lunes, 24 de enero de 2022

Escribir, es celestial

Tiene un hijo de 9 y una ex esposa (qu qú),  una sonrisa que (no puedo mentir) adoro, sus dientes son extraños. El cabello es castaño y los ojos color chocolate, no tan cargado. 

Un patán hace tiempo atrás profesó que, si yo llegara a salir con otro tipo, lo primero que haría sería escribirle una carta. Ojo, esto no es una carta. Es una confesión, nocturna, tipo 2000’s [23:51]

Nos conocimos bailando y justo allí tenía esa misma sonrisa que me agrada, desbordadamente. Si le ves de lado, podrías echarte encima de él en ese mismo momento. No sabe hablar, peor escribir, es un desastre. Escucha canciones de mierda y repite sandeces que no quiero oír pero jodidamente me hacen reír, mucho. Lastimosamente cuando estoy junto a él, dejo de preocuparme por el incierto e inminente porvenir, y simplemente estoy sentada junto a él, caminando junto a él, o encima de él, debajo, cómo sea. El tiempo se vuelve un asunto bien invertido y quisiera repetirlo unas cuantas veces al día, a la semana. Allí el detalle, el fatal problema de caer rendido.

Si él leyera esto (cosa improbable) tal vez me diría una tontería sin sentido, porque es un bruto, pero mi bruto. Y para callarlo, iría directamente hacia donde esté, lo abrazaría para sentir ese calor que siempre guarda, como si pasara tomando sol y no le quemara. Al contrario, lo reconforta, le ilumina el castaño de la melenita corta que lleva, le matiza la piel casi bronceada, casi morena. Camina delicioso, como todo un chulo directo a negociar una cotización about una puta. Como todo man sabroso que va ensalsado para ver a su pelada. Una man ricota que lo desea.

Un dolor de cabeza me está matando, aguanto. No quiero dormir por temor a soñar que una cobra verde me pica malditamente, sin remedio, no despierto. Mi vieja estaría muy triste, lloraría eternamente, no comería quizá unos días, de pronto y baja de peso, no pinta tan mal una muerte inesperada. La mía, como tal, llevo tiempo presintiéndola, sólo deseo que no sea horrorosa, traumática para mis viejos, mis hermanas idiotas (que adoro) mi hermano atorrante (que adoro). Que el primer pensamiento al recibir la noticia sea algo como “murió tristemente” y no “brutalmente”. Si, de pronto morir dormida no pinta tan mal. Miraré de lado a lado cada vez que cruce la calle. ¿y si no me toca aún? Y si horrendamente me toca esperar hasta los 40, o 50. Qué pesado el tiempo. Se me hace un desperdicio. Necesidad de hacer tantos recuerdos no tengo, porque finalmente tengo mala memoria. Pero guardo unos buenos relatos que he oído. La infancia de mi viejo, los amores de mi madre, los trabajos a temprana edad, los golpes de la vida, los cimientos, el concreto, la pierna saliendo del piso, mis hermanas adolescentes, la TV en sepia, el perro Pochaco que sobrevivió al diluvio, mi madre descorazonada, mis escondidas en la vitrina, en la refri, la primera vez que mentí y salió perfecto, la primera vez que me enamoré, el sol gigantezco y naranja que vi en la perimetral, cuando Rafa nació y me avisaron por mensaje de texto. El tanque de valvoline en el que me escondí durante una balacera. Mi primera amiga. Las preguntas fuertes en la infancia, la playa, el sol que me mudó la piel, las fotos que rompí, el pañuelo negro que perdí en la playa, el trío que hice, las decisiones de las que me arrepiento, las conversaciones que no recuerdo, los diálogos que olvidé, mi abuela Julia. Los tíos que ya no están.

Mi gato gordo que ha entrado a merodear.

Mi playlist.

Mi cumpleaños 27 que se acerca. 

En fín, qué afán enamorarse. Escuchar unas palabras con voz masculina, una sonrisa que te pone maluca, unas corazonadas que apretujan el són. Una vibración subterranea con nombre, un bruto que ni se merece tu amor, pero el tiempo lo amerita, las risas lo ameritan, incluso las caricias automáticas, luego de dos años en la orilla, uno se apresura al vaivén de las olas, directo a nadar o a morir.  Creo que es una canción.

