Había quedado a la vista una montaña rebanada, de bombardeos nocturnos o tardíos, no puedo estar segura. Pero he oído algunos a ciertas horas.
El concreto subía a medida que el cielo se abastecía de una mirada inferior, finita.Hasta que otras formas se erijan en un parpadear, engaños del vaivén de caminos y el tiempo.
Hubo unas láminas cortantes en lo que ahora se suponen hojas de escritura, así mismo punzante a medida que se reconcilia con su transparencia.
Unas palabras que no logran adivinarse, ni leyendo los labios, allí donde antes cruzó una corriente fresquita que viajó solita hasta los recovecos del ser.
Y se llevó todas las hojas de una escritura, que no nace, no nace y se niega a llegar a la ruta trazada en las palmas, roidas en la piel que le embiste por encima, como una cualidad de lo rugoso, como símbolo del tiempo.
Una suavidad que, recorrida, me recuerda a la espalda de mi abuela, quien me pedía le diese un masaje en su piel casi lunática.
A veces la pienso en mi sala, a veces casi nunca, la pienso como un recuerdo lejano, traída con la tierra que me reviste cada mañana, el polvito amarillo de la tierra recién sonsacada, revuelta con el aire, de ese cielo mezquino que no muestra ni un ave.
Cuando ya no haya aves en el cielo, pediré dos veces a Dios que por favor, me revista, que me cubra completamente de tierra, como las letras a mis hojas. Y si no escucha, lo escribiré, y se lo mostraré así en el idioma de las promesas lejanas.
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