jueves, 9 de julio de 2020

De fondo suena un clásico de 1986.

Battery

Mi escuela era sencilla, adoraba el kiosko, tenía plantas por todas partes y habia una tortuga de tierra que se escondía por temporadas y cuando hacía su aparición todas salíamos corriendo porque realmente era monstruosa, una vez la toqué, resultó ser muy mantecosa. La Señora América (dueña del Kiosko) decía que le gustaba comer choclos  y a eso se debía su caparazón tan brilloso. Los pasillos alrededor del patio eran de color rojo y blanco, las paredes también, la dirección estaba hacia el lado derecho de la entrada, era espectacular, debías sentirte dichoso si lograbas entrar allí, una vez me llamaron para decirme que apague la luz del corredor. Nada extraoirdinario, pero si te lo pedía la Directora Gerarda entonces sí que lo era …Tanto había sido la espera que me detuve a ver pacientemente la escuela (espacio de aprehensiones nouménicas) apenas terminé volteé para ver si había llegado mi madre, y ahí estaba. Me sentí salvada, un montón de cosas se te cruzan por la cabeza cuando esperas demasiado y yo terminé pensando que había decidido abandonarme.    Hace quince años atrás mi madre lucia menos anciana y tenía el cabello negro y largo hasta los hombros, usaba diademas y le sudaba la frente cuando estaba preocupada. Así que llegó y recuerdo perfectamente su rostro preocupado, tomó mi mochila y la colgó en su hombro, me saludó un poco culpable, cogió mi mano y caminamos ¿Hacía dónde? no lo sabía, ella era una mujer muy ocupada y siempre el destino luego de la escuela era impredescible. Caminamos unas calles y esperamos el bus. El paradero era un buen lugar, siempre tenía sombra y había una despensa dónde vendían helados,  ella solía comprar helados para ambas, o en ocasiones sólo para mí, a veces no compraba porque simplemente no, y no es no.

Son las 06:04  AM. Está amaneciendo, el cielo pinta color violeta, el gallito del vecino canta.  Debería sentir el amanecer más seguido…ya no llueve, es una pena. Deseaba que tornara en un estruendoso aguacero.

Desde que recuerdo, me ha gustado ver por la ventana mientras viajaba en bus, veía cada casa, cada edificio, todo el cielo, contemplaba el escenario completo como si fuese la primera vez. Ese es el secreto para jamás desestimar la rutina. Así que miré complacida la ciudad, junto a ella; mientras el aire que entraba por la ventana refrescaba su frente. El viaje fue corto, bajamos en unas calles de las que olvidé el nombre pero si recuerdo que a partir de allí caminamos algunas avenidas más hasta llegar a unos locales de mercería, fuimos a varios, hasta que nos plantamos en uno pequeño durante un buen rato. Me quedé detrás de ella guardando un poco de distancia, observé todos los diferentes encajes que  serpenteaban desde el cielo raso y luego me detuve en mi mochila; era color amarillo, me la había regalado el gobierno. Me gustaba esa mochila, la contemplé  por largo rato y me fijé en que el tomatodo se asomaba del bolsillo; me hice de puntitas para cerrarlo y,  junto a mi mano apareció otra, de la nada. Una mano grande y sucia, con vellos y las uñas mugrosas. Guardé la calma para ver de donde provenía esa mano intrusa. Era de un señor poco agradable, sentí una impresión amarga. Pensé que era el monstruo de los Andes. En la TV presentaban incontables historias de un hombre similar a el intruso que hacía daño a niñas de todas las edades y del cual no se sabía su paradero. Sin embargo, me quedé quieta y en la espera de algún movimiento, el tiempo a mi alrededor se congeló para dejarnos al intruso y a mí en una incertidumbre interminable; mientras,  él llevó su mano hacia su boca y con ella me dijo enmudecido que guardara silencio y aguardé quieta, inmóvil, helada. Todas las historias del monstruo de los Andes  caían sobre mi como una abalancha que me dejaba sin fuerzas y atrapada. Seguí callada, y realmente algo inexplicable me habia quitado la voz. El intruso siguió su acto mientras el tiempo permanecía congelado, vi cada detalle de aquel hombre, de un lado le guindaba un saco roído y empachado del cual sacó una caja de hisopos,  me la ofreció, pero al notar mi tremenda quietud tomó mi mano y colocó la caja en ella con mucha delicadeza. Luego sacó otra e intentó guardarla en el bolsillo de la mochila amarilla, mi brazo desmayó y al mismo tiempo  dejó caer la primera caja puesta en mi mano. El súbito sonido de la cajita cayendo sobre el suelo retumbó de tal forma que logró despertarme. Tiré de la mochila amarilla con tanta fuerza como pude. Mi madre no lo comprendía, estaba sumergida en su posible compra de encajes y me dijo con voz severa que esperara, entonces el intruso me tomó del brazo y me llevó dos pasos hacia él, cuando estuve a punto de dar el tercero, ella volteó hacia mi, aturdida. Había despertado, también.

