Los ronquidos de la vieja no me dejan dormir, además tengo náuseas y un dolor tremendo en las tripas. Nunca más.
Para no perder la costumbre condescendiente de agradecer al prójimo por la inspiración que causaron letras, quiero agradecer sin duda alguna a la vida. La vida que he construido hasta éste entonces, y sus caminos, muchos estrechos y llenos de circunstancias que me han tomado de los pelos y me han enseñado, gráficamente que la letra con sangre: entra. Y bueno, como dijo alguno por ahí: no te preocupes tanto por la vida, que no vas a salir vivo de ella.
Aún cuesta creerlo del todo, no me anímo a tomar en serio lo sucedido.La condenada tenia flexibilidad, a sus setenta y pico de años aún podía hacer la posición básica del yoga e incluso se agachaba más rápido que yo. Ahora, me queda adivinar ese cuadro, porque la muerte se ha llevado su presencia, pero su imagen, dentro de mí, vive, casi palpitando. Me hace falta. Pero bien muerta está. Mejor no recordar. Mejor no recordar a los muertos, de nada sirve; sólo traen llanto y desesperación. Nostalgia.
El muchacho lloraba como pelada abandonada, el viejo gordo sin preocupación insistía en saber por qué tanto llanto Magdalénico, el muchacho llorón resignado a no encontrar otros oídos que le escuchen le contó la terrible historia de un Romeo y Julieta criollos.
- Yo sólo quería darle una sorpresa, yo sólo quería darle la rosa...
Admito que el corazón se me hizo chiquito al escucharlo. Pero, ¿qué es esto? ¿Qué, acaso estamos en 1930? Uy corazón, al menos yo, te restregaba la rosa por la cara y luego te la lanzaba por los pies. ¡Por cojudo nomás! En pleno 2015 las hembras quieren obsequios más onerosos. ¡Una rosa!
Pareciera que uno vive para escuchar huevadas.
Sin más que hacer el viejo gordo le echó unas palmaditas (supongo) y lo dejó lloriqueando en el patio, que, para desventura mía, colinda con una de mis paredes, era más que seguro: tendría que escuchar lloriquear al llorón un par de horas más.
Puede que en el patio acabe su llanto, pero luego viene más. Debajo de la almohada le esperan las tijeras para cortarle la yugular por repetidas ocasiones, así es el amor. Prolífico en materia de dolor.
He ganado muchas batallas contra las tijeras, pero aún no les he ganado la guerra. Aún no me han echado la vista mala.
Luego de unos minutos largos, el llanto cesó.
Sentí un poco de alivio, por él. Le conocía desde siempre y me apenaba un poco saber que su sufrimiento habría de empezar a tan temprana edad. 14 años no es edad para sufrir y ese muchacho ya había recibido muchos latigazos, de esos que dejan marcas rojas y luego se van renegreando con el tiempo. Cesó el llanto por completo, luego los pasos, luego la puerta. Directo a la almohada.
La visión que ese muchacho tenía sobre el mundo y la vida en sí, sobre el futuro y sus deseos, iban a cambiar desde aquel instante. Yo lo sabía. Y no, no es culpa de ese sentimiento bochornoso. Es la duda que te planteas. Es como esa sopa que acostumbrabas tomar caliente, pero un día jueves una mosca decide posarse sobre la orilla del plato hondo sopero, y la espantas. Sabes que se fue el zumbido, pero también sospechas que regresará en cualquier instante. Es así, cuando luego de un trago amargo, despiertas al cuco. Ese es el cuco del que te prevenían tus padres cuando eras más muchacho y no hacías caso. Si no haces caso se te va aparecer el cuco, bueno, nomás te digo José Luis.
Empiezas a presentir. Mira nomás, a los 14 años. Una verdadera lástima.
**También le quiero agradecer a la madrugada, la madrugada es una heroína.
Imagina cuantas personas se preguntan por qué el mundo conspira contra ellos, ¿a quién le preguntan?, al encontrarnos solos, nos ideamos un Dios, incluso yo.
Yo me encomiendo a Dios en la madrugada, cuando empiezo a sentir alguna presencia o llega a mis fosas nasales ese olor a caca.
La vieja sigue roncando.
La madrugada es además, confidente; lo que sucede en la madrugada queda en la madrugada.
Al otro lado, las paredes son testigos de algo que podría ser la muestra más fiel de libertad.
Ha llegado tarde de quién sabe qué lugar y las tripas, al igual que las mías no han aguantado el festín (de tragos, en su caso), le escuché unas cuantas arcadas hasta que alfin lo sacó. Vomitó. Qué bello, aunque traición al fin y al cabo. Imagino que ha dejado decorado aquel patio tipo vivero.
