Bastó con ver mi dibujo de árbol incompleto, un árbol de ramaje extraño situado en la casa -lo recuerdo difícilmente-, mientras tanto, reconozco en mí esa voraz necesidad que me ha envuelto y que tiene que ver con volver a escribir.
Hube de pensar en todas las alternativas del pasado, que dejé ir, y ahora dan vuelta en esa voluntad que yace atropellada en el umbral de mis sueños (¿cómo es que les dicen?, sueños por cumplir).
Ese horizonte irreal que miro con ansias, enteramente llena de miedos.
Me pregunto qué será de mi viejo, pensar en él, equivale a sentir la culpa cayendo sobre mis hombros. Tan solo debo ir a recorrer ese camino, y verle. Preguntarle (de pronto) por los viejos años del cuartel o de las cruzadas en bote a través del río; de su abuelo o de las tortas de vaca que vendía como abono para fertilizar las pequeñas tierras de los patios; de su padre, quien construía unos muebles toscos, de madera gruesa y pintados siempre de un blanco entrelazado con vidrio de alto gramaje. Vidrios duros, como él mismo. Como su padre, como sus palabras inútiles y anticipadas. De amor abstracto.
Me pidió que le dibujara lo único que sé dibujar, un par de árboles torcidos.
Pero él dijo: un árbol sin plantas
¿Sin plantas? le pregunté así con esa cara mía que me define, entre una carcajada que quiere salir y la correspondiente sombra de una incógnita. SI, me dice.
¿No será sin hojas? un árbol seco, ¿no?
SI, me responde.
Y me trae un marcador amarillo, porque el amarillo es el color del hallazgo según mi yo artista. Ya saben, ese detallado sobre la postura antropológica, armadura con la que enfrentamos al mundo.
Y él, ese pequeño ser humano, me había pedido que dibujara algo para él.
El mismo niño que fue hacia mi una tarde para pedirme que le ponga una curita en el dedito que usa para señalar, el dedito que está mas allá del dedo que le enseñé a usar para mostrarle a su hermano mayor que con él no se juega.
- ¿Vuelve a crecer?
- Si, pero primero duele.
No vuelven en el tiempo las tardes en la casa con el piso de madera, leyéndoles burlesca y ficticiamente un cuento de Tom Sawyer (un niño mentirosísimo). No vuelven las tardes donde "jugábamos a dibujar", luego dejó de parecerles gracioso. ¿Qué tiene de gracioso dibujarnos deformes?.
Tengo miedo de extrañar el pasado.
Tengo miedo que los dibujos de un árbol incompleto se tornen en cosas que ni siquiera tuve ánimo de empezar.
Tengo miedo apenas salgo, de que el cielo me habite entera.
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