viernes, 7 de agosto de 2020

Más o menos bien.

Siempre tengo un deseo de fondo.

No puedo explicar lo que sentí cuando me di cuenta que irremediablemente mis padres se estaban poniendo viejos. A mi madre a veces tengo que gritarle para que me escuche, o repetirle dos veces lo que ni siquiera me gustaría tener que decir. Si pudiese vivir callada, y tan sólo ser leída. Solo escribir. Podría pasarla de lujo. Es terrible tener que explicarse, hablar, dar señales de que aún tienes voz, de que puedes pronunciar, mover esa bocota floja.  Por otro lado, mi padre no es problema. Suele distanciarse, muy a menudo y cuando tiene que dar señales de vida lo hace de manera breve. Bien por él, es un tipo de pocas palabras, excepto cuando tocas un tema de 2000 hacia abajo. No hay quién le cierre el pico. Se deleita hablando de sus hazañas en el cuartel y de lo duro pero jactancioso que resultó empezar a trabajar a los 10 años. No me tocó así, pero noto que hay cierta nostalgia- una dulzura como la que guarda en el fondo una taza de café- cuando lo recuerda. Por eso, cuando lo veo, trato de inclinarme por algún asunto (todos) que lo lleven a recordar aquellos buenos años cargando su escopeta o lo que sea que hayan usado en el cuartel de los 70’s.

Días atrás terminé de leer un libro que me prestó mi hermana (lo robé)  uno de Truman Capote A sangre fría. Lloré, la mima cantidad que aquel día cuando se fue mi gato Pancho. Una historia sin duda lacrimógena, que no mata ni ahoga, pero mejora la calidad de vida. Había tenido otro encuentro con Capote cuando leí música para camaleones, de un tirón. Le tengo afecto al tipo, me tuvo enganchada por meses, y ese enganche me llevó a dejar de lado la tristeza que me había causado la partida de cierto tipo. Un tipo imbécil al que amé durante años. Se fue sin despedirse, con otra chica, una tipa de color pudin de vainilla. Espero que les haya ido bien y ojalá hayan tenido pudincitos los dos hijos de puta. En fin, gracias a Capote ésta que escribe no se hundió en la pútrida depresión post maltrato abandono. Y si, fue un gran escritor, famosísimo, sobrevalorado, pero hermano, tendrías que leerlo… sólo puedo decir eso. A lo que iba es, lo curioso de ambos libros fue que no los compré, al contrario, los hallé y fueron hallazgos muy oportunos. Ambos en casa. Uno no sabe lo que tiene hasta que lo halla.

Mi papá suele contarnos que cuando era joven se leía hasta tres libros a la semana. Sé que otras personas logran más que eso, pero estamos hablando de mi papá y a mi eso me parecía extraordinario, teniendo en cuenta la cantidad de libros que yo lograba leer a la semana: 0. Al mes, con suerte: 1. Decía que cuando era pelado, habian personas que salían con un tipo mueble estantería amarrado a la espalda y recorrían las calles con libros a cuestas pensando siempre que esos lectores, como mi padre, le alivianarian el peso sobre la espalda.  Debería estar escribiendo un ensayo ahora, pero, este recuerdo acaba de atocharme el cerebro y tuve que venir corriendo para escribirlo en una hoja digital.

El punto era, que, bueno, recordé el momento en que me di cuenta cuando mi papá había empezado a envejecer. Él, toda su vida ha viajado en bicicleta, del suburbio al centro, del centro al sur, del sur al norte. Iba a verme los miércoles a la escuela en bicicleta, rodábamos, volábamos. Yo atrás abrazada a su espalda, contenta porque antes de subirme, él me había guardado unas monedas de un dólar en el bolsillo. Dinero es felicidad papá!!!. Volábamos toda la calle de los ríos hasta su taller. Allí, su esposa me servía un platón enorme de consomé de pollo y yo, sientiendo que traicionaba a mi madre por tomar la sopa de otra mujer, sudando frente al líquido grasoso y la yerbita recién deshojada, comía a gusto junto a mi viejo. El, mi viejo, mi papá, siempre ha tenido el cabello largo, rizado, antes se lo veía simpático ahora no tanto. Los años revelan su efecto. Crecí, a su lado, todos los miércoles y a veces los domingos, viéndolo coser mientras oía todo el album de los mejores exitos de la salsa, que siempre empezaban con Héctor Lavoe. Mi viejo silbava y cantaba, de vez en cuando me echaba una mirada y me preguntaba si tenía sueño o si haría mis deberes, yo me conformaba con verlo y no hacer nada más que eso: ver, imaginar qué sería de mí a su edad. Ahora, esa respuesta está más que clara.