Ese es el detalle de estar sola, al día siguiente despiertas y te fijas en las manchas y el olor pútrido del vómito, en las manchas, que son tu compañía.
Todos bailaban, no sé qué era o a que sub sub sub categoría musical pertenecía la canción que justo sonaba, pero era electrónica. Me acomodé en el filo de la ventana, que a la vez servía de asiento (tacañería de arquitecto), y vi Guayaquil, o lo que era Guayaquil en ese momento: luces encendidas, taxis devolviendo chicas ebrias a sus departamentos, borrachos chachareando en Pedro moncayo, Ayacucho, parque victoria… barrenderos chambeando, chicos en motocicleta por la avda. Quito, y muchas casas pilsener abiertas, atendiendo aniñados. La música sonaba fuerte, pero aún era posible conversar. Me senté a ver Guayaquil y a la vez a ver como bailaban ellos. Había unos que movían los hombros y los pies a la vez, otros que movían el abdomen y la cabeza al tiempo, unos cuantos culebreaban a un ritmo simpático, y el resto, se instalaba en el lugar que parecía más cómodo. Estaba en lo mío cuando tres muchachos con espíritu de hembra se acercaron a mí con ánimos de ofrecerme un vaso de cien fuegos (era lo único que habían auspiciado), ya había bebido un montón, quizá lo exacto para llegar a ese punto que llaman: sentirse bonita. Le rechacé el trago al más marica de los tres, luego de eso, se sentaron rodeándome. Invadieron la ventana. Uno de ellos tenía aspecto fortachón (como de instructor de gimnasia), su cabello aparentaba un alisado con queratina y si no me equivoco, creí ver delineado sus ojos, el otro (el más esbelto) tenía rímel y la cabellera suelta, ondulada. El menos marica tenía un look común, con la camisa desabotonada hasta la mitad. El instructor de gimnasia trató de entablar una conversación entre los integrantes y pude notar su conflicto con la z al pronunciar. Y como era de esperar, no puede evitar reírme.
- ¿fumaste weed? – preguntó el menos marica, le contesté que no con la cabeza. Luego me dijo al oído que un tal César me podía dar un toque de poppers por cinco dólares, le contesté que eso cuesta una hamburguesa carbonera y me reí otra vez.
Los tres se levantaron justo al mismo tiempo (como una de esas coreografías de Wilson dance), y no disimularon al cuchichear sobre mí. Ignoré ese acto de tiranía y me volví sobre Guayaquil. Justo sonaba una sirena de ambulancia y me alcé un poco para ubicar el ruido. Después de un rato, me levanté de la ventana para conseguir un poco de cien fuegos por mi cuenta y también para borrarme las rayas que el filo de la ventana me había dejado en el culo.
Busqué en la cocina, y no encontré nada, sólo un cuarteto de copias de cine francés inhalando cocaína.
Al salir, había una disputa en el comedor, alguien se había pegado unos hits de poppers más de la cuenta y Cesar estaba emputado. Nunca conocí a Cesar. Deambule por la casa tropezando con los bailarines, eran las 3 am. Esa madrugada fue muy larga y predecible.
Se me antojaba una fiesta quizá sin drogas y sin chicas hablando de Cortázar, Plath, o tratando de parecer trips, sin chicos hablando de playa, farras y culos, culos farra y playa, rave, weed, música, viajes, dinero, culos, fama, culos, drogas, seguidores, amigos, hashtags, culos. Uf.
Se me antojaba otra huevada y no sabia qué podría ser.
Busqué al que me había llevado a esa fiesta y sin esperanza alguna le dije que nos fuéramos. Con mucha pena (de su parte) nos fuimos.
No le vi hasta luego de unas semanas.
Alguna vez lo amé.
La miseria no es eterna, afortunadamente. Afortunadamente afortunadamente...
El terminal es un buen lugar. Creo que, lo he convertido en un lugar de la mente o algo parecido. Era uno de esos días fúnebres. Tenía una cita, con un tipo que llevaba meses haciendo desorden dentro de mí, habíamos pactado una salida. Acepté sin esperanzas. Llegué a la hora negociada, y nada, esperé unos minutos, y nada. Me sentí imbécil. Fui al tropiburguer y compré la hamburguesa más barata. Iba a buscar una mesa cuando alcancé a ver al gordo tierno del instituto, hice la típica hazte la loca y seguí, pero… ya era muy tarde, Cariñosito ya me había visto, gritó mi nombre varias veces y fingí buscar de donde provenía, levantó la mano y fui hacia él. Al fijarme que no había lugares disponibles me acomodé en su mesa, me presentó a sus acompañantes: Román y Luáng. El segundo estaba comiendo y el primero pendejeaba en su Iphone. Ambos eran simpáticos.
