miércoles, 5 de abril de 2023

Al final es que no hay final, sólo reptar sobre el papel.

 Hace par días desmonté Tropos del desarraigo, exposición que (ahora que lo examino lentamente) le pertenece a mi madre, Teresa. No fue otra persona más que ella quién me trajo a vivir a este barrio que me sembró un deseo vehemente por arrancarme. 

De hecho, no debería referirme hacia la exposición como tal "exposición", es en todo caso un esquema.

Pero es estéril (sobre todo en esta ciudad infame) revelar esas intenciones dramáticas. Pero, para dejar sentado, un esquema es lo más cercano a una explicación. 

Tratar de explicarse a sí mismo lo que sucede alrededor es, considero, un ejercicio masoquista.

Yo veo a mi madre, y le veo su cabeza 95% blanca, y se me hace imposible no pensar en la finitud de su cuerpo, de su corazón, de su voz, sus lentes, las peleas de mierda que nos constituye como dos personas que se acompañan y se quedan en silencio, a diario. Te culpo a ti diferencia generacional, tú sabes quién eres.  

Quiero hacer de la escritura un aliado tosco, un hijueputa que te golpee, que te empuje, que te grite, que te haga ver la calle, que te haga asomar a la ventana cuando suena el zinc en las casas de alrededor, que te haga bajar corriendo rapidísimo la calle cuando la noche te haya alcanzado, que te haga sentir palpitaciones fuertes cuando te enteres que una muchacha joven murió y que ya no la verás más lavando la ropa afuera de su casa, que te haga oír cuando en la casa de a lado los golpes secos del amor retumben en quedos sollozos. Que te haga convencer de que cualquier esfuerzo por pensar es inútil, entonces, te haga pensar aún mas en un intento infeliz por comprender. 

Llevo 28 años viviendo en ésta misma calle. 

Yo creo (ahora que lo pienso inútilmente) que estoy atrapada.

Aquí, encerrada, soñando proyectos con los que pueda surgir y escapar lejos de mi madre, que amo tanto. Te amo madre. 

Y extraño a mi viejo, su nombre es Javier. Le digo papi, o papá, cuando estoy hablando seriamente con él.

No lo he visto hace, quizá cuatro meses. Y hace unos días pasé de madrugada por su calle en un taxi, luego de una tocada de rap en un pedazo de casa lleno de malditos callejeros que sueñan planes para romperla en esta ciudad chuchadesumadre. 

Y cuando suena una salsita de fondo, recuerdo a Javier. Lo veo cosiendo, lo veo yendo por mi a la escuela, lo veo guardándome una monedita de cincuenta centavos en mi bolsillito.

Le veo su lunar en la espalda, abajo, casi llegando al culo.

Un lunar gordo. 

**

- Desconfiar del lenguaje

- Abandonar la literatura

Hay cosas que el lenguaje no puede decir, ciertas palabras se acercan, pero nada que una mano alucinatoria pueda contener. 



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