Recogí mis cosas, las que guarde en mi casillero por años
un montón de papeles, dibujos de los niños, lápices, crayones,
pinturas, pinceles, ramas, borradores, hojas secas, cartas,
obsequios extraños (como un pedazo de roca), muñecos de masa moldeable
canastas con lápices extraviados, marcadores, pinceles robados
pergaminos de dibujo
propósitos para el año lectivo
informes, registros, trozos de cartulina
y finalmente, la foto mía, de mi niñez, que usamos para un juego de “adivina a tu profe”
que luego hube de pegar pobremente en la parte exterior de mi casillero, junto a unos stickers de un par de raperos y mi membrete escueto donde estaba escrito mi primer nombre (un trozo de cinta de papel).
Luego, metí todo en un bolso,
y me pareció que dos años habían pasado volando
y no los vi pasar, ni venir
y me pareció muy poco
sentí un leve riesgo de arrepentimiento
recordé aquellos días no tan brillantes
y seguí con mi plan de fuga.
De huída.
Me despedí de algunos cuantos, entre lágrimas, por supuesto
es difícil contenerse ahora, con todo el lío de las hormonas alborotadas.
Y me fui, confesando que los quiero.
Yo aprendí a amar, de diferentes formas.
Y tal vez, creo que esa fue la lección más importante.
Amar y ver crecer.
Amar los cambios.
Amar el caos, el desastre, las lágrimas,
los esfuerzos, los consejos, las desdichas,
el ruido incluso, los tonos fuertes de voz,
las caídas, las derrotas
mi derrota.
Me derrotaron 35 niños.
¿O yo me rendí?
(es lo más probable).
Incluso, podría llegar a amar esta ruina.
Me fui de ahí, con las palabras de unos cuantos alumnos
las palabras necesarias para no sentirme tan derrotada
o abatida por el adiós, porque no sé despedirme
De hecho, no sé decir adiós.
Yo sé que recordaré sus nombres, por siempre.
Un profesor jamás olvidará el nombre de quien tocó su corazón.
Y mucho menos, de quien le trastocó las fibras de la paciencia.
Ahora, no sé si yo habré sido una buena profesora.
Estos años fueron pocos, y quizá, sólo haya llegado hasta la entrada del camino.
Me fui porque tengo algo entre manos.
Algo está creciendo en la mitad de mi cuerpo.
Y tuve miedo de ponerlo en peligro.
Porque jamás hube de sentirme tan vulnerable.
Y jamás había sentido que yo, ya no era yo.
Pues ahora, alguien a parte de mi, me escuchaba por dentro
Y sabía mis pensamientos, y conocía mis temores
o los percibía
en el lenguaje de lo posible, a través del instinto.
Entonces, tuve miedo de asustarle
Porque el coraje me acecha y a veces, una tristeza cojuda suele alcanzarme
y bueno... la cobardía me abraza con engaños
y las palabras que rondan mis locuciones propias, a veces lastiman
Nada lastima más, que las injerencias que emergen desde lo mas recóndito de uno mismo.
Una intromisión que te deshabilita y te deja desarmado, ante ti mismo.
Es fatal.
Entonces, decidí irme.
Antes de romper otra tarea, antes de que mi voz suene extraña.
Antes de despertar al monstruo menor, al que poco a poco fui derrotando
Entendiendo la derrota como el arrullo del enemigo interior.
Tengo miedo, enteramente.
No había sentido jamás que no encajo
¿Será esta la premisa?
¿La duda existencial primaria de ser madre?
Junto a un coraje absurdo por todo y para todos
que me acompaña a diario, excepto por las noches,
cuando sólamente soy yo, y mi criatura
¿Qué estará sucediendo?
Allí dentro, tantos golpes
de izquierda a derecha,
Este es su lenguaje, el lenguaje del nocaut intrauterino.
Si me golpea es porque vive, si se mueve es porque existe
Y me duele, y me asusta
esta forma de amar que estoy conociendo y apenas sucede...
Me preguntó un alumno, en una de mis últimas clases de filosofía
(un alumno que siempre me sacó canas verdes por sus constantes onomatopeyas hechas con el hocico, y por sus respuestas atorrantes)
Si usted pudiese definir el amor en UNA SOLA palabra, ¿cuál sería?
¿Una sola? le respondo… preguntando, así con ademán de pensar la respuesta real mientras respondo torpemente.
SI, UNA NOMÁS.
Ahora, ahora es dolor. Le digo.
Y luego, este rufián me dejó pensando...
así como tarea para la casa.
Amar, duele el cuerpo,
duele el vientre, duele el cansancio,
duele no saber cómo amar
duele no saber cómo será
y duele no encontrar un nombre
para nombrar lo desconocido.
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