- Y… ¿cómo así por acá, tú no vives en el sur?
- Así por acá porque si pues Cariñosito, y si, vivo en el sur.
- No me digas cariñosito. – sus amigos rieron.
- Ya.
- ¿no te vas a comer tu hamburguesa?
- Si, ya mismo.
- Ya mismo nos vamos al skatepark de aquí nomás. ¿quieres ir?
- Yo no sé patinar, además tengo falda.
- No importa, yo decía para que me des hamburguesa.
- ¿Hasta qué hora estarán ahí?
- Ni idea loca, pero, ¿te apuntas?
- Ya, vamos, pero no me vayas a dejar sola.
- De una.
Ya habían pasado 30 minutos, el tipo no llegaría.
Román y Luáng parecían aprobar la invitación de Cariñosito, y me convencí, era temprano y apenas empezaba el feriado. Cuando salimos del terminal, estaba anocheciendo y eso me animó más. Llegamos al skatepark y los vagos ya estaban rodando, Cariñosito a pesar de su gran masa corporal hacia bien los trucos, Luáng también, a Román le salían casi sin fallar. Luego llegaron más amigos de cariñosito: Kelvin, Jordi, y otro que no recuerdo. Compartí la hamburguesa con todos. Y me gané algo parecido a una bienvenida al club de los vagos. Después de un rato de haber rodado y sudar frio, nos reunimos en una esquina del parque, corría un viento reconfortante y la noche estaba quieta. Cariñosito propuso (para levantar los ánimos) hacer una chupa en casa del Nigga (Román), todos aprobaron la propuesta y me miraron al mismo tiempo. Era la única pelada entre ellos y dudaban si iría o no a la dichosa chupa. Cariñosito preguntó si podía ir, y tomé esa pregunta cómo una invitación engañosa, pregunté si era necesaria mi presencia, Cariñosito supuso que si no había una presencia femenina entre ellos, podrían correr el riesgo de transgredir su sexualidad, mis intenciones no eran que ellos se volvieran homosexuales.
- Voy, pero si me hago funda no me dejarás botada...
- No loca, tranquila. No soy de esos.
Había formado una precoz amistad con los chicos.
Subimos todos al auto de Kelvin en busca de alcohol. Luego alguien dijo ¡cocaine! y fueron en busca de aquello. Dimos unas vueltas en el sector donde vivía el/la pusher travesti, y el pusher no asomaba
- Amigos, si Andrea no sale es porque Dios quiere que no jalemos Kein.
- Ya loco, ya fue.
- Ya maricón, ¿qué no puedes tripear sin Kein?
- Yo decía porque Jordi quiere Kein.
- Oe, loco, yo dije de broma.
- Ya fue entonces, vámonos. Compremos jugos en la esquina para el trago.
- ¡MARICÓN ESOS JUGOS SON ARRECHOS!
Dentro de casa del Nigga, una sensación me invadió el estómago. Quizá, era un mal presentimiento.
Contaron una historia sobre la niña de vestido blanco y largo que se sentaba en la escalera del pasillo a medianoche, y un sinfín de historias urbanas, entre esas: la novela de amor entre cariñosito y la dientona: la dientona le había quitado la virginidad y le practicó las posiciones del pecado. Entre tanta palabra cruzando de boca a oídos se despertó el hambre. Fuimos en busca de algo para comer, me inquietó que Román no se quitase las gafas para ir a la cocina.
- ¡Oye Nigga! ¿no piensas quitarte las gafas, o es que te molesta el sol?
Esperaba risas como respuesta, pero no, todo lo contrario. Ya estábamos unos cuantos acomodados en la mesa esperando a que Román sirviese el calentado, a mi lado se encontraba Luáng (el más bello), yo reía sola, Luáng me tomó por el brazo derecho y me susurró que no haga esa broma otra vez.
- ¿por qué, qué, dije algo malo?
Los tragos quitaron la poca prudencia que me quedaba y reclamé, quise saber por qué el melodrama. – Es que el Nigga tiene un poco de extrabismo en este ojo (explicó señalándose) y por eso usa las gafas.
- Querrás decir: estrabismo.
- ¡eso!
- Haberlo dicho desde un principio, ojalá no me haya escuchado. ¿Crees que se haya molestado?
- No, el man es todo frío, pero ya no lo jodas.
- Ya.
Con estrabismo o no, nada le quitaba eso especial que le daban sus facciones. Por ahora, me permito confesar que el Nigga estaba muy bien proporcionado, y aún recuerdo la textura de aquello que palpé durante la madrugada. Aprecié el detalle de haberse quitado las gafas polarizadas durante el acto, y su rara visión posada sobre mí.