Esa mochila que tanto me gustaba fue el arma que derrotó al hombre intruso. Mi madre lo golpeó con tanta fuerza que logró tirarlo al suelo, lo golpeó hasta hacerlo llorar. Yo pensé... en que era afortunada por tener una mamá tan ruda. Esa ha sido una de las pocas veces que sentí que ella era para mí. Sobretodo porque luego de la paliza que le propinó al hombre, no hubo ninguna gota de sudor en su frente.

Después de eso, no supe si realmente había sido el monstruo de los andes. Se lo sugerí a mi madre pero ella  tampoco conocía del todo la historia, sabiamos aquello que la tele nos decía, finalmente la sugestión ante la idea del peligro había sido sembrada. Resultaba dificil apagar el tv, no teníamos internet, el silencio a veces nos devoraba, y ese pequeño aparato suponía siempre una conversación de fondo. Una de esas conversaciones dónde te conmueves con ver, oír y saber, pero cuando las palabras salen, el volumen de fondo es demasiado fuerte y resulta imposible ser escuchado.

Te heredo el mito, el miedo. La huella tránsfuga.

 

Master Of Puppets

Es cuando menos y a todas luces, un detalle en el que acabo de reparar. Recaer en aquella verdad ontológica del mito de la historia, la historia fingida donde los acontecimientos, las ideas, y los [grandes] hombres encajan en su lugar como piezas de rompecabezas ¿por qué? Fue preciso que preguntara//que se preguntara y asumiera que no hubo nada en contraparte a esa cuestión previa, una cuestión violenta que pasa por encima, un poco alto, un poco lejana. Nos vemos entonces… pido disculpas, me veo, entonces, debajo de la gran pregunta que invade el cielo rocoso, nuboso; me veo, además, aplacada por  una gran sombra. Sombra que no le basta con fundir la luminosidad de la pregunta; instiga en revelar que detrás esconde una respuesta detonante, inmanente, inalcanzable.  Yo no se lo decía, yo no me lo decía; dicen que un diplomático es aquel que, ante una encrucijada, toma ambos caminos. Pero finalmente termino por encontarme inmóvil, diluida, desecha. «Ambos» es ahora una amalgama de pasillos estrechos.

Va de nuevo.

¿Desde dónde habría que partir? ¿cuál tiempo es el correcto, el adecuado? Si es que fuese posible retroceder.  Me he oído repitiendo unas palabras que se comen entre ellas «siempre volvemos» ¿hacía donde habría que fijar la mirada? ¿qué sería lo diplomático ahora?. Alguna vez gritó L. M. Panero. «papá dame la mano, que tengo miedo» al hallarse ahogado en su profuso sentimiento oceánico.

Veamos, pues, lo poco  que de ella (la pregunta) logré entrever.

Recuerdo número uno. Jean, viaja por la carretera siguiendo el tour de ciclistas en francia. Hace paradas en distintos lugares de los que no recuerdo el nombre, consigue trabajo de titiritero. Al parecer es un hombre que no conoce a nadie, en el sentido ulterior de hallarse solo en el mundo, su vida transcurre con cierta ligereza que logra abrumar y alimentar la primera pregunta que se supone, adecuada, pertinente ¿quién es? Aquel sujeto fumando en la oscuridad. Oscuridad que consume su figura tornando en una presencia fantasmal. Quién es Jean… no se ve insufrible, pero tampoco sé si sufre, no lo hallo feliz, pero tampoco sé si quiere estarlo. La soledad supone un malestar, pero no sé si haya un malestar que resolver.  Jean, va a su trabajo, es titiritero, sus manos reproducen los diálogos en conversación con un mundo exterior que él habita. Del que no escapa, pero logra verse desde afuera.  Jean regresa en su auto de noche, una mujer lo acompaña, es una mujer bella, de ojos rasgados, grandes, pestañas abundantes, labial corrido, dientes manchados, piernas carnosas vestidas de nylon. Aquella mujer lo seduce, lo incita a cumplir el deseo vehemente de tranquilizar un supuesto impulso angustioso, producto de la hierática estadía de encontrarse  solo. De percibirlo,  solo. La mujer no logra persuadir en él. No lo conoce, no sabe lo que quiere. No habla, ella habla. No hay palabras. Él la mira. Ha pensado para ella, la muerte. Irremediable hándicap. Habitar poéticamente es inevitable en demérito de nuestras propias pulsiones.

