Un patán hace tiempo atrás profesó que, si yo llegara a salir con otro tipo, lo primero que haría sería escribirle una carta. Ojo, esto no es una carta. Es una confesión, nocturna, tipo 2000’s [23:51]
Nos conocimos bailando y justo allí tenía esa misma sonrisa que me agrada, desbordadamente. Si le ves de lado, podrías echarte encima de él en ese mismo momento. No sabe hablar, peor escribir, es un desastre. Escucha canciones de mierda y repite sandeces que no quiero oír pero jodidamente me hacen reír, mucho. Lastimosamente cuando estoy junto a él, dejo de preocuparme por el incierto e inminente porvenir, y simplemente estoy sentada junto a él, caminando junto a él, o encima de él, debajo, cómo sea. El tiempo se vuelve un asunto bien invertido y quisiera repetirlo unas cuantas veces al día, a la semana. Allí el detalle, el fatal problema de caer rendido.
Si él leyera esto (cosa improbable) tal vez me diría una tontería sin sentido, porque es un bruto, pero mi bruto. Y para callarlo, iría directamente hacia donde esté, lo abrazaría para sentir ese calor que siempre guarda, como si pasara tomando sol y no le quemara. Al contrario, lo reconforta, le ilumina el castaño de la melenita corta que lleva, le matiza la piel casi bronceada, casi morena. Camina delicioso, como todo un chulo directo a negociar una cotización about una puta. Como todo man sabroso que va ensalsado para ver a su pelada. Una man ricota que lo desea.
Un dolor de cabeza me está matando, aguanto. No quiero dormir por temor a soñar que una cobra verde me pica malditamente, sin remedio, no despierto. Mi vieja estaría muy triste, lloraría eternamente, no comería quizá unos días, de pronto y baja de peso, no pinta tan mal una muerte inesperada. La mía, como tal, llevo tiempo presintiéndola, sólo deseo que no sea horrorosa, traumática para mis viejos, mis hermanas idiotas (que adoro) mi hermano atorrante (que adoro). Que el primer pensamiento al recibir la noticia sea algo como “murió tristemente” y no “brutalmente”. Si, de pronto morir dormida no pinta tan mal. Miraré de lado a lado cada vez que cruce la calle. ¿y si no me toca aún? Y si horrendamente me toca esperar hasta los 40, o 50. Qué pesado el tiempo. Se me hace un desperdicio. Necesidad de hacer tantos recuerdos no tengo, porque finalmente tengo mala memoria. Pero guardo unos buenos relatos que he oído. La infancia de mi viejo, los amores de mi madre, los trabajos a temprana edad, los golpes de la vida, los cimientos, el concreto, la pierna saliendo del piso, mis hermanas adolescentes, la TV en sepia, el perro Pochaco que sobrevivió al diluvio, mi madre descorazonada, mis escondidas en la vitrina, en la refri, la primera vez que mentí y salió perfecto, la primera vez que me enamoré, el sol gigantezco y naranja que vi en la perimetral, cuando Rafa nació y me avisaron por mensaje de texto. El tanque de valvoline en el que me escondí durante una balacera. Mi primera amiga. Las preguntas fuertes en la infancia, la playa, el sol que me mudó la piel, las fotos que rompí, el pañuelo negro que perdí en la playa, el trío que hice, las decisiones de las que me arrepiento, las conversaciones que no recuerdo, los diálogos que olvidé, mi abuela Julia. Los tíos que ya no están.
Mi gato gordo que ha entrado a merodear.
Mi playlist.
Mi cumpleaños 27 que se acerca.
En fín, qué afán enamorarse. Escuchar unas palabras con voz masculina, una sonrisa que te pone maluca, unas corazonadas que apretujan el són. Una vibración subterranea con nombre, un bruto que ni se merece tu amor, pero el tiempo lo amerita, las risas lo ameritan, incluso las caricias automáticas, luego de dos años en la orilla, uno se apresura al vaivén de las olas, directo a nadar o a morir. Creo que es una canción.
Me avisas.
Escribir es celestial, endémico, merodeador.
No hay comentarios:
Publicar un comentario