... los kiwis parecen testículos, o me recuerdan a un par de testículos que, a estas alturas de mi vida no logro asociar con la imagen de alguien. Ha sido arduo el camino, de kiwis estrellados, ha sido patético, los intentos, imposible pisar freno en los veintes.
Una cantidad enorme de mentiras blancas me revisten, ahora mismo no sé quién soy, ahora mismo no tengo siquiera una ligera porción de necesidad por desvestir todo aquello que he arropado, sutilmente.
La mentira del arropamiento.
El ocultamiento.
guardo una extrañeza por ese río,
E X T R A Ñ E Z A
terrible fragmento aunado entre dos polos,
uno me arranca de la cama, otro me entierra en la incertidumbre,
me pregunta a diario si debería, me arroja a la mañana polvorienta
seguido de las garzas,
seguido de los perros madrugadores,
después de la señora que lleva a los niños muy despacito en la moto
uno de ellos con un corte bien feo, y una mecha en la frente que lo deja igualito al amigo de Snoopy,
La senõra con la muchacha (nunca van calladas, yo creo que han de ser amigas)
El gordo enorme de dos metros de ancho,
- Buenos días le dije una vez, sin querer.
- Buenos días, me dice a diario.
El negro hediondo que se rasca el culo y anda sin zapatos merodeando el paradero.
El loco Hugo. Ya no recuerdo su rostro antes de volverse loco. Cuando sólo era un cualquier Hugo.
Lo volvieron loco.
El señor con la nariz desbordada en piel, que escupe cada tres minutos como si se tratara de una carrera para ver quien pudre mas rápido el ambiente.
La señora con estrabismo que me devolvió el pasaje que le presté.
La pareja patética que no combinan ni a palo, pero ahí van creyendo en su porquería de amor, con sus peinados tontos, y su taxi tonto que los recoge a diario.
La otra pareja de ridículos, abrazados, como si se fuesen a perder.
El gordo con buenos modales que siempre viste chompas de marca,
Mi madre a doscientos pasos mas atrás, empeñada en perseguirme,
Las garzas, viviendo como ratones.
Los ratones, viviendo como iguanas.
Las iguanas viviendo como escapistas.
La gorda que vende coladas, yo sé que se llama Inés.
La maldita tierra amarilla de relleno.
El maldito tubo subterráneo, o cómo se llame, lleva meses allí.
La dignidad atropellada, debajo de las llantas del bus que se fue se largo.
Todo está al tope,
y cuando parece no haber espacio, allí está el reverendo chofer con su reverenda ceguera optimista diciéndome que avance, que no me quede en la puerta.
Que no me pisen.
que no me aplasten,
que no me toquen la piel, que no me rocen, que no me miren, que no me hablen, que no me respiren en la nuca, que no me hablen, que no me hablen, no me hablen, es mucho pedir estar en silencio.
Como el silencio de mi viejo.
Yo también majé lodo, me dijo hoy un gordo.
- cuánto tiempo lleva viviendo aquí, me preguntó como para terminar de matarme.
- Toda mi vida. (pedazo de metiche)
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