Recuerdo número dos. La toma en sus brazos, muerta.  El hecho es que ha muerto, el hecho es que la ha matado con sus manos. Manos que, esa misma noche habían dialogado con un público pueril. He aquí la personalidad extrínseca, maniatadas por su propia naturaleza. Innata. La lleva lejos, la desaparece. Una imagen vibrátil, espeluznante, real, palpable, cercana. Se ha revelado así, la interioridad de dos cuerpos. Uno, conducido por el voráz instinto animal, propio de la naturaleza, potencia intensiva reprimida por la cosa sistemática, de orden, que nos rodea, encierra.  Y otro, incapaz de intuir que llegaba su muerte expresada en la mirada, expresada en el devenir animal. Devenir imperceptible. Un escenario borroso que detona en  la bifurcación de un espacio de preguntas maltrechas en un campo de inmanencia del deseo. ¿La vida transcurre en línea recta? Una linea recta que se resquebraja. Que no se puede preveer, ni escuchar, ni ver. Ni evitar.

La índole de la muerte como índice de nuestras conexiones arcaícas. Comprendí a breves rasgos, la violencia original, la naturaleza sensible, la intensidad del deseo, la pulsión, de un asesino en serie. No solo lo comprendí. Había sentido compasión de la crueldad natural.

¿Sería este acaso un claro ejemplo de manipulación convexa, del cine? No es, una regla ortodoxa. Pero si lo es decidirse si quedar dentro, o avistar  lo que fuere la posible iniciación hacia una patología colectiva. Compadecer la crueldad no está mal, tampoco es admisible.

 

Welcome Home (Sanitarium)

Dicen que la historia de nuestra especie siempre ha estado marcada por el odio, por las guerras, por las matanzas, que por los actos de amor. ¿amor? ahora, resulta un término, un concepto acuoso, que se aplica. Que se coloca como las baterías en una digital camera para que encienda, capture los buenos momentos, hasta que se apaga, pero (pero) afortunadamente puedes volver a cargar las baterías para que todo funcione, nuevamente. Más o menos bien. Y revisar aquellos buenos momentos una y otra vez, porque han quedado grabados para la historia. A menos que presiones delete.  

Oí a Stiegler,  en una conferencia o encuentro dado en la Sala Jean Dame, Paris, 2012. En la que habla sobre su libro Estados de choque, tontería y saber en el siglo XXI. Retuve una formulación interesante pero nada nueva: dependememos de la técnica, que es a la vez, veneno y remedio. Los griegos lo vaticinaron, o al menos hicieron luces, señales de humo.  Intuyo que connota una importante sugestión ante el problema del pensamiento aplicado paradigmático y repetitivo. Imposible de desarmarse. Ha sido, tantas veces dado vuelta, que una más, una menos, no altera el producto. Decía algo más, sobre la tontería sistémica y esto me pareció elocuente, pues, es, una verdad completa: producir saberes que pueden retransformarse en tontería, es el problema contemporáneo; es una verdad compleja además. La tontería nos llega a todos y permanentemente. Cualquier libro vuelve tonto, dice  y me habría gustado oírlo antes de calarme un fragmento pesado extraído de su libro La técnica y el tiempo en el que al parecer cuestiona  muy conciente la tontería de Adorno y Horkheimer, culpables de haber repetido cuarenta años después una revelación que ya habría expuesto Husserl. No los acusa solamente de repetirlo, además, de haber cometido el mismo error. El ¿por qué? Y su respuesta es algo que no asimilo. Pienso que podrían haber sido  un dúo de fanáticos ansiosos por estudiar a Husserl desde sus propias palabras. No lo sé, no lo sabemos con certeza, pero esto otro si, esas aclaraciones, esas verdades que podrían pecar de ontológicas, fueron y ahora son el constructo de un imaginario, vivo en su contexto de origen y presente en el contexto que lo reinventa, en todo caso, son historia, un pasado. Y un relato. Un relato es lo que decides contar de la historía. El relato es el tópico para nuevas composiciones teóricas para el presente. Un tótem que transfigura en diálogos, de pronto menos pretensiosos o menos claros. O más formulados, en demasía artificiosos, que de fondo guardan celosamente una revelación que no caduca  ni claudica en el tiempo. Y, recia a morir… se reviste de esos tejidos jamás rematados en las costuras de las orillas.