Encesté.
Perdón, anoté.
Ese lapso, el de la juventud mezclada con incertidumbre, es, sin duda lo más parecido a un edén temporal. Es casi imposible arrepentirse de algún desliz. Error o no, calculado o de imprevisto, llena alguna parte de los recovecos que causan los tragos amargos.
Los vacíos.
Los errores no llenan los vacíos.
Ya es costumbre llegar y encontrarla llorando en uno de los rincones. Que si la soledad te ha pegado un susto, en los rincones deámbula su alma en pena. ¿Cómo no sentir su presencia? Tan fuerte. La primera vez que la vi, fue hace unos dos años casi exactos, en el puente peatonal que conecta con la parada del metro y el mall del sur. Dijo una vez alguien: La vida es un trapito. Y ahora la encuentro de nuevo, en el puente peatonal del terminal terrestre. Intacta. Con la misma venda en el brazo derecho. Venda sucia. Esa mujer es parte de mi recorrido. Y su anomalía permanente también lo es. Seguro debe funcionar ese negocio. Nada mal para alguien que hace ya mucho chance, perdió la visión de su ser, y para alguien que ha hecho de las vicisitudes una letra de cambio.
Ese asunto logra estremecerme siempre a la misma hora. ¿Por qué no lava la venda?
Mi madre dice que a esos hijueputas nadie los puede hacer entrar en razón. Yo no estoy segura de si entrar sea posible. No sé cómo mi madre se cuestiona los conflictos globales, pero lo que sí sé es que ya está muy vieja como para encaminarla. A esa edad, además de tener mucho recorrido, ya tienes dos cuartas de tus extremidades inferiores enterradas sobre el camino. Y ni siquiera tratar de pensar tener la leve intención de que se puede hacer algo, porque sería arar en tierra quemada.
De lejos no apesta el muerto.
Además mi madre tiene cataratas.
Hace unas semanas conté la historia de la rata que salvé.
¡La rata que salvé!
Cuando la oímos andar por ahí mi madre dice: Por allí anda Spiri Gonzales y yo me rio de pura condenada.
La rata había caído dentro de un balde copado de agua (dentro del baño), pobrecilla, tragó agua de lavadora quien sabe por cuánto tiempo, cuando entré, el ruido que causaba todo su esfuerzo por salvarse, me atrajo. Busqué de donde provenía hasta que di con la rata condenada. Admiré el acto por unos instantes: se hundía y flotaba, se hundía y flotaba. Tan inofensiva, justo así, en esa situación, la rata puta no parecía parte de la plaga que causa epidemias y esos desastres que llevan a la raza humana al fin de su especie y todos esos asuntos subliminales…, la observé por unos minutos más, sentí la necesidad de verla morir.
A ella la vi morir durante varios días, y aunque nada podía hacerse para revertir el destino, supe desde la primera convulsión que la culpa sería un caminante que iría tras de mí, para recordarme con sus pasos que me resigné antes de tiempo. La culpa sigue aquí, conmigo, No hay soledad más terrible que ella, la culpa y las voces en conflicto dentro del mate. Le vi morir y nunca hice algo, porque lo único que podía salvarla estaba fuera de mis manos. Un milagro.
No podía repetir esa misma historia, aunque ese bicho sea insignificante, su vida aquí, en ésta bola, era importante para otros. Medité un poco y volteé el balde tan rápido como pude, la rata no se movió durante un rato, una mala sensación me invadió, se murió –dije-.
Supongo que los decibeles de mi voz perturbaron sus pequeños oídos y reaccionó. Corrió la condenada, pero antes que desapareciera me fijé en sus pequeños ojos, redondos y completamente negros, aunque con un brillo. Imagino que eso es lo que sucede cuando la vida parece irse de repente, pero, al final ocurre algo contundente. Brilla la segunda voz.
Fue un gracias y hasta pronto de su parte. Olvidé lo que iba a concretar en el baño, y también me fui.