Nosotros nunca tuvimos dinero pero tampoco nunca estuvimos sin nada. Siempre había algo que comer. Cocos, mangos, carambolas, máchica, canguil, el punto era no morir de hambre. Era como esa analogía de: lo que tu ves es un vaso hasta la mitad, lo que yo veo es un vaso medio lleno. Algo similar, sólo que, no siempre queríamos comer coco o arroz con huevo. En todo caso, no me estoy quejando, eso está en el pasado, y sobre ese pasado crecí, sólo espero dejarlo atrás como los días, y luego dejarlo atrás tambien en mi memoria. Los sueños son afilados, y pueden cortarte todo, por dentro. Por eso, dejé los míos descansando. Desde pequeña, estoy muy segura de esto: siempre quise ser escritora. Pero no una escritora de esas que escriben  y repiten el mismo argumento cliché, como ahora. Cuando realmente escriba, quiero tener algo verdaderamente importante para decir. Quiero escribir y que en esas palabras mis pequeños Rafa y Gabriel encuentren una experiencia de vida, una lección, una advertencia. Ayuda, un abrazo. Porque no siempre estaré. Así, así fue cuando me di cuenta que mi viejo se estaba yendo para arriba. Cuando me dijo eso, supe que estaba plenamente conciente de que podría morir esa misma tarde o quizá mañana. Me había contado que viajando en bicicleta como siempre había hecho, en esa misma calle que siempre ha recorrido, un carro lo tumbó de la bici. No pasó a mayores, se levantó, y condujo de lado, pero esta vez inseguro. Tuve miedo, pensé es su miedo también. Jamás se me había cruzado por la mente que talvez podría morir en un accidente en las vías.

No sé de él hace una semana, y no lo he llamado. Él tampoco, pero sé que está vivo.Porque, como saben... las malas noticias son siempre las primeras en saberse, como esa vez cuando super que me botarían del trabajo antes de llegar al trabajo.

Mi vieja, al contrario, desde que la conozco ha estado vieja. Esa mujer, es dinamita. Siempre explota, y no tienes idea de dónde está la puta mecha. No tengo ni puta idea de cómo se precipita esa mujer. No la soporto, podría ahogarla con la almohada, y lo he pensado. ¡Pero mierda!, de imaginar que un día podría no estar, me desintegro toda. Esa misma mujer, que un día envuelta en llamas me reveló que no quería parirme, esa misma mujer que me marcó la piel, la amo, diganle amor pastuzo, masoquizmo, pero amar es eso, como escribió Efraím Medina Reyes ...desear secretamente la muerte del otro, eso es amar.

No sé cuál es el punto  o el crescendo de este escrito pero se debate alrededor de esta película en tres partes de Alberto Fuguet: Invierno… que encontré hace par de meses, bueno, que realmente decidí verla por este actorazo Pablo Cerda, chileno encantador papasote…pero cada parte de la película resultó en un inmenso arsenal que no vi venir. Ya recordé, fue por esta canción que sonaba de fondo más o menos bien. Muy infantil, pero que de alguna manera sugería ese devenir imponderable. Tipo:

-         - Desconocido, espero tus problemas se acaben, y así volver a la senda del bien.

En pocas palabras hermano, si puedes ver los problemas en el aire, no respires, para que las cosas sigan más o menos como quiero yo. Más o menos bien.

No es un buen final, pero al menos logré des-extrañar a mi viejo. 

Desconocido de la red, si lees esto y extrañas a tu viejo, llámalo y pregúntales por sus días en el cuartel.  

Para que todo siga más o menos bien  aquí  

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