Como lo avisa este track : welcome home, sanitarium!!! - Un espacio de locos, que se atacan con violencia teórica. Lo vi frente a una pantalla. Nadie me oía, pero yo, asimilé todo.

Veamos, entonces: la puesta en escena.   

 

The Thing That Should Not Be

(Otra anécdota en forma de paréntesis) rondaba en mi  un vago conocimiento acerca del estadio del espejo, una tarde cuando vi a Gabriell (diminuto y con pañal) señalarse frente a él (y a él),  clavó el dedo índice tan fuerte  sobre el vidrio haciéndolo chirriar. Lo tomé en mis brazos y lo alejé, con temor que al haberse hallado se rompa en montones de pedacitos.  Gabriell no se hacía ninguna idea, bueno, fue lo que pensé.  Busqué luego, y encontré algo relativo a hallarse frente al espejo; avisté un par de párrafos y sin más lo dejé, tenía 13; cualquier cosa era más importante que ahondar en Lacan. Ahora me resulta un recuerdo extranjero, lo había dejado tan lejos, imposible de recordar el camino. Pero acá está de nuevo, quizá y aunque no parezca, es una respuesta. Las respuestas difieren de cada uno, incluso en forma de obstáculo. Está lo que sigue, en un sentido ulterior. Me pregunté también si él habría de hacerse alguna pregunta, o qué cosas se cruzarían por su blanda cabeza. Luego de aquel encuentro, se produjeron más y más, y en todos se señaló tantas veces y se reía tanto como podía. Tengamos ese paréntesis flotando, como los números imaginarios en una suma. Esos números que luego transfiguran en dedos porque difícilmente los dejas en el aire.

Esto, en contraste a lo que retomaría Stiegler sobre la finitud retencional, en tres puntos importantes  y austeros (no en el sentido de cosa sino más formal, personal). He tomado el concepto (sé que es algo más extenso que eso) de estadio del espejo  como un primer encuentro de  sí mismo. Como una primera sospecha del yo y el mundo exterior, que aún resulta desconocido. Como una impresión del niño antes de entender que hay otras personas exteriores a él en el mundo. Dónde aún no hay huellas técnicas o un pasado fáctico que tiene que hacer suyo. Más atrás: yo, y mi constante y cambiante noción de persona, un yo más episódico, que emana otra figura desde, incluso, al cabo de un film  que data la vida de un asesino en serie del que aprehendí su oscura naturaleza salvaje, secreta. Un film que recuerdo y transcribo prescisamente porque ilustra elementos de la conciencia materializados, retenidos, amoldados, ordenados y proyectados; que de buena o mala fé estrujaron los huesos de mi intuición. ¿Cómo esto que ahora es parte de mi- imagen repertorio/ memoria- se exterioriza? Cómo se traduce al mundo exterior, si cada sociedad posee unas costumbres propias. Repito: habitar poéticamente es inevitable. El hermoso delirio de hallarnos vivos, de abstraer la realidad. De reinventarla, y también tratar de alejarse precipitadamente al vernos inmersos en lo que hemos construido.

Me escondo, dentro de mí con todo lo que conlleva ese movimiento «retraer». Internamente, oblicua, frente a todos estos fenómenos que son ajenos al mundo exterior pero que de alguna forma es su producto mimético. Internamente, dónde si puedo operar la realidad, dónde la representación mental es un escenario lúdico que manejo sin restricciones. De esta manera, logro satisfacer lo que difícilmente podría alcanzar en la realidad. En dicha representación mental, no hay asesinos seriales. Pero, huir de ese hecho, solo confiesa ese apocamiento, a veces miedo, a veces real, difuso, borroso. Una dualidad impenetrable.