Así mismo días después, ¡encontré un dinosauriosapo, un rocosapo, un megasapo!, ¡pero qué porquería!, no lo permitiría, ¿qué es ésta casa? ¿Refugio de bichos puercos?, Salí enfurecida del baño, busqué el recipiente del cloro, regresé, lo destapé y se lo eché casi completo encima. Tuve miedo, pensé que en cosa de nada esa cochinada se iba a transformar como los gremlims con el agua. Me alejé por si las moscas y observé tomando cierta distancia. El cloro había formado una capa delgada de espuma blanca sobre la piel del sapo, de lejos tenia apariencia viscosa, repugnante. Di un par de arcadas, busqué una escoba y empecé a darle golpecitos suaves a ese animalejo, como invitándole a que se vaya por donde vino, dio unos saltos de gran altura, de terror me cubrí el rostro (no vaya a ser que me roce la cara -pensé-). Saltó y saltó, con cada salto parecía perder fuerza y masa corpórea, dio un último salto casi cerca de la entrada, me acerqué despacito para darle otro escobazo, y nada. Otro escobazo y nada, no reaccionaba. Me alegré, murió alfin. Cochino sapo. Regresé mis pasos en busca del recogedor. Para levantar el cuerpo de la escena del crimen. Cuando volví, encontré al sapo petrificado, con la trompa sobre el piso sosteniendo su cuerpo. Coqueta posición que encontró para morir. Asumo que el tira, jala, corre y salta le causaron un infarto, o susto, un ACV, entró en shock o lo que sea que haya sido.
Murió por causas naturales.
Una tal Rosita, visita a mi madre un día a la semana, pero ese único día no le basta para secar la boca y parlotear con las últimas del vecindario,
Dicen que hace ya un tiempo para acá, hacia entrar hombres a su casa, uno por cada día de la semana, salía de mañana diz que a trabajar pero mentira… iba en busca de macho.
‘Laberinto de pasiones’ realizada por una tal Almodóvar de la urbe.
Que se ha vuelto loca, dicen.
Había hecho caso omiso a esa misiva, porque las mujeres como ella suelen expandir historias dentro de un campo de ficción infinito. Pero si me inquietaba la promiscuidad de la que se hablaba. Me fascinaba imaginar que una mujer de cuarenta y tantos años disfrutaba mas, o casi igual que ...
- Salóm, sal de ahí. – se repetía mientras daba vueltas a la altura del portal de su casa, pude verla, oírla.
Una mujer realmente hermosa, inevitablemente me acerqué a ella, le pregunté por Salóm, pero ignoró mi pregunta, me dirigí a la entrada de su casa esperando encontrar a uno de sus hijos, di unos cuantos golpes leves en la puerta y se abrió un poco más de lo que estaba, al parecer no había nadie, cuando dí la vuelta hacia ella, ya no repetía palabra alguna, una pizca de temor se apoderó de mi cuerpo y dude si quedarme o insistir en saber por Salóm. Mi casa está a unas cuantas de la suya. Era una ventaja por si me ganaba la noche. Volví hacia ella y le pregunté nuevamente por Salóm, ésta vez agregué un por favor al final, realmente me intrigaba saber quién era, sabía que no era alguno de sus hijos. Titubeó unos segundos antes de responder que Salóm es quién está allí detrás.
- Salóm está ahí, y no quiere salir, vino y se escondió. Salóm, sal de ahí.
Miré hacia el lugar que ella señaló mientras explicaba, pero no encontré nada (como me lo suponía, quizá si esté loca-pensé). Le dije que a lo mejor Salóm regresa sí ella entra a su casa. Me miró, de una manera excitante, sentí que pudo descubrir mis temores con esa breve mirada. Entró a su casa, y yo detrás de ella, quería asegurarme de que entrase y se quedara allí dentro, segura. Parte de los cuentos de Rosita habían coincidido hasta ahora, por esa razón me permití impedir lo que seguramente sucedería después: un hombre pasaría por la zona e intentaría ayudarla y con ese pretexto entraría a su casa para abusar de ella.
Es lo que contaban los aledaños. Me aterrorizó esa idea, pensar que uno de esos tipos que conocen sobre su delirio y quizá su horario de apogeo, podría pasar luego de un rato y hacer su cochinada (como le llama mi madre). Al entrar a su casa me sentí comprometida y a la vez en peligro, la casa tenía un orden impecable, todo en su lugar, y el airé allí dentro era caliente, ella siguió hasta el pasillo donde seguramente estaría su cuarto.
Yo seguía a unos dos pasos de la entrada, no había cerrado la puerta, el temor me había invadido completamente, imaginé un sin número de desgracias, una de ellas era que la loca volvería con un cuchillo para apuñalarme, o quizá se acercaría a mi delicadamente para ahorcarme. Sabía que debía irme de ese lugar, pero una fuerza inexplicable no permitía que moviese mis piernas para correr hasta mi casa. Escuché unos pasos, era ella acercándose, había desnudado su busto, únicamente había dejado su falda, se acercaba a mi cada vez más, despacio. Rápidamente abrí mas la puerta para darle a entender que si se acercaba más, estaría expuesta a las personas que transitaban por allí, aunque eran demasiado pocas, casi nada. Supuse que se había desnudado pensando que yo era uno de esos hombres, o quizá ese hombre que siempre acudía para ayudarle. Sin más remedio, me resigne a que mi ayuda había sido estéril y propuse largarme del lugar si ella se acercaba un poco más, parecía esperar a que yo iniciara algo, su miraba incitaba a tocarla, pero la situación sólo me incitaba muchas ganas de vomitar. Ella, seguía esperándome, con el muslo arrimado a un brazo del mueble y los brazos sueltos, relajados. El silencio se detuvo. La puerta se abrió mas, era uno de sus hijos, el mayor.
