de fondo suena: La muerte del autor por Roland Barthes.
Años atrás, en una clase lacrimógena, leímos este connotado aforismo escrito por Barthes, claro que no doctrinal, pero (pero) para aplicarlo a sustancias más pintorescas, adornadas, referidas a la firma del autor; así, en una lectura y adaptación peligrosa, concluimos que de pronto era innecesaria la firma y esas cuestiones de marca, esencia, intenciones. Esto fue hace unos seis años atrás. Posterior a la clase, empezó una matanza de autores, sin remedio.
Verás, que este es el poder ilusorio de las palabras, nos someten a conductas rebeldes y superficiales. Es el peligro de ser atravesado por el texto: apuñalado, morir y renacer atrapados en el último sueño, producto de la última instancia que nuestra voz pronunciando a otro, construyó inherente. De modo que, leer, te da visa para todos los sueños. Lo malo es quedarse dormido. Dormirse en los laureles diría mi viejo. Es la parte adversa, es la cuestión contraproducente de leer, leerse, involucrarse, siempre dentro; quizá, dificilmente fuera, nos veamos salvados de matar al tipo que nos dejó cuanta palabrería. Quizá, si. De pronto muere el autor, y para socavar debajo de su tumba, se encuentra escondido un tipo enajenado, esperando que caiga el cuerpo. Creyendo que ha podido con todo el inmenso arsenal.
Es una verdad in-cuestionable, no lo dudo. Pero, toda verdad peca de ontológica, sesuda. Sensual. ¿te has visto tentado a acercarte a ella? La verdad hablada por otros. La verdad está en los hechos, y el hecho es que no he matado a nadie. ¿sería este un tipo de lector, permeable? Que aún teniendo la formación necesaria, no sabía leer una novela. ¡qué cosas!. En todo caso, uno nunca termina de hablar disparatadamente, ¿has intentado callarte? Por dentro, muy adentro. Tu propia voz no te deja en paz. Siempre tiene palabras que decirte, para repetir, para atormentar. Esas palabras escriben sobre una superficie que no puedes palpar pero conoces, es un hábito abrupto. Y esas palabras que escribes dentro, en los anales de la memoria. ¿cuándo te matarán? ¿tienes miedo de leerte?.
Escribiría mucho muchado: …no estoy aquí para sermonear a nadie, tampoco nadie me va a sermonear a mí a estas alturas del juego, porque mis circunstancias son muy, pero muy especiales. Por ejemplo, mi circunstancia fue que, cuando leí El principito el autor ya estaba muerto, entonces ¿se me adelantó?. Cuando mi hermana (una mujer delgada y muy pálida) me leyó El príncipe feliz de Oscar Wilde, junto a la ventana, el autor ya estaba muerto. ¿Hubo aquí un doble asesinato?.
Leí en la web una segunda opción para referirse a el texto en cuestión, ya no como muerte del autor, sino desaparición del autor. ¿será esta opción b, cierta? O serán sólo travesuras de internet. Una travesura de un autor cybernauta. Ahora, también habrá que buscar al tipo perdido.
Si la escritura es la destrucción de toda voz, como escribió Barthes ¿qué hago oyendome ahora?. Este texto se escribe, según leo: en 1968. Barthes no habría escuchado rap hasta ese momento de la historia, porque, de lo contrario, el escrito tendría que haber sido otro. Va en serio, conozco tipos que te matarían primero antes de que, al empezar a leer sus letras siquiera intentes pensarlo ¿has leído la letra de Juicy por Notorious B.I.G?... hermano, intenta matar a ese tipo, habrás caído primero. Y, está en el cielo, volando. You know?
Nigga, no intento darle de baja a Barthes. Porque me simpatiza. Ha sido muy certero, poético, y se nota que tiene una causa. La de revelar lo que, a veces nuestra iluminada actitud crítica no percibe. Así que, citando nuevamente a Mucho muchacho:… no estoy aquí para sermonear a nadie.
Verás lo que logré entrever, porque este texto, este aforismo dotado de connotaciones aún guarda sus punzadas, que no está en la forma en cómo lo escribe, sino en la intensidad con la que se lee. Y, aunque el propio Barthes, arriesgándose a morir en sus propias palabras, tiene una fuerza de expansión. Porque si; mi libertad como lector para interpelar sus palabras, esa irrupción que ocasiono, sería aquello que provocaría una muerte por causas naturales.
Escribe Barthes… la vida nunca hace otra cosa que imitar al libro, y ese libro mismo no es más que un tejido de signos, una imitación perdida, que retrocede infinitamente. Certero ¿no? todas las formas de lenguaje son una construcción, todo está codificado, la palabra no es inocente y eso deja abierta la posibilidad de que pueda pecar de tonta. Cuando leemos, tomamos parte de una historia ficticia que derrama sobre, no sé, frente a nosotros una marea de posibilidades imaginadas, conexiones aproximadas, de pronto una sea el acierto, el caso es que no hay mensaje único en la obra literaria. Y con referirme a mensaje, se refleja un apocamiento de mi capacidad para interpretar. ¿mensaje? ¿dónde está el cartero?.
Para terminar, finalmente con esta cháchara, cantaleta antimuerte. Hay algo muy proximo a las reglas que señalaría también Barthes… y que se refieren al oficio de escribir: La lengua, el estilo y la escritura. Abro el grifo: la lengua, como sabemos, es una construcción de objeto social, es una convención compartida; el estilo del escritor denotará su mitología personal pero es en la escritura, sería en esta parte dónde aquellas otras se condensan y producen, digamos, una singularidad revelada en como se usa la palabra y los sentidos que esta genera. Pero no nos ilusionemos. Estoy hablando de algo que se escribe en 1968. Habría que leer la obra completa para al menos advertir el panorama.
Estos tiempos son otros, son difíciles, y no en cuestión de vivir lo imponderable. Al contrario, todo es conocido, todo es, en demasía una farsa. Por tanto, estamos habituados, conocemos y suponemos. Diría un autor que también maté, o desaparecí: Bolaño… el oficio de escribir está lleno de tontos. De tontos que no se dan cuenta que lo son.
De manera que, el encanto de una obra, reside en quién se ve tocado por ella, y no en la intención o el secreto encriptado de un autor. Sino, en lo que se haga ya sin su permiso.
Entonces si, Barthes.
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