No sé cuando lo haga. Espero que sea algo tranquilo, una siesta larga.
Ya mismo será la hora en la que pasan por mi calle los chicos con sinusitis. Usan un polvo especial para apaciguar el dolor nasal y la amargura de no poder salir del encierro propio. De estar atrapado en los deseos y los sueños de la infancia, de la lejanía. Están encerrados en la lejanía. Estan encerrados en el desacierto y en la verdad de haberse descubierto animales, sus mas naturales pulsiones los domina. Hay que hacerlo todo, aquí y ahora, mientras miro la peatonal vacía y todas estas familias duermen tranquilas en sus camas frescas, en sus cuartos con ventilador, en sus salas con televisor. Nada de lo que tienen se lo merecen, la injusticia que me ha tocado se las haré pagar por darme la espalda, por ignorar que estoy aquí fuera, frente a sus puertas planeando cómo introducirme en su interior y hacerles pagar su privilegio. Con odio. Me pareció oir, creí poder escucharle los pensamientos. Me hallo paranoíca de mis miedos. Quisiera quitarmelos de encima, dormir y que al siguiente día nada me conmueva, ni el miedo ni el desacierto de los que estan allí afuera, durante la madrugada.
Quiero dormir tranquila, tener un sueño placentero y largo. Necesito a mi vieja.
Somos dos mujeres que se acompañan, casi no hablamos pero cuando lo hacemos, es grato revivir el pasado evitando los golpes. Me hace reír, le veo su rostro viejo y su cabello canoso y la extraño. Debo esperar a que se vaya primero. Luego dormiré.
Y la abrazo en la lejanía, en la hipótesis del descanso.
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