Al parecer llegaba del trabajo. Se quedó en la entraba para admirar la escena, primero vio a su madre semidesnuda y luego se fijó en mí, y exclamó un saludo de buenas noches con una voz que no había escuchado nunca. Una voz tan apagada que me daban ganas de morir. ¡Carajo!. Esperaba un reclamo o una pregunta que asuntara saber mi presencia en su casa. Nos mantuvimos estáticos unos minutos, expliqué (aunque nadie lo pidió) que me encontraba allí dentro porque había visto a su madre dando vueltas en círculo fuera de casa. Algo estaba mal. El muchacho no había dejado de mirar a su madre mientras hablaba, ambos se miraban fijamente, entre ellos había un lenguaje, que yo no podía hablar, descifrar. Me moví hacia la entrada excusándome con unas disculpas. Al pasar por el lado derecho del muchacho (que aún se encontraba en la entrada) me fijé en su erección. Mis piernas temblaron, corrí velozmente unos metros, el trote y la sensación me hizo vomitar, giré para ver si alguien me había visto, nada. El muchacho ya había cerrado la puerta.
Sin nada más que hacer, caminé hasta mi casa y me cepillé los dientes con un montón de preguntas revolviéndome las entrañas.
Bien me lo dijo el cantante: dónde quiera te espera lo peor.
Es cierto eso, de los días malos y buenos. Incluso la vida, en ocasiones la vida me sabe mala desde siempre y mi existencia aquí, es sólo eso: existencia. Y me da hambre de vivir con ganas y devorar cada momento que se realice frente a mí, por mí y conmigo. Han sido demasiados los momentos en que el corazón me ha quedado hecho añicos, y pienso, tan detenidamente que quizá nací para admirar la desgracia, y puede que suene mal pero si ese ha sido el propósito de Dios conmigo, me otorgo la resignación. Me dijo un viejo de ojos grandes y melena seca, que: uno mismo es su Dios. Quizá yo mismo me planteé un camino de mortificaciones y una ceguera eterna. Puede que esa ceguera sea la que convierta en despojos los momentos felices, de placer, de risas largas y todo aquello que estruja el vientre y al final sólo termina siendo chuchería cacorra, y quizá, justo ahora me ha convertido en una mujer lánguida con temperamento flemático. Ojalá se esfume pronto, porque esto de ser como un flan me carcome el ano. El coraje carcome cualesquier lugar, por muy hondo que sea, no hay límites para el condenado.
Y le llamo condenado porque me suena a macho esa cursi palabreja, y no hay otra especie, como la de machos cabríos, que causen un remezón en los intestinos, a tal punto de querer cagar tres veces seguidas por puras ganas de joder. Ya el tiempo me ha enseñado que a los machitos mejor tenerlos a una cuarta de distancia, y si son machitos con complejo de hembra herida, mejor extinguirlos de la lista ‘prospectos a encamar’ porque si no te dejan con forúnculos en el culo, te dejan saliva amarga para lo que resta de vida. Como si no fuese suficiente con las patadas que uno viene coleccionando desde la infancia, quieren (algunos) venir a empujarle a uno de culo, y lo dejan en el charco, como chancho. Chillando para que algún mal nacido le de la mano, y le tape cuidando para que ningún comiquito vea el culo lleno de lodo, y si es que algún comiquito ve, ese, se te reirá siempre… aunque no le queden más ganas. Porque la desgracia de otro siempre resulta lejana. Uno ríe, ve, tuerce, ignora y hasta reclama hacia sus adentros la desdicha de otro, le ubica bien lejos, cómo si la desgracia no hablara algún idioma o no fuese omnipresente. Si me preguntan a mí de un Dios omnipresente, la desgracia está encabezando la lista de superhéroes divinizados.
Y que nadie me contradiga, porque podría terminar en desgracia.
La primero que recuerdo sobre aquello, es a mi madre caminando junto a mí, andando en la manzana con mas fluencia de personas de la calle Rumichaca, supongo que tenía unos ochos o siete años, buscábamos algo, no sé cuál cosa, seguro algo para mis hermanas. Al pasar por una tienda de mochilas en Rumichaca y 10 de agosto, exactamente, hacía mucho sol, y levanté la mirada.