Aquella pantalla, como un «otro espejo» imposible de atravesar,  dónde mi reflejo y yo discrepan  sobre la pregunta de una posible unicidad, que difiere  en todo caso, con el primer reflejo de la infancia. Me queda la duda por saber cuál de «ambos» sería el menos infructuoso.

Es, finalmente la cosa que no debería ser.

Me reincorporo.

 

Disposable Heroes

Antes del yo, antes del cuerpo, habían partes, partes sueltas, recortes parciales. Nacemos partidos en pedazos, nos conocemos por partes, y del mismo modo, conocemos el mundo. Es desconsolador hallarte dentro de un inextricable globo. Y más aún, encontrarse dentro y alejada de la materia. En un acto de la vida, en un acto psíquico reconocemos nuestra propia imagen. Nuestra imagen está en todas partes. De pronto, somos absolutismos, incoloros, inodoros, incluso estériles. Una sensación real - puesto que nacemos como carne - experimentada bajo tela de duda. Y ¿en esa circunstancia de no poder revertir lo que me es dado? Me espera una imagen de lo que soy, de lo que es el mundo, de ahí, la imposibilidad de satisfacer una cuestión precedente ¿sería este el punto ciego? producto de aquella imagen amenazante en la que lo único posible es la certeza de que hay un fin. Si la vida es eso sólido en lo que nos basamos, plagada de conceptos; si el lenguaje no sirve para nada, sólo para decirnos cosas que ya sabemos, cosas que nos hacen saber, justamente; a través de el, ¿no sería entonces la imagen de la muerte una totalidad temblorosa y vacilante? Angustiosa ¿sería angustiosa aún? Vemos muerte en todas partes, una amalgama de muertes. “101 formas de morir”. Y de pronto, carecemos de sensibilidad, de empatía. Es esto lo que resulta amenazante, aquello que no puede verse de frente. Pero proyectamos un montón de imágenes (que no reparan de ninguna manera. Son demasiadas.) que relatan como ¿cómo?, y en la espera, nos encontramos rodeados de moscas. De la certeza del fin, inevitable; segregan (como si fuese posible separarse de un todo) ineludibles formas de reinventarse.

-¿Qué debo hacer?  es mi pregunta infinita frente al mundo.  (Cuando transfigura reflejado en la causal de mis reflexiones)

- ¿reinventarse en medio de la podredumbre? «Reinventarse en medio de la podredumbre».

- ¿lo hago yo, o lo hacen por mí?.

 

Leper Messiah

Al percibirme ahondando/ reflexionando, lejos (espero que no se lea como un a través) del texto – porque a los textos también hay que pelearles, decirles “mira ¡ esto se terminó!”, o bueno, si, comparto aquello. La asimilación de este fragmento, dió como resultado connotaciones pensadas como una lectura, traducción y adaptación de una sugestión a raíz de un primer malestar como lo fue un planteamiento atípico o atemporal de Adorno, Horkheimer. Heidegger y Kant tampoco se salvaron. Pero va de eso mismo la producción de un criterio, observación crítica; de cuestionar  en contraste de un contenido evidencial en que el hay que focalizar la atención, y al ser este un track que denota la figura de un mesías, un mesías leproso, un tanto Benjaminiano (considerado así por unos, no por tantos- prescisamente por su carácter mesiánico, sin duda, original-), además citado brevemente en el apartado sobre cine de la conciencia; para sumarle a este fundamento objetivo en la instustria cultural, u objeto temporal: cine. Decía en su capítulo sobre El intérprete cinematográfico (Cap. XI -  la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica) : … al cine le importa poco que el intérprete represente a otro ante el público; lo que importa es que se represente a sí mismo ante el sistema de aparatos///y (Benjamín citando a Pirandello)…Es este pequeño sistema de aparatos el que usará su sombra para actuar ante el público; él, por su parte, deberá contentarse con actuar para ese sistema.

Y, retomando la noción de mito  de Benjamín, como aquello condensado y escondido detrás de la historia, del mítico progreso, la ruina, el desastre, el caos aparente y visiblemente ordenado, estético, incapaz de ser descubierto.  Es dificil culpar al hombre por querer sobrevivir en una constante y engañosa retroalimentación entre terror y dominación,  revestida de un «tejido» que, finalmente termina por deshilarse en esos vuelcos rápidos que cambian la historia o la naturaleza. Como aquella teoría matemática de las «catástrofes» resuelta por René Thom: una catástrofe, en ese sentido, es como un brusco «pliegue» antes del cual no había nada y después lo hay todo, o viceversa.