Me avisas. 

Escribir es celestial, endémico, merodeador.

 


sábado, 1 de enero de 2022

Dato serio sobre las palomas.

 Suelo llamar así a un texto, o un escrito (cómo sea) cuando lo que ha sucedido me recuerda el día cuando vi un par de palomas y una garza blanquísima hurgando en una montaña diminuta de basura, o al perro acercándose al fuego en un camino de curvas (serían estas las curvas de la vida?). Hace unos días bajando otra pequeña duna vi a lo lejos una pareja de perros sucios cerca del fuego (para quemar basura) mirando hacia su este y en mi caso, sería el norte, por nuestra posición en ese momento. El hecho es que, estos tres encuentros son permanentes y me pregunto siempre por qué recuerdo mejor aquellas tres situaciones y no, por ejemplo, un rato familiar. 

Lo que extraño con estos tres encuentros es aquella sensación de que algo sucedería, resultaba familiar... sentía como si algo se avecinara. Claro, cosas suceden siempre, pero es una forma de decirme que aquello que sucederá es o será igual de absorto. También siento que momentos así son los que definen luchas internas.

El cuatro de diciembre murió mi tío Ufredo, hermano de sangre y amigo cercano de mi papá. Me encontraba cosiendo un bolsito a media noche cuando recibí el mensaje de mi viejo, decía "se nos fue Ufredo, nino" (sólo mi famili me dice Nino, de cariño por Ninoska) Inmediatamente paré y sentí una angustia enorme y una pena fatal por mi viejo, pero mas por él, por mi tío Ufredo. Me caía bien el tipo, era siempre gracioso al igual que mi viejo, ambos fueron al cuartel (en distintas generaciones) y coincidían en anécdotas sobre cómo sobrevivir al cuartel robando palanquetas y atando botas a las camas. Tal vez, algunas mentiras que adoraba oír. Pensé en todos los sábados que visitaba a mi viejo y luego a mi abuela. Calentábamos agua, hacíamos café, le rogábamos a mi abuela que coma algo, nos comíamos algunos panes cacho, conversábamos, cada uno tenía definida su línea temática. Mi abuela oía y se reía, mi abuela oye bien.. Mi viejo tenía siempre una retahíla de recetas milenarias, ancestrales de medicina natural, mi tío Ufredo soltaba chácharas de su juventud y de sus buenos momentos años atrás, antes de perderlo todo (materialmente), antes de dedicarse de lleno al cuidado de mi abuela. Allí, los cuatro reunidos en la mesa rectangular, negra, de vidrio. Me atrapaba la tarde, hasta las 6. Era hora de irme. 

Un grito fue su último aliento. Pienso en mi viejo, en cómo lidia con la ausencia. Mi viejo es un tipo fuerte, cuando le pregunté cómo se sentía me dijo "parece mentira", la muerte siempre parece mentira, lejana, imposible. A mi viejo no le gusta oír mentiras, pero dice muchas. Piadosas, por supuesto. Unas blancas.

Abrazo a mi viejo tanto como puedo. Me aleja, no es el tipo de tipo que recibe cariño. Da igual, es mi viejo, el que escucha salsa y siempre está pensando la forma en cómo podrían ir mejor las cosas.

Nos quedó  pendiente una salida en bici Tío, dónde sea que esté, paseando entre umbrales o alejándose de nosotros, debe saber que lo quisimos y los recuerdos hechos a su lado, los momentos familiares, las anécdotas del cuartel y los robos en su estadía, todo aquello queda con nosotros.

Su voz, sus medias con hueco, sus pantalonetas a medio talle, sus salidas en bici, los frenos que me regaló, la bici que me tuneó, las bellas tardes. Gracias por eso. 

Por la vida, los recuerdos, la tristeza y posterior fortaleza. No se olvida. 


Barrancos

quisiera despedirme pero no como quien se va y ya no vuelve, o no desea volver y entonces se despide en un adiós premonitorio. quisiera desp...