sección de novela sensual y otra de novela policiaca, novedades, horóscopo y las noticias amarillistas que comenzaban con una mujer bien sepsy y luego las noticias de asaltos y muertes. Para la tarde, me mandaba donde la negra a comprar dos almuerzos, siempre renegando de que yo no sabía comprar almuerzos. Realmente no sé si había una ciencia sobre cómo comprar almuerzos, pero siempre me salía mal. Por las tardes también solía pedirle permiso para robarle alguna golosina. Olvidaba que por las mañanas y hasta la tarde a eso de las cuatro mantenía prendida la radio, la radio Sucre. La oía casi todo el día mientras leía el periódico y renegaba porque alguien llamaba a la tienda. Y cerraba temprano para acostarse. Cuando se dormía, yo aprovechaba para ir a la terraza y hacer nada; a veces lavaba mi ropa con ciclón porque te la dejaba limpia y con aroma a nuevo. Nos hacíamos una compañía insolente, a veces me pilló haciendo travesuras, hurgando en las cosas de su hija, quien tenía un ropero enorme, como una Carry Bradshaw del suburbio.
Lo tonto es que, a veces en los desvelos me pongo a pensar que quizá un día sea esa tía para Rafael. La tía a la que aprecia pero le pospone las visitas, la tía de la que tiene buenos recuerdos pero le costaba pasar tiempo con ella, la tía que nunca faltó pero ya no le interesaba saber tanto, de pronto sólo unas cuantas veces al año. Está en esa edad crucial, dónde la vida social con los amigos y la familia intima toma lugar protagónico.
El día que murió la tía Lucy, me dolió un montón. Mi madre había perdido una madre y fue esa pérdida la que me fatigaba.
La pérdida, justo después toda una vida, una trayectoria de recuerdos te abruman repetidamente. Mi viejo dice que hay que aceptarlo y cuando toca, toca, pero se que no piensa lo mismo cuando hablamos de su padre. O cuando miro a mi abuela y la siento con menos fuerzas que la última vez. Mi abuela se ríe, oye bien, me cuenta siempre historias que me hacen reír y pienso en que si uno de estos días me faltara eso, una anciana haciéndome reír y diciéndome que soy algo bueno, mi preocupación por el peligro del mundo dejaría de atormentarme y en su lugar el dolor me carcomería día a día hasta poder dejarlo atrás, lamentándome por el tiempo perdido. La muerte si, en efecto, me aterra de manera egoísta, porque pienso en el desastre que me hará posteriomente. Pero cómo hacer para aceptarlo sin reniegos, sin dolor. Es decir, un día despiertas y alguien que quieres ya no está, te vuelves a recostar esta vez deseando no sentir ese calor terrible y la angustia de tener que ver inerte a quien hace unos días hacía bromas sobre morirse sin reparo.
Hay una historia sobre mi Papá recogiéndome en la escuela. Me compró un helado, me guardó una moneda en el bolsillo, cogió mi mochila y la puso en el volante, me senté en la parrilla que había colocado especialmente para mí en la parte de atrás, me dijo: agárrate de mi, fuerte. Y yo me agarré, puse mi cara contra su espalda, y la bicicleta empezó a andar, despacio pero veloz, yo sé. El tiempo transcurría en una medida considerable como para poder disfrutar la infancia junto a mi padre, mi viejo que me enseñó a coser. Ibamos por la calle los ríos, le abrazaba la espalda a veces levantando la camisa para encontrar el lunar gordo en su espalda. Todavía lo tiene. Le preguntaba si le daban miedo los carros y me respondía (siempre): sólo debes tener cuidado, algunos creen que vas compitiendo pero tú sólo debes ir por tu camino. Aunque a veces, si hago carreritas. Y manejaba y manejaba a veces preguntándo si me había dormido. Luego llegábamos al taller, allí me esperaba una sopísima caliente, un repertorio de salsa brava para la tarde, el ruido de las máquinas, y unos deberes hijueputas que no quería hacer.
Así conocí a mi viejo.
Sin embargo, ni siquiera eso evita la indiferencia, el coraje, el resentimiento, reservarse malos ratos para continuar una disputa, vivir en un estado de intolerancia. Quisiera decirle a Rafa que no sea todo eso cuando crezca. Que ruegue para que el tiempo pase lo mas lento posibe, que el tiempo le de todos los minutos para equivocarse y no sentirse mal por ello, que el tiempo le de un millón de oportunidades con sus viejos, con la nubes. Incluso las nubes vuelan mas rápido que antes, es imposible mirarlas con detenimiento como cuando lo hacía yo a la edad que él cumplirá hoy.
Y de pensar en lo finito, me desvío un montón.
A veces, leía esas novelas policiacas.
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