sábado, 3 de octubre de 2020

así lo recuerdo.

Realmente he pensado en esto, primero una vez, luego dos veces tal como sugiere Brook Benton, mi negro. Lo oí demasiado. No sé lo que signifique "sanar"  realmente, varias veces he definido algunas de las situaciones en las que me he encontrado como "tóxicas" y dos minutos despues me he sentido totalmente imbécil. Así que, estamos lunes, han pasado cuatro días desde el día de paga y no me han pagado, mi hermano dice que estoy perdida, no lo contradigo pero tampoco quiero darle la razón. En fin, esta noche no quiero amargarme por esa razón, aunque realmente desearía tener un papá con dinero que me haya preguntado... bueno, a qué universidad quieres ir? , tu madre y yo nos sacaremos la puta para enviarte a la mejor universidad y blaaaa blaa esas cosas. Conozco personas que han tenido esa oportunidad y son unos asquerosos desagradecidos, y si, ya sé, todos tienen sus líos y nada saco con quejarme. Pero, esa es mi vitamina, quejarme del abandono de mi padre, del egoísmo de mi madre, y toda esa huevada disfuncional es lo que me mantiene despertando cada día.

Realmente he pensado en esto, en lo que me decepciona, he pensado lanzarme desde un puente hacia el río, porque le temo al agua. Tal vez verme hundida en mi temor mas grande habrá de hacerme pensar en lo afortunada que soy. Quizá para cuando me de cuenta el agua ya haya inundado mis pulmones, pero la sensación de haberlo descubierto no podría ganarle a la muerte. Quiero morir, no me apena decirlo, estoy lista. No intento sonar dramática, solo quiero convercerme de que estoy preparada. Tengo 25 años, no he vivido nada, pero sé a quién he amado demasiado hasta ahora (ojo, hasta ahora). Un hombre con ojos que desgraciadamente todavía recuerdo a la perfección, sus pestañas, la punta de su naríz, podría perderme en él si lo volviera a ver. Un asunto extraño, no mentiré. 

Así lo recuerdo, lo amé demasiado. Una madrugada ese cabrón me dió un golpe, que también recuerdo a la perfección, y esa razón es la que me convence cada día, hasta ahora, de tenerlo lejos. Lloré tanto, que no me explico si había un mar dentro de mí, así como decía ese otro cabrón de Maná. Pero qué otra cosa podría haber hecho si sentía que me habían roto el corazón, y sentir que te rompen el corazón es como sentir que te rompen el culo, pero en el corazón. No entiendo cómo superé esa porquería. Es tan mediocre dejar pasar que te golpeen.

Traté de convencerme de que estas cosas pasan, de que podria dejarlo pasar en vista de que el cabrón no se disculpaba y yo tengo todo este amor encerrado dentro, me siento como una cárcel atrapando "cosas" injustamente. No sé que será de él, de si aún está vivo, quisiera que no, y quisiera devolverle el golpe, los puñetazos en la pared, las tardes que me gritó en la calle o aquella vez que intentó ahorcarme cuando caía la noche, Dios! estábamos en un callejón, En el fondo sé por qué seguí adelante. El sexo era demasiado bueno, esa es la respuesta, pero intento buscar otra que no sea tan patética como aquella, el placer mas cercano. 

Cuando finalmente se lo conté a mi madre, su respuesta fue: parecía un buen hombre. Pero no se le ocurrió preguntar cómo me sentía. Umberto Eco tenía razón sobre las personas mayores que tienen un móvil con internet, se vuelven tontas, se les fríe el cerebro, la coherencia, el sentido común, la compasión por una hija estúpida, se limitan a admitir negativamente que era un buen hombre. Pero, antes de ella, se lo conté a mi hermana, la mayor. Se preocupó, es madre, ella sintió exactamente lo que necesitaba recibir. Necesitaba que sientan lastima de mi, porque jamás la tuve conmigo, si tan solo, yo, me hubiese amado un poco, nada de esto habría pasado, ahora sé lo esencial que es amarse primero. Ojalá, espero no olvidar compadecerme posterior a mis acertadas decisiones. 

Incluso ayer me pregunté hasta cuándo sentiré esto hacia él. Me metí al fondo del agujero. Pero, pensándolo bien, lo único peor de haber pasado por ese asunto, fue no haber podido contar con alguien, justo después de que sucedió. De madrugada, fue de madrugada cuando me dí cuenta que él había dejado de amarme. Se supone que no dañas lo que amas, no lo hieres, no lo traicionas, no lo golpeas. No le mientes. Quise salir corriendo, pero no tenía dónde ir, ni dinero para irme. Dolió tanto, me encerré en ese baño diminuto por unas horas hasta que me quedé dormida y regresé a la cama, junto a él, porque era díficil conseguir dormir sentada encima de la taza. Nada había pasado, dormía pleno, tranquilo. De hecho, no fue dolor, fue coraje, decepción propia. Apenas sintió mi cuerpo acomodándose a su lado, despertó. Lo supe. Pero se quedó quieto. Él no sabía disculparse, es más, creo que no sabía cuándo había cometido un error. Luego de un rato, juntó su cuerpo con el mio. Me dió un abrazo  sin intenciones de serlo, y si, lo dejé. Pensé, que quizá debería disfrutarlo. Sería la última vez.