Siempre he tenido la experiencia de poder ver el cabello canoso de mi madre reflejado en mis pestañas, mezcladas con lágrimas al entrecerrar los ojos.
Tuve esa experiencia en aquel momento, cuando levanté la mirada. Un tipo halaba el cabello de su pareja para todas las direcciones. Mi madre dijo en forma de susurro: ‘ése hijueputa la está zamarreando’, abrí bien los ojos y el sol entró justiciero, me dejó ciega unos instantes pero al rato pude ver la escena. Qué fuerza, qué ganas, qué convicción la del tipo, le tiraba de los pelos como a muchacho pelón de diez años, la muchacha zamarreada lo puteaba sin remedio, para esto, disimuladamente en cuestión de nada, ya se había formado un circulo a su alrededor, mi madre y yo ralentizamos nuestros pasos a 80 frames por segundo. Según lo que oía, la disputa era por quién pagaría el pasaje. ¡Vaya!, menos mal.
- Si que se ven huevadas…chucha… - dijo mi madre, casi resignada, y de un tirón me indicó que apresurara el paso.
Mi madre, con ese carácter, bien pudo ser una latifundista. Quizá, hasta plutócrata. Pero no, nos tocó vivir de prestado, rentando hasta la cama en la que dormía, y yo pensando que esa cama me pertenecía.
Ese mismo día, al anochecer se armó la revolución malditista. El viejo Ferolino no llegó a casa hasta altas horas de la noche. Decía mi abuela, que a esas horas sólo andan callejeando los pillos. Mi padre no era pillo, era mujeriego, pero da lo mismo, porque así como los pillos salían a pillar patos, mi padre salía a pillar culos. ¡Se armó la de Alfaro!, y mi padre para su propia desgracia, afiliado a ningún partido estaba, nadie pudo salvarle el… bueno, mejor dicho, la cabeza; porque todas las macetas de nuestro balcón prestado fueron directito a su cabeza, o a eso iban destinadas, pero la puntería de mi madre no era del todo buena, al igual que sus decisiones.
Ferolino superó tierra en los ojos. No sé qué fuerza indómita lo obligo a regresar a casa, amor por sus hijas no era. Volvió si, y durmió plácidamente sobre el colchón heredado de su madre, puede que ése colchón fuera la razón de su regreso, su amor por él, la intención de su estancia en nuestra casa, la historia que escondía. Estaba muy confundida, ese día había tenido muchas pruebas que me llevarían a construir una idea del amor, pero la que más me convencía era la última, el romanticismo entre mi padre y su colchón.
Se padece tanto…
Hacía un día tranquilo, que parecía esmerarse en producir lluvia. Todo tranquilo, hasta las calles, ese día me pareció poder distinguir un Guayaquil nostálgico y temeroso. Un Guayaquil marica que se escondía bajo los techos, puentes, o lo que se asemeje a un hogar. La fiestilla estaba programada para empezar a las 6 pm. Todos los amigos de Rafael estaban invitados. Los realizadores de la fiesta llegamos primero, para dejar en orden todo lo que luego destrozarían los chiquillos poseídos por alguna fuerza maligna. Antes de bajar al salón me acerqué a Rafael, y le di un beso de feliz cumpleaños. Lo amé con un beso largo. Sus mejillas atesoraban mis besos. Lo nalgueé para que se cepillara los dientes y apagara el tv. El timbre sonó. Seguramente el primer invitado. Alguien se me adelantó y bajo para ubicarlo en su mesa, pronto, sonó el timbre nuevamente, y al cabo de unos minutos el salón ya estaba poblado. Una rareza, que en un año como este, las personas lleguen puntuales a las fiestillas. Me arreglé los trapos rápidamente, para bajar a hacer de mesera, repartí caramelos, cola, gelatinas, tostitos con masa de atún, bolas de leche de colores, y otras cochinadas que alimentaria los bichos. Pobres niños, mas tarde les picará el culo cuando no haya ninguna farmacia que los salve (pensé, para mí, como cuchicheo).
Luego de una hora y media, llegó Emilio, uno de los tíos paternos de Rafael. Emilio tiene ojos color azul claro, como el cielo de galápagos, mirarle es una delicia. Emilio es niño terror, cuando llega Emilio, llega el desastre. Emilio bien podría ser terrorista. Sin pronunciar palabra alguna, su presencia, magnifica: puede causar caos, entre las chicas. Sin embargo, le llevo unos cuantos años, y le he llegado a querer como a un sobrino más aunque me dobla en estatura.
Emilio fue en busca de Margarita, su sobrina. Margarita a la vez es hermanastra de Rafael. Es una niña fofa, siempre trata de parecerse en lo más posible a las larguiruchas esqueletudas que aparecen en GQ, soplando la boca y sacando culo.
