sábado, 28 de marzo de 2020

Dato serio sobre las palomas.


¿Has notado lo fácil que resulta preguntarse cada tanto la razón de? No sé, de por qué las palomas comen basura. Hace un montón de años atrás mi abuela (que en paz descanse) nos mostró (a mi y a mi madre) una foto de la Tía Ivonne sentada al borde de una plazoleta en España; muy coqueta la tía. La extrañábamos, se había ido en medio de esa corriente migratoria hacia Europa. En todo caso, mi atención se desvió hacia las palomas alrededor de la Tía, pero… los ojos de mi abuela estaban inmersos en su vientre, recuerdo perfectamente a mi abuela haciendo un eco con los ojos tan sobresaltados; al parecer a la Tía le habían dejado regalo en la piñata. ¿De quién? No sabíamos. Ves lo fácil que es hacerse preguntas. Uno tiene la idea de cual sería la respuesta. Por ejemplo, vemos que está embarazada y dedujimos enseguida que de un hombre, la pregunta correcta sería ¿de cuál hombre está embarazada?. Sólo para aclarar. Al principio me pregunté por qué las palomas comen basura, pero ¿qué tipo de basura comen las palomas?.
Hace unas semanas me encontraba esperando el colectivo, siempre el viento y el polvo les acompaña y al caer sobre la piel forman una capa reconfortante de calor, indispensabe en estos tiempos de zozobra. Detrás de mi, había una leve duna de basura, unas palomas, dos garzas y un antropólogo, con sueño. Imagina esos tres tintes detrás. El blanco de las garzas no era el blanco de la infancia, todo se curte a medida que caen los años, y uno cree que va solo, pero están las palomas, las garzas, el antropólogo y la basura. Cuatro universos poco explorados, vistos desde afuera. Poco sabemos del origen, pero sabemos que hubo uno. Y nos vimos orbitando alrededor de una misma pregunta, al mismo tiempo, a excepción de una paloma que había encontrado algo sabroso. Todos, aves. Todos queriendo alzar el vuelo lejos de la duna de basura. Olvidar el pútrido olor, de a poco, a medida que el cielo nos consume. Imaginando que volamos alto, nos curamos el hambre. La ansiedad de comernos el mundo desde la duna.
Aquí estoy yo. Subiendo al colectivo, alejándome de la duna. Una paloma me vió, no sé si se está despidiendo, la miro fijo para que se cuestione igual que yo. Nada, ambas quedamos sin respuesta. ¿Qué habrá querido decirme?
Me siento, elijo el final. Así me siento. Lejos de la entrada. Cerca de la salida. Me preparo por si hay que huir rápido. Y para ver quien sube y se une al viaje. Veré que pasa. No ha pasado nada, paseamos por la alameda, recuerdo los momentos en la autopista. Me lleno de amargura. La amargura me hace sentir muy bien. Va conmigo, me da fuerzas. Me reconforta  mas, y la capa de polvo se endurece sobre mi. Me protege. Soy dura. 
Mi polvo es frágil, se va con el viento, se cae con el agua. Se escurre, se resquebraja. Mañana  lo retoco, en la espera.
En la espera de la espera. Siempre estoy esperando. ¿Crees que no esperas? Todos lo hacen. Se entretienen pensando que no, y que disfrutan la vida. La vida nos disfruta, nos empolva. Ya estaba todo planeado. ¿A qué le llaman progreso? La indolencia es progreso querido. No se vive de humildad mamá. Mi papá no sonríe porque no tiene dientes, mi hermana le envió dinero para una dentadura y se lo gastó en puro de caña de azúcar. Pero la risa lo consume por dentro. La risa, la risa. La risa vende millones de entradas y le sube el volumen a las canciones de Charlie Aponte.
Sigo sentada, el colectivo tambalea y hace caer un montón de recuerdos. Por instinto los recojo. El aire es siempre severo en la autopista, mi piel está fresca, mi cabello se endurece con el aire sucio, no me importa, estoy riendo porque el viento me hace reir. La frescura sucia me alegra. Te recuerdo, los ojos; eran de un color que todavía no sé. Creí que era carmín, o café mezclado con fuego. No lo sé. Esa respuesta indecisa es la que me apasiona. Lo he visto un millón de veces o más. Dejo de recordarte por temor a cansarme de ti. ¿Qué pasó con nosotros? En la alameda. ¿ Qué pasó con las vueltas azarosas? El humo nos nubló la cabeza. Quiero acompañar a alguien, quiero amar. Quiero hablar demasiado.  El camino parece largo, los recuerdos se avalanchan sobre mi y el colectivo va lleno, no hay espacio para ninguno de ellos. Se escapan por la salida, veo como se van, ni siquiera voltean a verme. No se despiden. Espero encontrarte en el camino. Espero una casualidad como las de antes. El tiempo nos ha quitado mucho, y con los recuerdos se va mi esperanza. La dejo ir, es pasajera e inconsecuente.
Suena una buena canción, me pido oírla con atención. Tal vez me sane.
Me bajo del colectivo, talvez justo en la mejor parte, no sé cuál sería. Pienso en lo mal que está todo, en mí. Luego pienso en lo mal que está todo fuera de mí, digo, para apaciguar la amargura, la buena amargura. Suceden cosas peores que no tienen nada que ver con el amor y con estar solo. O quizá todo es culpa de la ausencia de amor y la soledad. Ojalá los años me respondan esa pregunta. Pero lo pienso, detenidamente.
De pronto  siento que camino sobre una duna de basura. Miro a mi alrededor, veo el cielo.
Está despejado. No hay aves.
- No hay aves en el cielo.

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