Lo que sucedió estuvo mal, yo lo sabía. Nunca quise que pasara. No quería que la historia de mi madre se repitiera en mi. Y ya era tarde. Lo dejé pasar. Pensé, bueno infeliz de mierda, te daré tiempo hasta que te disculpes.  Ni siquiera eso. Y yo, seguía sintiendo lo mismo, como la primera vez que lo vi. Suena tonto. Me convencí de que tendríamos una historia larga. Pero fueron cuatro años. Aún lo llamo, en mis recuerdos. Pero él se fue, halló a alguien más. Supe quién era, por cómo se fue. Me dejó en el terminal de buses, me dió un beso en la mejilla, me pidió que le avisara cuando llegue a casa; nunca lo hice, tampoco preguntó. Pedazo de mierda.

Pero yo comprendo, sabes. ¿ por qué un hombre, golpea a una mujer? Es decir ¿por qué un ser humano, golpea a otro ser humano?. Soy otro humano cualquiera. Pero, no te negaré que hubiese preferido ser tratada como uno excepcional. Digo, eso es lo que sientes cuando amas tantísimo.Tampoco ocultaré que lo extraño, recuerdo sus ojos color café,mezclados con algo de fuego. Sus brazos rodeándome. Su voz, su cabello. Aún puedo sentirlo en mis manos, y ya no quiero amarlo. Él me dejó, cuando yo debí hacerlo, y dejó de amarme cuando yo apenas empezaba. Había una canción que solía cantarle, una de Hector Lavoe, “la verdad”…Cuando me miras ¿qué es lo que sientes? ….quiero saber la verdad, la que dicen tus ojos. Y si me quieres canto, si no me quieres lloro. Así me encuentro: entre una canción del cantante de los cantantes, y dos cucharaditas de passinerval al día, para no ahogarme en la angustia de haberme equivocado. De verme atrapada, recordando desde el fondo del agujero. Recordando a un pobre y triste ser humano. Valdrá la pena, el tiempo, advertirlo?

Realmente he pensado en esto: Las personas se van, puede suceder en cualquier momento.  Una tarde mi hermana mayor llegó llorando a casa, no le quiso decir a nadie lo que había pasado, porque obviamente estaba llorando. Luego, cuando se calmó, reveló que un hombre le había tocado ahí abajo mientras caminaba cuesta abajo, no muy lejos de casa. Volvió a llorar pero cuando todo se calmó, mi madre le preguntó si estaba lista para, ya sabes, el papeleo crimen y castigo.  Mi hermana habría de tener unos 16 años, pero respondió de una manera tan madura. Dijo no, que ya suficiente tenía aquel tipo con la miserable vida que seguramente llevaba. Y lo dejó. Ese mismo día, todas en casa dejamos esa historia atrás, y seguimos. Probablemente, yo haga lo mismo. yo, quisiera partirle la cara, pero, a veces lo mejor para el corazón, es no pedir nada. 

Pero, antes de terminar, quiero decir, antes de terminar de voltear la página o como se llame. Quiero decirme a mi mismo, que esto no es mi culpa, tampoco la de él. Conozco perfectamente ese límite casi imposible de distinguir, entre el miedo y la ceguera. Lo vi muchas veces en ojos de mi madre, a veces creía que encontraba alguna especie de placer, que disfrutaba verme correr, huir de ella, pedir ayuda;  jamás la culpé, a ella, mi dedo jamás la señaló, sin embargo, algo recaía sobre su espalda. El pasado, los recuerdos, las secuelas de las llamas, de los gritos, del coraje. La ceguera. No podría culpar a una mujer que era víctima de su propia tortura, de su incapacidad de dejar atrás los momentos amargos de la niñez, de la decisión esteril por dejarlos atrás. Inutilmente, siempre llegaba al instinto más cercano,  el miedo de no ser jamás quién castiga. 

Yo no quiero ser alguien que castiga, a diario me echo encima algunas retahílas de recuerdos, las paredes escriben mi lugar aqui, mi pasado, el coloso de un sueño blanco que no revela nigun trazo, y tengo miedo, de volver a temer, de volver a creer que merezco el castigo porque alguien no puedo dejar atrás los amargos recuerdos de una niñez de porra. 

Pienso en mi sobrino, Rafael. tiene 12; pienso en lo pendejo que se está volviendo, pronto será adolescente y en un abrir y cerrar de ojos será un hombre, y yo quiero estár ahí para  verlo, para ver su rostro convertirse en un espacio de facciones duras, de granos, de ceño fruncido y ojos risueños, ojos chinos como los míos, también como los de su madre. Quiero estar con él, por si acaso, de refuerzo, de reemplazo, por precaución, por si alguna vez se le olvida que sólo puede levantar la mano contra él mismo, contra sus oportunas o ciegas decisiones. No más. 



 

 

 

 

 

 

 

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