jueves, 26 de noviembre de 2020

otra latitud.

 Cuando era niña, solía escribir poemas, mejor dicho, versos. Luego los leía y terminaban por parecerme cursis, dramáticos, siempre llamando al amor. Una vez tuve un sueño dónde yo tenía una gemela, jugabamos sobre la cama en compañía de mi madre y una de mis hermanas; ese sueño fue revelador y hoy, casi 20 años después, lo sigo recordando, ha permanecido inherente a lo largo de mi vida hasta ahora, ha fluido conmingo en las más vitales decisiones, en los recovecos más oscuros y las noches más largas imposibles de asimilar; como una sustancia recorriendo fríamente cada una de mis partes. Tengo varias teorías para interpretar tal sueño, pues el tiempo ha sido en empero paciente y necesario, eterno, basura. Empecé creyendo que tal como dijo Freud, o así lo creí- mi yo ha sido revestido por todos mis temores e inevitablemente a tomado forma, late conmingo, vive, se cosió a mi figura. Camina conmigo. 

Aquella segunda sombra, permanece infantil, insegura, china, frágil, cachetona, 

permanece con el vestido verde limón (de cáscara vieja) que cosió su madre para usar el día de la foto,

permanece con mocos en la nariz, se recuerda asustada del porvenir, el devenir, de quién va venir, a dónde va a llegar.

No baja de la cama, ha quedado alterada, reconoció la escena, es una más. El doble de algún saco de miedos.

Permanece en la esquina, no sabe si pelear. Pero se cuadra, se avispa pero no echa a andar. 

Un pleonasmo, esa es su sustancia. 


Se imagina lejana, subida en un bus, subiendo las montañas sintiendo el frío del páramo, llegando a lugares dónde las casas estan muy juntas, dónde el frío le congela los huesos, los mocos. Lejos de la cama, lugar de la primera batalla, se quiere lejos para olvidar la infancia. Sustanciosa. La infancia le recorre las venas, un veneno de largo alcance, silencioso. Tal vez, un día asesine a su doble. Por fín, la sustancia, dará sus frutos. Cuidado con el cuco.

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