una fuerza, afuera de casa
que movía la ropa, las hojas
los cocos (un poco)
las ramas de carambolas
que aún persisten en las escenas de unas memorias viejas que intento no descuidar
porque sospecho que allí reside alguna respuesta,
quizá debajo de las piedras,
por ahí donde alguna vez hubo huevos,
o debajo de lo que antes fue un canalito de agua,
sobre la tierra que alguna vez sostuvo una fuerte inundación
allí mismo, donde descansan los restos de todos mis perritos
que de pronto me ladran las pistas,
y Pola aúlla porque es la única que entiende el idioma lejano de la muerte.
Qué necesidad de llorar hasta el cansancio
qué necesidad de hacerme una sola con la tierra que me conoce los pies chiquitos de la niñez,
y mis deseos derruidos de una estancia tranquila
lejos de este pasaje, a lado de una tierra que por mucho tiempo
fue enredadera de algo parecido a las frutillas, y atajo de diminutas culebrillas que atontaron a mi madre.
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