Le dije a Emilio que fuese por ella para ayudar a repartir el arroz con pollo fiestero y los vasos de cola con diseños de globito y esas mariconadas de las fiestas infantiles.
Había un niño que me tenía a punto del cólera, preguntando huevadas sobre la piñata, unas dos o tres ocasiones tropezó conmigo y por poco baño a toda la población con cola gallito.
Bien decía mi abuelo Plutarco, los niños a veces tienen bien merecido recibir una patada en el hígado.
En mis tiempos, vivir era cuestión de fortaleza, quien más golpes de la vida recibía y sobrevivía era un tipo con agallas, por supuesto, la vida en ese entonces se la conocía como: madre.
Anochecía rápido, y los pies me habían engordado, estar de pié no me favorecía. Todos los niños se hallaban jugando al escondite, Rafael era el niño desaparecido al que debían encontrar, los dos más gordos eran los del CSI del Ecuador y los más flacos eran detectives, las niñas hacían de preocupadas, el niño mejor vestido hacía de padre desesperado.
Me planté un rato para descubrir la distribución de papeles, las niñas eran las mejores actuando, una incluso fingió un desmayo, eso me sacó una risa, una risa escueta, pero muy eficaz. Mi risa alarmó a Emilio que se encontraba en el otro extremo del salón modificando el playlist. Se acercó a mí y dijo que los niños son estúpidos, acepté su comentario alegando que nosotros alguna vez también lo fuimos. Estúpidos y pobres.
- Pero nosotros no éramos tan estúpidos.
Le dije que se callara y que cambiara esas canciones por unas de Tierra Canela para espantar a los invitados. Pero no hizo caso. Subí nuevamente por salsa de tomate y servilletas, al bajar me fijé que Rafael estaba detrás de las escaleras entre unos maceteros gigantes de sábila. Me miró de forma cómplice.
- Shhhh, no diré nada
Bajé rápido para repartir la salsa, cuando vi que los niños del CSI se acercaban a sus madres para tragar. Qué poco civismo. Los detectives habían dejado su trabajo para cantar bailando de Enrique Iglesias. Las preocupadas aún seguían preocupadas (qué buenas actrices). Uno de los asistentes más pequeños y diminutos había escapado de las grandes tetas de su madre para unirse a los del CSI y menear el pañal para bailar, Rafael, agotado de esperar que lo buscaran sin resultados, asomó la cabeza y el niño pañal sucio lo vio de reojo. Rafael se escondió ipso facto, pero ya era muy tarde, el niño pañal sucio ya estaba justo frente a él. Su madre fue detrás al ver que desaparecía de la pista de baile, sus grandes tetas y las grandes plantas de sábila no le permitían agacharse para tomar al niño en sus brazos.
- Dylan, ven, venga mijito. Venga que ahí está el cuco.
- Yo no soy el cuco – respondió Rafael
Todos salieron del escondite, y las preocupadas dejaron de estarlo, Rafael, decepcionado, se acercó a su madre, era claro que Rafael no era el cuco.
Incluso, hasta duda de su existencia, pero el pobre Dylan, ahora tiene la idea del cuco entre ceja y oreja.
Me contagié de preocupación, los sentimientos se me amontonaron en la vista como una humareda y las manos me temblaron, sentí unas ganas inconcebibles de llorar y recibir un abrazo.
Recordé las innumerables veces que oí predicciones sobre la aparición del cuco, y empecé a tener miedo luego de cada cosa, cuando robé dinero a mi madre de su monedero, cagué sin limpiarme el culo, vi a mis hermanas bañarse, a mi hermano desnudo, a mis padres golpeándose, entre otras majaderías cuando era pelada, para esa época el hijueputa cuco nunca me hizo daño, porque quizá era muy lerda para percibirlo, o quizá muy astuta, o posiblemente no había vivido lo suficiente. Perdí años tratando de imaginarle un rostro.
Pero ahora sé lo suficiente para saber que el cuco no espera por mí en la esquina más oscura de la casa. Posiblemente aún, no he recibido suficientes golpes para hacerlo aparecer.
Ahora, con toda certeza me atrevo a decir que: ya no le como.
Años atrás, en una clase de matemáticas, el maestro hizo una pausa dramática y dijo: Jovencitas, lo que aprendemos es tan solo una gota del océano que nos queda por navegar. Desde ese momento decidí que echaría más atención a las clases del profesor Neptalí, esperando que en algún momento vuelva a cautivarme con alguna frase tan certera como esa.
Y bien, efectivamente es cierto. Es tan sólo una gota.
Oye, mamá, ahora que estoy vieja ¿Ya me vas a decir dónde está el cuco?
La vieja, sigue roncando
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