—en la lectura nocturna de mis ideas—
pronunciarte, me desarma.
intuyo una trampa escondida en tu segundo nombre
un ventarrón, debajo de los huesos,
debajo de los huesos del pecho
me empuja,
puede con todo el peso
de lo que soy
pecando en la fatal tarea de poetizar, el mal menor
mecida,
atrapada en la malicia escondida de tus ojos rasgados
como un papel roto a la mitad
porque hubo de errar en las palabras contenidas
dentro del espacio figural
(apunte)
yo solía tener
un sueño
recurrente
durante la
adolescencia
cuando aún
dormía con
mi mamá
y sus pesadillas
se juntaban con
mis sueños de escape
quería irme de casa
lejos de ella,
lejos de ese enojo encarnado en su frente
lejos de sus sonidos
lejos de ella y su modular intocable
lleno de adornos frágiles
su rencor, su dolor juvenil
de la maternidad que le
robaron
yo soñaba que vivía en una casa muy grande
con un esposo muy guapo y alto,
al cual no le puse nombre,
ya casi no recuerdo,
lo había imaginado a detalle,
cada espacio de la casa,
ya no recuerdo cuándo dejé de soñar
que encontraba el amor.
—Por las noches, aquel mundo desbocado se calmaba—
en la niñez) veíamos la pequeña llama
y jugábamos a quemarnos los dedos
sin sentir el dolor del calor
un dolor seco como un pellizco inesperado
siento que podría dibujarlo
si tuviese el color azul, amarillo
y la transparencia de la llama
siento que podría quemarme
en estas ruinas
que persisten
que no doblegan ante el calor del cielo
conozco ese espacio que separa la escritura de lo que es cierto y lo que podría ser,
las casas están tan juntas.
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