ORION

«instrumental»

Mientras me descubro atontada dentro de una imagen repertorio de la que soy una mínima parte, pero no un todo. Mientras me descubro como una pieza de rompecabezas logro ubicarme, pero, aún, sintiéndome dispersa por estos bordes que me separan del resto. Una apariencia en extremo, incapaz.

Y me construyo en una analogía hecha de palabras que inventaron por mí.

 

Damage, Inc.

Un escenario en que el concepto de belleza desinteresada  es un objeto que se me va a resistir (libre juego), que se escapa de mis manos, sin talento para distinguirla. Un escenario dónde los personajes confabulan en una suerte de comportamiento mimético; recuerdo oír lejanamente a mi madre pelear con la televisión, o prevenir al protagonista que está en peligro: ¡cooorre pendejo! ¡nooo no entres ahí! ¡salta! Salltaaa. Comiquísimo, de alguna manera ella se sentía parte de la historia. Omnipotente pero al mismo tiempo, imposible ayudarlo. Omnipresente, pero a su vez, lejos de ser vista, percibida. Polisémica y coloquial. Una relación amorosa entre sujeto y objeto, en la que el objeto es ese lado B de la historia que se aisla, que ya no quiere seguir narrando contigo, sino, solo. Pero, gusta de ser leído, de atraparte en su maraña mientras el tiempo transcurre inconsecuente. También recuerdo la primera vez que sentí la magia del cine que predice (porque el cine predice, produce. «Nos») habría sido el año 2009, finales, las carteleras anunciaban la buena nueva 2012. La portada era tremenda: CAOS. Había caos. Llegó el momento esperado y nos juntamos con las chicas para verla en DVD pirateado con subtítulos de español de españa.

-          SyFy!!!

Una vez digerida la buena nueva, nos quedaron millones de preguntas. La posible catástrofe nos había consternado lo suficiente como para suponer que, estadísticamente había un 80% de probabilidades que sucediera, de que la tierra se abra, nos coma y nos parta un rayo. Nos cagaron el canguil.  La pregunta quedó flotando en el aire hasta que llegó el predecido año de la tragedía mundial, y aunque los gringos (falsedad colectiva) siempre tienen el antídoto, la sospecha estaba presente. No pasó nada, pero fue una buena jugada a lo H. G. Wells. 

De fondo suena un clásico de 1986, lo han dado todo en el escenario, mientras, yo me veo recordando otros posibles clásicos, otras causalidades atemporales, predecidas y producidas; me veo recordando historias de las que nunca fui parte, más que en un plano subjetivo, pero que podrían servirme el día cuando verdaderamente me ataque un alienígena. Un conjunto de suposiciones apabullantes, de diálogos que resultan en derrames verbales que huelen a histeria, una sofocación permisible de encuentros recobrados antes de morir asfixiado por completo. Este presente no tiene ni idea, este presente soy yo en la espera de  posibilidades viajadas en el tiempo, revestidas de nuevas palabras, pero finalmente guardando lo concebido desde la matriz, compuestas de lo sustancioso, lo sustancioso de la eternidad. Esa es la constitutiva del objeto temporal  y que pertenece al presente de la percepción (la idea de la tragedia se dispara, se avecina con fecha  y detalle de los sucesos eventualmente próximos).

Imagino una vida como alguna vez lo imaginó Gabriell frente al espejo. Una vida en la que te ves reflejado, pero no queda más que morirse de risa.

 

-          oh, ¿qué será? ¿qué?  será.     

-          Termino ahogándome, continuamente, en aquel profuso sentimiento oceánico.

 

 

 

Creditos:

BANDA SONORA : Master of Puppets – Metallica.

Estaba ahí. No había más vueltas que darle, debían ser estos tracks la música de fondo para este clásico: soy la suma (contada con los dedos de mis manos) de todos mis pensamientos (hechos mercancía).

EDICIÓN Y REALIZACIÓN: mami

FRACASOS PRODUCTIONS CÍA LTDA en colaboración con DAMAGE Inc.

 

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